El silencio de El Cuervo CAPÍTULO 1
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El silencio de El Cuervo

El silencio de El Cuervo

Por Julio Barragan

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CAPÍTULO 1

A primera vista

El calor de septiembre todavía se resistía a abandonar Sevilla.

A las ocho de la mañana ya se colaba por las calles estrechas del centro y se adhería a las fachadas como un último coletazo del verano.

Clara empujó la puerta de una pequeña cafetería con la americana negra doblada sobre el antebrazo.

Vestía unos vaqueros oscuros y una sencilla camiseta blanca de manga corta.

La campanilla anunció su llegada.

El aroma a café recién molido se mezclaba con el de las tostadas y el murmullo de las conversaciones de primera hora.

Un camarero iba de una mesa a otra mientras, desde un televisor colgado en una esquina, alguien comentaba el partido de la noche anterior y anunciaba temperaturas que nadie parecía escuchar.

Clara eligió una mesa junto a la ventana.

—Un café solo, por favor.

—Enseguida.

Dejó el móvil sobre la mesa.

Mientras esperaba, paseó la mirada por el local.

Una pareja compartía el periódico junto a la entrada. Un hombre trajeado consultaba el teléfono entre sorbo y sorbo. Dos mesas más allá, alguien había dejado unas llaves junto a una taza vacía.

Nada relevante.

Entonces reparó en la camarera.

Rondaría los cincuenta. Cruzaba el comedor con una bandeja en la mano y una rapidez extraña en sus movimientos: no era torpeza, sino la cautela de quien procura no cometer ningún error.

Dejó una taza frente a uno de los clientes.

—Yo le pedí un cortado, no esto —rezongó el hombre.

La mujer se quedó quieta.

—Discúlpeme... Un despiste. Se lo cambio ahora mismo.

Antes de que pudiera retirar la taza, un hombre apareció detrás del mostrador.

—¿Otra vez? ¿Cuántas veces hay que decirte que prestes atención?

No levantó la voz.

No hizo falta.

La camarera encogió ligeramente los hombros.

—Perdón. Ha sido culpa mía.

—Pues espabila.

El hombre regresó a la barra.

Clara tomó un sorbo de café.

La mujer permaneció inmóvil apenas un segundo antes de continuar trabajando.

Aquello fue lo primero.

Lo segundo era el jersey.

Grueso, de manga larga, completamente fuera de lugar en una mañana como aquella.

La camarera se inclinó para recoger la taza equivocada y la manga retrocedió unos centímetros.

Un hematoma amarillento asomó sobre la muñeca.

La mujer se cubrió enseguida.

Clara dejó la taza en el plato.

Poco después, al apartarse un mechón de pelo detrás de la oreja, la luz de la ventana incidió sobre su rostro. En el pómulo izquierdo, bajo una capa de maquillaje demasiado densa, se adivinaba una tonalidad irregular.

Clara miró hacia el hombre del mostrador.

Él también la observaba.

Solo durante un instante.

Después volvió a lo suyo.

Fue entonces cuando Clara reparó en las manos.

La camarera llevaba una alianza de oro desgastado.

Él también.

Clara terminó el café.

Esperó.

No quería abordarla mientras aquel hombre pudiera escuchar.

Pasaron un par de minutos hasta que el trasiego obligó al camarero a entrar en la cocina y el hombre del mostrador desapareció tras una puerta lateral.

Clara se puso en pie.

—Cóbreme, por favor.

La mujer se acercó.

—Ahora mismo, hija. Son dos con veinte.

Clara dejó un billete sobre la barra.

—Quédese con el cambio.

Sacó una tarjeta de la cartera y la colocó junto al billete, boca abajo.

La camarera miró primero la tarjeta y después a ella.

—¿Qué es esto?

Clara mantuvo la voz baja.

—Mi teléfono.

—¿Para qué?

—Por si alguna vez necesita ayuda.

La expresión de la mujer cambió.

Fue apenas un instante, pero Clara lo vio.

—No sé de qué hablas, niña.

—Está bien.

No miró hacia sus muñecas.

Ni hacia el pómulo.

Ni hacia el hombre que acababa de desaparecer.

—No tiene que explicarme nada.

La mujer bajó los ojos hacia la tarjeta.

Clara esperó unos segundos.

—Y tampoco tiene que decidir nada ahora.

Se apartó de la barra.

—Solo guárdela.

La camarera no respondió.

Clara se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se volvió.

—Cuídese.

La campanilla volvió a sonar a su espalda.

Ya en la calle, el calor la recibió de golpe.

Clara avanzó unos pasos antes de detenerse frente a un escaparate. Desde allí, reflejada en el cristal, podía ver parte del interior de la cafetería sin necesidad de mirar directamente.

La mujer continuaba detrás de la barra.

La tarjeta seguía donde Clara la había dejado.

No la tocó de inmediato.

Después miró hacia la puerta lateral.

Una vez.

Luego hacia la cocina.

Solo entonces alargó la mano, tomó la tarjeta y se la guardó en el bolsillo del delantal.

Clara continuó caminando.

El teléfono comenzó a sonar cuando apenas había recorrido media calle.

Sacó el móvil.

—Díaz.

—Teniente, habla el capitán Gómez. La necesito inmediatamente en Comandancia.

El tono bastó para que Clara redujera el paso.

—Dígame, mi capitán.

—Ha aparecido un cadáver en El Cuervo. Las circunstancias no están nada claras y han asignado la investigación a nuestra unidad.

Clara se detuvo.

A su alrededor, Sevilla continuaba despertando. Un autobús se aproximó a la parada de la esquina y dos motocicletas pasaron entre los coches mientras, al otro lado de la calle, alguien levantaba la persiana de un comercio.

—Voy para allá.

—La espero en mi despacho. Ah, y Díaz...

—¿Sí?

—El sargento Morales también la está esperando. A partir de hoy trabajará con usted.

Clara frunció ligeramente el ceño.

—¿Y Reyes?

Hubo un breve silencio al otro lado de la línea.

—Tercer compañero en dos años, Díaz. Empiezo a sospechar que el problema no está siempre al otro lado de la mesa.

La comunicación se cortó.

Después se lo guardó en el bolsillo.

Sacó la goma que llevaba en la muñeca, se recogió el cabello castaño en una coleta y reanudó la marcha.

❖ ❖ ❖

Cuando la teniente Clara Díaz cruzó las puertas de Comandancia, tardó exactamente tres segundos en localizar al sargento Morales.

El tipo estaba plantado junto a la máquina de café rodeado de varios compañeros, riendo a carcajadas mientras se veía envuelto en una ráfaga de palabras tan atropelladas que resultaba casi imposible seguir el hilo.

No era un recién llegado que intentara caer bien. Se movía con la naturalidad de quien, en apenas unos días, ya conocía el nombre de media plantilla. Saludaba al administrativo, bromeaba con un agente veterano y, mientras hablaba, preparaba un café para alguien que ni siquiera estaba allí.

Clara lo escaneó desde la distancia:

Extrovertido.

Impulsivo.

Necesitaba hablar para pensar.

Y, por encima de todo, incapaz de soportar un silencio incómodo.

De pronto, como si hubiera percibido su presencia, Morales giró la cabeza y la miró directamente con unos ojos castaños tan expresivos como la sonrisa que le dedicó después.

En un par de zancadas ya estaba frente a ella.

—Buenos días, mi teniente. Qué bueno ponerle cara por fin. ¿Un café de máquina para empezar el día con mal pie?

Clara no alteró el gesto.

—No, gracias.

—Hace bien, esto es veneno puro —admitió él, ensanchando la sonrisa—. Pero había que romper el hielo antes de entrar al matadero, ¿no?

Por primera vez en varios segundos, Clara parpadeó.

Aquel comentario no buscaba impresionar. Ni quedar bien. Simplemente le había salido del alma.

—Soy la teniente Clara Díaz —dijo ella, extendiendo la mano con frialdad militar.

—Sargento Javi Morales —respondió él—. Espero no darle demasiado trabajo.

Clara le estrechó la mano mientras examinaba fugazmente los pequeños detalles de su nuevo compañero: la marca pálida de un anillo en el anular despojado, una cicatriz antigua cruzándole el nudillo índice y su camisa blanca perfectamente planchada, la cual llevaba sutilmente arremangada hasta los codos.

Morales sonrió de nuevo.

—Bueno... Esto ha sido bastante menos incómodo de lo que me habían dicho.

Clara arqueó una ceja.

—¿Quién le ha dicho que ya ha terminado?

La sonrisa de Morales se ensanchó.

—Ahora sí. Me quedo más tranquilo.

Clara retiró la mano y echó a andar hacia los despachos.

Mientras avanzaba por el pasillo, una idea comenzó a tomar forma en su cabeza.

Aquel hombre hablaba demasiado.

Reía demasiado.

Confiaba demasiado deprisa en los demás.

Exactamente el tipo de persona que ella había evitado toda su vida.

Exactamente el tipo de persona que no necesitaba como compañero.

Antes de la reunión, Morales llamó con los nudillos a la puerta entreabierta.

—Buenos días, mi capitán.

—Pasad.

El despacho olía a café recién hecho y a una colonia masculina demasiado intensa.

El capitán Gómez levantó la vista del expediente que tenía abierto sobre la mesa. El cabello completamente canoso, peinado hacia un lado, contrastaba con una expresión endurecida por demasiados años de servicio. No necesitaba levantar la voz para imponer autoridad. Le bastaba con dejar de hablar.

—Veo que no se han matado en el pasillo.

Morales sonrió.

—De momento no, señor.

Una leve mueca cruzó el rostro del capitán. Resultaba difícil saber si había sido una sonrisa o simple cansancio.

—Me alegro. Porque no tenemos tiempo que perder.

Señaló las dos sillas frente al escritorio.

—Sentaos.

Clara tomó asiento. Morales hizo lo mismo a su lado.

Gómez empujó una carpeta hacia ellos.

—La víctima se llamaba Roberto Sánchez. Veintiocho años. Hostelero. Propietario de un bar en El Cuervo. Esta mañana, alrededor de las siete, uno de los comerciantes que iba a montar el mercadillo semanal lo encontró muerto junto a la fuente de la plaza de la Ladrillera.

Clara abrió el dossier.

La primera fotografía mostraba el cuerpo de un hombre joven apoyado contra la fuente.

Pasó a la siguiente.

—¿Causa de la muerte?

—Todavía no la tenemos.

Clara levantó la vista.

—¿Qué sabemos?

—Los compañeros de la Policía Local acordonaron la zona en cuanto llegaron. El médico de guardia confirmó el fallecimiento y el puesto de la Guardia Civil ha mantenido la escena preservada. Policía Judicial está movilizada.

Clara volvió a las fotografías.

En una de ellas se apreciaba el cuello de la víctima.

Dos pequeñas marcas.

Frunció ligeramente el ceño.

Morales se inclinó hacia la carpeta.

—¿Eso son mordeduras?

—Eso —respondió Gómez— es exactamente lo que quiero que averigüéis.

Clara pasó a la siguiente fotografía.

—¿Quién encontró el cuerpo?

—Un vendedor del mercadillo. Antonio Ruiz. Sigue allí.

—¿Ha tocado algo?

—Según su declaración inicial, únicamente puso una mano sobre el hombro de Roberto antes de darse cuenta de que estaba muerto.

Clara asintió.

Cerró la carpeta.

—¿Algo más?

El capitán apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Sí. El pueblo.

Morales ladeó la cabeza.

—¿El pueblo?

—En El Cuervo todo el mundo conoce a todo el mundo. Y cuando ocurre algo así, también todo el mundo cree saber qué ha pasado.

Miró primero a Morales y después a Clara.

—Quiero hechos antes de que tengamos veinte versiones diferentes de la misma historia. Y quiero resultados antes de que la prensa convierta esas dos marcas en lo que le dé la gana.

Clara se puso en pie con la carpeta.

—Entendido, mi capitán.

Morales la imitó.

Cuando estaban a punto de salir, Gómez volvió a hablar.

—Morales, espere fuera un segundo.

El sargento miró fugazmente a Clara.

—Sí, señor.

Salió y cerró la puerta.

Gómez esperó un momento.

—¿Qué le parece?

Clara sostuvo la carpeta contra el costado.

—Tenemos poco con lo que trabajar hasta que examinemos la escena.

—Me refiero a Morales.

—Habla demasiado.

El capitán soltó una breve carcajada.

Ella permaneció seria.

—También ríe demasiado.

Gómez apoyó los codos sobre la mesa.

—Morales es un sabueso de primera, Díaz. Tiene calle, intuición y una capacidad de empatía que a usted, de vez en cuando, no le vendría nada mal.

Clara arqueó ligeramente una ceja.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo había supuesto.

El capitán reprimió una sonrisa.

—Dele un margen.

Clara miró hacia la puerta.

—Lo intentaré.

—Eso no ha sonado demasiado convincente.

—Porque no le he prometido nada.

Gómez negó lentamente con la cabeza.

—Váyanse antes de que me arrepienta de juntarlos.

—Sí, mi capitán.

Clara abrió la puerta.

Morales esperaba al otro lado, apoyado contra la pared.

Al verla salir, se incorporó.

—¿Todo bien?

Clara pasó junto a él sin detenerse.

—Conduzco yo.

—Eso no responde exactamente a mi pregunta.

—Lo sé.

Él la siguió por el pasillo.

—Estupendo. Empezamos a entendernos.

Ambos subieron al Peugeot 3008 camuflado asignado para el caso.

Clara ocupó el asiento del conductor.

Morales se ajustó el cinturón y consultó el teléfono mientras tomaban la A-4 en dirección sur.

—No está muy lejos. Unos cincuenta minutos si no nos comemos el atasco de Bellavista.

Clara no respondió.

—¿Sabía que El Cuervo es el último pueblo de la provincia? Una de sus calles ya pertenece a Cádiz.

Morales esperó una reacción que no llegó.

—Recuerdo haber visto un reportaje en la tele. Decían que una mujer desayunaba en Sevilla y luego lo cagaba todo en Cádiz.

—Lavaba la ropa en Sevilla y la tendía en Cádiz —corrigió Clara sin apartar la vista de la carretera.

—Mucho más elegante su versión, ¡dónde va a parar!

Guardó el teléfono.

—Por cierto, me han dicho que el pan de este pueblo es gloria bendita. Un molletito con jamón ibérico no vendría mal antes de ver la escena del crimen. No sé usted, pero yo prefiero no inspeccionar un cadáver con el estómago vacío.

—¿Siempre es tan hablador?

Morales giró la cabeza, sorprendido.

—Depende.

—¿De qué?

—De si mi compañera de viaje piensa colaborar en la conversación.

Clara lo miró apenas un instante antes de volver la vista a la carretera.

—Solo cuando la conversación lo merece.

Morales soltó una risa resignada.

—Va a ser un viaje largo.

Clara no respondió.

Pero esta vez Morales tampoco insistió.

Durante varios kilómetros avanzaron en silencio mientras Sevilla iba quedando atrás.

Sobre el asiento trasero, la carpeta de Roberto Sánchez esperaba cerrada.

Dentro, dos pequeñas marcas en el cuello de un cadáver acababan de convertir una mañana cualquiera en el comienzo de algo que ninguno de los dos podía prever.