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Sarah se negó a celebrar su cumpleaños número dieciséis cuando su madre pretendió que lo celebrara junto a Stephany, quien cumplía cinco años.
Los meses previos al día de la fiesta fueron los responsables de que Stephany y ella no se toleraran.
Todo comenzó cuando su hermana escuchó de su negativa de hacer una celebración por partida doble.
Comenzó a quejarse a diario, hecho que terminó por desesperar a Sarah y provocó que le gritara a Stephany que era una niña consentida y que jamás nadie la querría.
Su hermana salió corriendo, entró a la habitación de Sarah y tiró al suelo una figura en la que llevaba trabajando semanas.
En respuesta, Sarah esperó a que su pequeña hermana se durmiera y le cortó su hermosísimo y sedoso cabello negro al ras de la nuca.
Ninguna de las dos fue capaz de perdonarse desde entonces.
Y como castigo, su madre celebró por lo alto el cumpleaños de Stephany, mientras que para ella no hubo festejo.
Y desde entonces se convirtió en un día más.
Fue por ello por lo que aceptó que su sobrina celebrara su cumpleaños en la casa, mas no había esperado que la traicionara.
Ahora Stephany encolerizaría y ella sería la única responsable de lo sucedido, por lo que había ocurrido en el pasado.
Quizás sí que era su culpa, por tratar a Madison y a sus amigas como adultas responsables y no como las niñas que todavía eran.
Tal vez no estaba preparada para la maternidad. Consideró esa afirmación cierta cuando los jóvenes la ignoraron y continuaron con la fiesta mientras reían y daban tragos a las cervezas.
—Sarah, danos privacidad. —Madison abrió los ojos y le señaló la habitación con la barbilla. Le hablaba en ese tono acusatorio que utilizan los chicos cuando creen tener la razón.
—Sí, Sarah, vete. —El joven que tenía agarrada a Madison de las caderas rio y se inclinó para hacerle una auscultación de la tiroides con la lengua. Era el mismo que había visitado la tienda por la mañana.
Recorrió la diminuta sala con la mirada.
Cuando ella había entrado a la habitación a hacer las llamadas, solo estaban Madison y sus mejores amigas, pero en ese instante su casa albergaba a cinco varones y cinco féminas.
Enarcó una ceja al encontrarse con la copia de Josh, Travis y compañía; en sus tiempos ella tenía que conformarse con los Ferris Bueller que abundaban en la escuela.
Rodó los ojos para sí misma, estaba segura de que esos jóvenes no tendrían ni idea de qué les hablaba si le mencionaba la película Clueless.
Observó a los jóvenes, quienes continuaban con la fiesta mientras la ignoraban. No tenía idea de quiénes eran los chicos, así como tampoco las otras dos chicas que estaban en su casa como si fuera un club.
Lo que más le molestaba era que si Madison le hubiera pedido una noche de películas y comida chatarra con todos sus amigos, ella habría aceptado.
Pero su sobrina había decidido ocultar sus verdaderas intenciones y, lo que era peor, llevar bebidas alcohólicas a escondidas a su hogar.
Si los vecinos llamaban a la policía, estaría en graves problemas y ese era un lujo que no se podía permitir.
—Quiero el número de teléfono de sus padres.
El muchacho que agarraba las caderas de su sobrina rio todavía más y los demás lo siguieron, como si hubiera hecho una gran proeza. Madison permanecía tranquila, como si él fuera su escudo protector y la treta que acababa de ejecutar no tuviera ninguna importancia.
Deseó poder meterse en su cabeza y zarandearla. La falta de respeto hacia su persona le parecía ofensiva, pues ella fue la única que le había ofrecido apoyo.
—Vamos, señora. Solo queríamos divertirnos.
Le mantuvo la mirada al joven y permaneció con la postura recta, demostrándole que no se amilanaría.
—¿Qué edad tienes? Porque ella tiene dieciséis. ¿Tengo que llamar a la policía?
El chico resopló y se distanció de Madison, a quien se le humedecieron los ojos por el desplante. Entonces la miró, déspota y altanera.
—Debimos ir a casa de Hailey y no dejarnos convencer por esta niñata —dijo el joven.
Si las miradas tuvieran la capacidad de matar, ella estaría siendo acribillada en el paredón. No obstante, endureció las facciones y alargó su figura para tornarse más alta que ellos. A los jóvenes no les quedó ninguna duda de que hablaba en serio.
—No lo repito.
La primera en claudicar fue Grace, a la que le siguió Olivia y después, los demás. El amigo de Madison se mantuvo desafiante, si bien uno de los otros padres se encargó de llamar a su familia. Por último, ella misma llamó a Stephany.
Tras terminar con las llamadas, escoltó a los jóvenes fuera de la casa para que esperaran a sus padres en la banqueta.
Grace se sentó en el cemento en tanto los otros permanecían de pie, alejados de ella, mientras cuchicheaban entre sí.
Si esos jóvenes creían que Sarah se iba a resentir porque no la consideraran su amiga, no podrían estar más equivocados.
Su función no era ser su amiga, sino la adulta responsable.
Cerca de veinte minutos después, un Camaro descapotable en color anaranjado neón se detuvo frente a ellos. En tanto, un par de vecinos salieron de sus casas para fingir echarle agua al jardín con las mangueras.
Observó al hombre que se bajó. Tenía un aire de John McClane con el brillo de autosuficiencia en la mirada y esa sonrisa ambivalente de «todas caen rendidas a mis pies».
Tal vez podría considerarlo como una posibilidad.
Ese hombre debía ser de los que pensaban que el hecho de que él pisara el planeta era un privilegio para los demás.
Incluso estaba segura de que no sería la primera mujer en suplicarle tener un hijo suyo, seguro que él consideraría un acto de beneficencia el dárselo.
«Ojalá sus embestidas fueran espectaculares», pensó.
Su único objetivo era tener un bebé, pero si obtenía un poco de placer, no estaría nada mal.
—¡Qué ridícula, señora! ¿Acaso acaba de aterrizar del siglo catorce?
Y con esas palabras, cualquier elucubración cesó. Estampó una sonrisa en su rostro y se tornó zafia y prepotente. Ese hombre no tenía ningún derecho a llegar a su casa e insultarla. Mucho menos cuando era ella quien tenía razón.
—¿No le importa que su hijo pueda embarazar a una joven?
El hombre pasó tan cerca de ella que tuvo que arrugar la nariz ante el tufo fermentado de flores muertas que él consideraba un perfume.
Al parecer, el susodicho pretendía intimidarla, mas ella no le dio el gusto de apartarse.
En vez de eso, permaneció altiva y serena, con la sonrisa perenne en los labios.
—A mi hijo lo educo yo, no viejas amargadas como usted. ¿Los llevo a casa de Hailey, chicos?
Los jóvenes sonrieron en tanto se chocaban las manos entre sí. Ella frunció el ceño ante el descaro de ese hombre. No podía creer que le restara autoridad frente a esos chicos como si fuera ella quien estuviera equivocada.
Cuando todos estuvieron distraídos acomodándose en el reducido espacio, Sarah observó en dirección al cobertizo que se encontraba a solo unos pasos —era donde guardaba los pedidos de vidrio y algunas herramientas— caminó hasta él y agarró un cincho plástico.
Se acercó al descapotable y, sin que nadie se percatara, pues seguían distraídos en celebrar y acomodarse, ajustó el cincho en un agujero del guardafangos trasero.
Era una estupidez, sin embargo, el hombre terminaría desquiciado antes de descubrir qué estaba mal en el neumático de su precioso automóvil.
Antes de que el hombre subiera al Camaro, Stephany llegó en su BMW rojo más reciente.
Bajó con elegancia en tanto los zapatos de suela roja repiqueteaban en la acera.
Su hermana tenía el cabello negro peinado a la perfección y le dedicaba una mirada de superioridad, como si Sarah fuera un insecto a punto de ser aplastado por el bien de la humanidad.
Sin embargo, la ignoró y flotó hasta el prepotente desconocido con una sonrisa ensoñadora en los labios. Le colocó la mano en el pecho y le dejó dos besos en las mejillas.
Arrugó la nariz en cuanto el aroma avainillado del perfume de Stephany la alcanzó.
Al mismo tiempo bufó, pues ella se disculpaba con el hombre por lo anticuada que era su hermana.
En ese mismo instante, Madison se marchó hasta el automóvil; cada paso cizañoso era una prueba irrefutable de su cólera.
—¿No te vas a despedir de tu tía?
—Ella no es mi tía. —Madison dio un portazo, se llevó las manos a las orejas y apagó los audífonos intraauriculares.
Sarah podría jurar que en el rostro de Stephany se había dibujado una sonrisa de complacencia antes de que esa mirada oscura y monótona se posara en ella.
Fue por ello por lo que procuró mantener los hombros relajados y la sonrisa resplandeciente que tanto enervaba a su hermana.
Stephany se disculpó con el hombre y se acercó a ella en tanto decía:
—¡Alice está desconsolada! ¡Arruinaste su fiesta!
—Así que yo soy la culpable.
A Stephany se le abrieron los ojos de forma desmesurada, como si tuviera enfrente a un alienígena que acababa de aterrizar en la Tierra y no comprendiera nada de la sociedad. La agarró por el antebrazo y siseó:
—¿Sabes cuánto tiempo lleva Madison queriendo que ese chico la invite a salir?
—Yo no soy mamá, que te consentía todos tus caprichos.
Ese comentario enfureció a Stephany. Desde que eran niñas jamás habían sido capaces de comprenderse.
Stephany se burlaba de ella y presumía de cómo había sido capaz de casarse con varios multimillonarios mientras que Sarah no había conseguido que los muertos de hambre que tuvo por novios siquiera consideraran pedirle matrimonio.
Stephany la acusaba de ser un desastre y una fracasada, y creía que era su deber aleccionarla en cuestiones de la vida.
—¡Nada te costaba hacer la vista larga! ¿Es o no cierto?
Sarah, por su parte, jamás fue capaz de comprenderla. Stephany parecía más preocupada por lo que esos jóvenes y ese hombre pensarían de ella que por el propio bienestar de Madison.
Al parecer, era más importante agradarle al dueño del Camaro que el que su hija pudiera quedar embarazada a tan corta edad como le había sucedido a ella misma.
—¿No eras tú la que esta mañana discutía porque su hija mayor quería una fiesta para ella sola?
—¡Ahora mis dos hijas están furiosas!
—Eres su madre, no su amiga, ¿verdad?
Stephany entrecerró los ojos. Su postura se tornó desafiante mientras su rostro enrojecía como el fuego.
—Como nadie se atreve a decírtelo, lo haré yo: Dios sabe que al poner un niño entre tus brazos lo sentenciaría de muerte.
Mantuvo una sonrisa amplia en los labios, lo que enfureció aún más a su hermana, quien, con grandes pasos, llegó hasta el automóvil. Azotó la puerta y chilló los automáticos para alejarse cuanto antes.
El hombre del Camaro le dedicó una mirada de asco. Entonces, derrapó sobre la gravilla a la vez que se escuchaba el característico sonido del escape junto a la algarabía y las carcajadas de burla de los jóvenes.
Inclinó la cabeza hacia sus vecinos, quienes le dedicaban miradas de superioridad, como si no pudieran creer el desastre que era.
No se habían perdido ningún detalle de lo ocurrido.
Giró y subió las escaleras deprisa. Se cubrió la boca en un intento vano de ocultar el hipido chillón al que le siguieron sollozos y lágrimas.
Entró como una exhalación y se encerró en la habitación, ya que consideraba que los vecinos aún serían capaces de escucharla y juzgarla.
Pretendió subirse a la cama, pero por el nerviosismo y la congoja que la dominaban, cayó de un sentón al suelo, llevándose un fuerte golpe en el coxis.
Justo en ese mismo instante, la vieja agenda se resbaló, sobresaltándola.
Entre gimoteos y jadeos vio el número de teléfono de Andrew. No se detuvo ni un solo instante a pensarlo, se sacó el teléfono del bolsillo y marcó.
—¿Andrew Beaufort? —Tenía la voz congestionada.
—¿Sí?
—Soy Sarah… —Tapó el teléfono y sorbió los mocos por la nariz. Hasta ese momento no había considerado la posibilidad de que él ni siquiera se acordara de ella—. Bramson. Nos conocimos en Stanford.
—¡La mujer de vidrio!
Quiso sonreír ante el alivio que la embargó, no obstante, solo consiguió sollozar y jadear más.
—Me… me preguntaba si estabas en Cannon Beach, en tu casa vacacional.
—De hecho, sí, lo estoy.
Sarah cerró los ojos y, despacio, soltó una bocanada de aire inaudible.
—¿Te parece si nos vemos mañana a las siete y media?
«Por favor, di que sí; por favor, di que sí; por favor, di que sí», suplicó ella en sus pensamientos.
—Por mí está bien.
Aunque intentó dormir y olvidarse de todo, a las tres de la madrugada se encontraba sentada en el piso de la cocina ante el refrigerador abierto. Entre sus piernas tenía un bote de helado de vainilla derretido y, en medio de los sollozos, ella hundía papas fritas en la base dulce.
Después de tantos años, lo que Stephany pensara no debía preocuparla. Al contrario que a su hermana, a ella le importaría más el bienestar de su hijo que la opinión de los demás sobre ella. ¿Por qué mujeres como su hermana podían tener hijos y ella no?