El silencio de Avikar 4
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Las observó un momento... se sentía insegura. Pero estaban en su hogar y eran niñas buenas. Además, ella estaría en la habitación contigua, por si sucedía una emergencia y la necesitaban.

Dejó a las chicas y entró en su pieza. El espacio reflejaba un poco mejor su personalidad: el cabezal de la cama era de color gris pizarra, si bien tenía unos destellos violetas.

Sobre el colchón había dos almohadas de descanso y cerca de ocho cojines decorativos en colores blanco, gris oscuro y rosado.

El resto de la decoración era toda en color blanco.

Decidida, abrió el cajón de la mesita de noche y echó a un lado las cremas humectantes y el set de vibradores para sacar su antigua agenda.

Se la apretó contra el regazo e hizo una mueca con la boca.

Allí estaban los números de teléfono de los cinco hombres que ella amó y quienes, sin embargo, nunca le pidieron matrimonio.

Pero ella los conocía. Si eran hombres libres, ¿estarían dispuestos a revolcarse con ella en la cama? Creyó que con ellos sería más fácil eso de tener una aventura de una noche. Abrió la agenda con seguridad y marcó el primer número.

—¿Joe Smith? —preguntó cuando descolgaron.

—¿Quién habla?

—Soy Sarah Bramson.

—¡Sarah! ¡Jamás creí volver a saber de ti!

—Sí... eh...

Pero no continuó porque Joe hablaba con alguien más.

—Es Sarah Bramson, la chica por la que te pedí casarnos a la semana de estar juntos. ¡Ven! ¡Agradécele nuestro matrimonio!

En ese mismo instante, recordó que había dejado a Joe porque la acusó de ser aburrida y poco atractiva. Él actuó muy ofendido cuando ella terminó la relación, y entonces le dijo que la habría tratado mejor si hubiera sabido que lo acabaría dejando.

Habló con la desconocida durante unos minutos.

La mujer se deshizo en agradecimientos y ella colgó tras prometer que los volvería a llamar.

Arrancó la página de la agenda y la tiró al bote de basura.

«¡Imbécil! Por eso hice lo que te hice», pensó.

Había perdido el tiempo en esos amores infructuosos.

Levantó la cabeza al escuchar las carcajadas al otro lado de la puerta, aunque no creía que sucediera nada extraño.

Dio un par de vueltas por la pieza sin llegar a ninguna parte.

Entonces se observó en el espejo de medio cuerpo.

Tenía los ojos apagados. Se llevó la mano al abdomen y la deslizó por la escasa lonja.

La gravedad había hecho su función en los senos.

La caída no era palpable, pero tampoco tenía la turgencia que caracterizaba la juventud.

Después de unos minutos, volvió a concentrarse en esa locura suya. Si esos hombres ya no estaban en su vida era por un motivo: no funcionaron. Tras un resoplido, marcó incierta el teléfono de Ralph Jones. No recordaba muy bien por qué había terminado con la relación.

Tal vez porque él creía que tomar una ducha a diario no era una necesidad y que, en definitiva, era higiénico usar la misma ropa interior durante una semana.

—¿Ralph Jones?

Tal vez él era el hombre indicado. A Ralph jamás le importaría si ella se quedaba embarazada o no.

—Tiene el número equivocado. —Él tenía la voz áspera.

—Es Sarah Bramson.

—Sarah —dijo Ralph con guasa—, cuánto tiempo. ¿A qué debo esta sorpresa?

Y fue justo en ese instante en que recordó algo muy peculiar sobre Ralph, que al eyacular solía gritar: «¡FUERA ABAJO!». Con él jamás tuvo un orgasmo, pues en lo único en que podía concentrarse era en no gritar del susto ni reír a carcajadas cuando él llegaba al suyo.

—Saber cómo estás. —Sonrió con falsedad.

—¿De verdad? —Se le erizó la piel de horror—. ¿Quieres que nos veamos?

¿Cómo se le había ocurrido llamarlo? ¿En qué pensaba? Deshacerse de ese hombre fue un suplicio, tuvo que recurrir a medidas drásticas. ¿Por qué había conservado su número de teléfono, siquiera?

—¿Estás bien? Sí, debes de estarlo. Me gustó saber de ti. Adiós.

Colgó y bloqueó el número, solo por si acaso.

Entonces dejó caer el aparato sobre la cama.

Comenzó a girar en el mismo lugar una y otra vez; si seguía así, desgastaría la hermosa alfombra blanca y afelpada que decoraba la habitación.

Alternaba la mirada entre el espejo y el teléfono.

Algo no estaba bien en ese asunto de conformarse con cualquiera. No obstante, no existía nadie más.

Llamó a Carl West y a Robert Reed, quienes, al escuchar su nombre, colgaron.

Carl se llevó el gato que le pertenecía como venganza por que hubiera terminado la relación, aunque solo estuvieron juntos cuatro meses y él era alérgico al animal.

Y Robert le envió un mensaje de texto donde le decía que ninguno de los dos tenía la entereza mental como para terminar la relación y que de camino a casa le comprara una sopa de almejas.

En la agenda solo quedaba Peter Street, y para ese instante ella tenía las manos temblorosas.

—¿Te vas a arrastrar a mis pies? —dijo el hombre.

Colgó. No podía creer que se hubiera vuelto presa de la desesperación y hubiera pensado que era buena idea llamar al hombre que no solo la insultó al llamarla perra, sino que era el responsable de los problemas legales que acarreaba.

Arrancó la hoja y la hizo añicos. Pero no fue suficiente: soltó un gritito y jadeó mientras la piel de las manos le reclamaba, pues había sufrido varias cortadas con el papel.

La agenda terminó sobre la cama. Fue entonces cuando vio el nombre de Andrew Beaufort, su compañero de universidad.

Solo fueron amigos. Ella no era el tipo de mujer que a él le gustaba, y, además, era casi diez años mayor que él.

Por si fuera poco, había asistido a su matrimonio con Robin Fairfax, aunque sabía que se habían divorciado.

Tuvo que sentarse, pues no estaba segura de que sus piernas fueran capaces de sostenerla...

Andrew Beaufort. Se le humedecieron los ojos a pesar de la sonrisa tímida que se atrevió a hacer aparición en sus labios.

Andrew era un hombre que estimaba mucho...

muchísimo. No, el diminuto orgullo que le quedaba no le permitiría llamarlo.

Tenía muy presente el motivo por el que Andrew le había dado su número de teléfono.

Si no lo había usado antes, tampoco lo haría ahora.

Estaba a punto de tirar la agenda a la basura cuando escuchó unas botellas caer seguidas de murmullos que instaban a hacer silencio.

Frunció el ceño y salió de la habitación.

En cuanto lo hizo, encontró a varios jóvenes en la cocina.

Tenían cervezas entre las manos y les metían la lengua en la garganta a su sobrina y a sus amigas.