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¿Desde hacía cuánto que no tenía sexo? Desde que Peter Street le gritó que era una «perra». ¿Cuánto tiempo había pasado desde eso? Por lo menos dos años. Ese fue el día en que decidió renunciar al amor. Sabía que Peter tenía razón, así como los otros cuatro hombres a los que amó.
Murmuró disculpas mientras que algunos padres furiosos arrastraban a sus hijos fuera de la tienda, a la vez que ellos preguntaban de dónde venían los bebés.
Les dedicó una sonrisa incierta, giró y regresó a la mesa de trabajo.
En esos tiempos, tener relaciones sexuales no era tan sencillo.
Estaba el asunto de las enfermedades de transmisión sexual, y utilizar un condón para evitarlas sería contraproducente.
Y si su intención era buscar placer, para eso tenía un vibrador.
Ellos no se quejaban si deseabas alargar un poco más la sensación, te acompañaban durante años y, como solo vibraban, en ningún momento te acusarían de ser una «perra».
Además, ¿y si el hombre con el que pretendías acostarte era un acosador?
¿O un psicópata, o quizás un asesino? Porque ella no tenía el lujo de permitirse conocerlo bien antes.
Peor aún: ¿y si quería una relación? Se estremeció de la cabeza a los pies.
—Sarah, ¿me escuchas?
Salió de sus pensamientos y le dedicó una sonrisa a su sobrina, que al parecer llevaba un tiempo hablándole.
Madison la observaba con los verdes ojos suplicantes.
El cabello castaño claro le caía a la perfección sobre el hombro izquierdo.
Llevaba un pantalón de mezclilla muy corto y con flequillos; debajo llevaba unos leggins negros.
Como el abrigo que utilizaba era demasiado grande para ella y se le deslizaba por el hombro derecho, podía verle la camisa de manguillos.
—¿Qué sucede, cariño?
—Que si puedes llamar a mamá y decirle que voy a quedarme en tu casa.
Sonrió, pues una de las clientes le había dedicado el mismo gesto y le había hecho señas. Caminó hasta la caja registradora y le cobró el platón hondo para frutas en forma de flor.
—Tu arte es maravilloso...
—Sarah, no me prestas atención.
Miró a Madison con los ojos muy abiertos por interrumpir a la clienta.
—Sarah... —insistió su sobrina. La mujer le dio unas palmaditas sobre la mano a Sarah y se marchó—. Sarah...
Se desinfló al recordar lo que pretendía su sobrina y con desgana dijo:
—Ya puedes. ¿Qué sucedió?
—Mamá quiere celebrar mi cumpleaños junto con el de mi hermana y le dije que no.
Suspiró agotada. Parecía que algunos eventos se repetían: sabía muy bien cómo se sentía su sobrina, pues Stephany, la hermana de Sarah, era once años menor que ella.
—No quiero ser intermediaria entre ustedes.
—Por favor. ¡Por favor, Sarah! No sabes lo que es tener que pasar tu propio cumpleaños junto a niñas de once años. ¡Mis amigas se reirán de mí!
Sí lo sabía, y en realidad reconocía que Madison tenía razón. Sus amigas se reirían de ella. El número de clientes comenzó a disminuir mientras ella estaba en la caja registradora con su sobrina y les levantaba la mano y los saludaba a la salida. Ella esperaba que volvieran.
—Madison, no.
—Hazme este favor, Sarah. ¡Incluso trabajaré gratis para ti!
Aceptó el teléfono de manos de su sobrina.
—¡Está castigada! Alice está destrozada porque su hermana no quiere pasar tiempo con ella. ¡Así que no la justifiques!
—Sus edades son muy dispares.
—¡Tienen que hacerlo todo juntas! ¿Qué hay de lo que siente Alice?
Eran las mismas palabras con las que alguna vez pretendieron hacerla sentir culpable, pero ella nunca lo permitió y siempre se puso a sí misma por encima de los demás. Sin importar el qué.
—¿Los sentimientos de Madison no importan?
—¡Eres insufrible!
Le devolvió el teléfono a su sobrina porque sabía que era una batalla perdida. Regresó al taller y se concentró una vez más en su arte. La exposición que preparaba sería la más espectacular de todas. Había decidido recrear y resaltar su entorno como si lo mostrara a través de una lupa.
—¡Listo! —dijo Madison. Sarah levantó la mirada para observarla—. Me puedo quedar en tu casa.