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Cerró la tienda al anochecer. Todavía deseaba quedarse y trabajar un poco más, pero Madison parecía aburrida y ansiosa por llegar a la casa.
Diez minutos después llegaron a la diminuta casa.
Era de dos pisos y tenía una forma un tanto peculiar, pues el lado más estrecho medía apenas un metro y medio de ancho.
Le rentaba el primer piso a los turistas y ella ocupaba el segundo.
A Sarah le encantaba la vista de la costa, así que solía sentarse en la diminuta sala, que hacía las veces de comedor y de cocina, apiñado todo en uno.
Era consciente de que una casa grande la haría sentir sola, mientras que en ese pequeño espacio se hacía compañía a sí misma, pues tropezaba con su propia sombra.
Su sobrina y ella subieron las angostas y empinadas escaleras.
—¿Qué quieres comer, cariño?
—¿Podemos pedir una pizza?
Sonrió. Debió imaginar que Madison ya había planeado la noche. Pero no importaba, ella también había tenido dieciséis alguna vez.
—¿Solo para las dos?
—Tal vez podríamos invitar a Olivia.
Abrió la puerta de la casa y dejó el bolso en el perchero. Las paredes del lugar eran de color blanco huevo y la decoración, en tonos neutrales. Podría parecer monótono, mas existían algunos toques de color a través del lugar.
A pesar de todo, la sensación que se respiraba era más la de una sala de exposiciones en un museo que la del cálido hogar de una persona.
—¿Solo a Olivia?
—Y a Grace, pero solo si tú lo permites.
Volvió a sonreír mientras caminaba hasta el pequeño refrigerador y abría la puerta para sacar una botella de agua. Le hablaba a su sobrina, pero en realidad estaba distraída.
Suplicar por sexo, a eso se reducía todo.
Si salía en ese instante, seguro que encontraría a alguien dispuesto, incluso si ella no lo deseaba.
Mas incluir la palabra «bebé» en la ecuación lo cambiaba todo.
«¿Y si camino sola por las calles de Portland?
—se dijo—. ¿Y si me expusiera a tener sexo sin consentimiento?
¿Es peor suplicar por él, o que te violen? », se gritó en sus pensamientos.
Si alguna persona tuviera acceso a ellos, la creería una desequilibrada; además, la juzgaría por siquiera contemplar la idea de hacerse daño a sí misma. Sin embargo, nadie comprendía su deseo de abrazar un pedacito suyo, hacerle sentir que lo amaba.
—¿Si digo que no?
—Se hará lo que tú digas, Sarah.
Fijó la mirada en su sobrina ante esa solemnidad tan poco característica de ella. Parecía una niña exploradora que, frente a su tropa, juraba vender cientos de cajas de galletas.
—Eres un peligro.
—¿Eso quiere decir que sí? —Sarah asintió—. ¡Eres la mejor del mundo!
Las amigas de su sobrina llegaron unos minutos antes que la pizza.
También ordenaron hamburguesas y papas fritas.
Ella las acompañó, aunque se mantuvo al margen de la conversación.
Las jóvenes cuchicheaban sobre lo guapos que eran unos chicos coreanos que ella jamás había visto, que según las niñas pertenecían a una banda llamada Enhypen.
Ellas escuchaban su música, suspiraban y reían a carcajadas, mientras Sarah, incapaz de entender una sola palabra de las canciones, se perdía en sus propios pensamientos.
«¿Podría tener una aventura de una noche?
». Si lo hiciera, ese hombre jamás se enteraría de que ella se quedó embarazada.
Se reprendió a sí misma. Eso no estaba bien.
¿Y si después de veinte años su bebé se enamoraba de su medio hermano?
¡Eso sería una tragedia! Tenía que ser alguien conocido, ella misma se sentiría más segura.
Se llevó la mano a la garganta. Sexo... tener sexo.
Por algún motivo, eso la aterraba más que la fertilización in vitro.
Se preguntó con quién tendría suficiente confianza como para pedirle algo así.
Cuando las chicas estallaron en carcajadas, regresó al aquí y ahora.
—¿Podemos comer helado, Sarah?
—Sí. —Les sonrió—. ¿Las puedo dejar solas?
—Tranquila, Sarah. Estaremos bien.