El silencio de Avikar 1
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Sarah estaba convencida de que el día en que abrió los ojos a la vida todavía no había nacido el hombre al que ella amaría y cuyo amor sería recíproco.

Fue esta la razón por la que renunció al amor dos años atrás.

Solo anhelaba un bebé, y desde hacía dieciocho meses se había expuesto a todo por conseguirlo.

Se limpió la lágrima que le había recorrido la mejilla mientras intentaba ocultar los sollozos inútiles. Todo lo que deseaba se convertía en un fracaso, solo porque era ella quien lo quería.

—Cassidy me pidió que le organizara la fiesta de revelación del sexo del bebé.

—No me interesa, Stephany.

Fijó la mirada en el ir y venir de las personas en la calle.

Era temporada alta y Cannon Beach —en Oregón, Estados Unidos— estaba lleno de turistas.

Muchos de ellos iban acompañados de sus hijos, quienes estaban ilusionados por ver el océano por primera vez o por poder regresar al lugar donde más se divirtieron el año anterior.

—¡Hermana, escúchame por un segundo!

Sarah era artista del vidrio. Su tienda estaba ubicada en el segundo piso de la avenida East Gower, esquina con la avenida Evergreen. Tenía ochenta metros cuadrados, pero su arte solo llenaba una octava parte del lugar, pues las máquinas y equipos ocupaban lo demás.

—No. —Tenía la nariz congestionada.

Era una tienda coqueta con techo a un agua, construida con tablas oscuras, y con grandes ventanales que permitían la entrada de la luz solar. Para llegar había que atravesar un estrecho pasillo empedrado y subir veintitrés escalones. Sarah amaba su pequeña tienda.

Era el único lugar en el que se sentía como ella misma, mientras que, fuera de ella, interpretaba un papel para el resto de la humanidad. Un error de juventud había conseguido que la encajonaran en una etiqueta y ella no había hecho nada por enmendarlo.

—Tu tienda se volverá muy famosa cuando mis seguidores vean el hermoso sonajero que diseñé y que tú fabricarás en cristal de Bohemia.

En los últimos seis meses estuvo viajando durante todos los días de sus ovulaciones a casa de un amigo y su pareja. Ellos recogían su esperma en un vaso aséptico y Sarah utilizaba una jeringa de pavo para inseminarse a sí misma.

Los primeros meses estuvo rodeada de su entusiasmo, pues estaban encantados de poder ayudarla a dar vida, pero con el paso del tiempo apareció el hastío hasta que le exigieron que no volviera más y dieron por terminada la relación de amistad.

Ya había intentado la fertilización in vitro un año antes. Fue religiosa con las inyecciones de hormonas y con las citas médicas. Cambió su estilo de vida a uno más saludable y sacrificó su economía y la de su hermosa tienda, todo para no obtener ningún resultado.

—Las fiestas de revelación del sexo del bebé es lo más estúpido que se han inventado desde que a alguien se le ocurrió asegurar que ser influencer es una profesión.

Había perdido muchos clientes porque, a pesar de contar con la ayuda de Madison —su sobrina de dieciséis años—, a los clientes les gustaba encontrarla absorta diseñando alguna obra mientras ellos se dirigían a la playa.

Su negocio dependía del turismo del lugar; tenía grandes piezas que los impresionaban, pero lo más que vendía eran las pequeñas piezas: joyería, canicas, vasijas y adornos para el hogar.

—No seas obtusa, lo que te ofrezco traerá grandes beneficios a tu tienda. Eso es lo único que te interesa: beneficiarte, ¿o no es cierto?

La reducción de ventas fue el principal motivo por el que abandonó la fertilización in vitro.

Cada vial con esperma costaba quinientos dólares y algunos meses se necesitaban dos o tres.

A eso había que añadirle el costo de la cita, los estudios de laboratorio y las inyecciones de hormonas: eran decenas de miles de dólares.

Y si ella quería utilizar el semen de un amigo, el costo se triplicaba.

Además, tenía que esperar un año para poder utilizarlo.

Y el tiempo era el segundo factor en su contra: a ella ya no le quedaba mucho, su reloj biológico cantaba los últimos minutos.

—Y según tú, ¿cómo me beneficiaré? Si para ti es denigrante que a un artista se le ocurra cobrar por su trabajo.

Se había quedado sin opciones. Estaba cansada de inyectarse en la soledad de su hogar mientras algunas amigas se quedaban preñadas por accidente. Con tantas opciones que existían para prevenir los embarazos, ¿cómo se descuidaban de esa manera?

También conocía a otras que por decisión propia determinaron que no tendrían hijos, ¡pero ella sí los deseaba! Y en cada fiesta de bienvenida para el bebé, sonreía y felicitaba a los padres, pero por dentro se sentía como un fracaso.

—Deja los aires de grandeza, solo eres una diletante.

El labio inferior le tembló y el nudo que tenía en la garganta era tan grande que le dificultaba respirar con normalidad.

—Si deseas algo de mi tienda, puedes escoger algunos sets de joyerías, pero nada más.

En menos de dos meses cumpliría cuarenta y tres, y más pronto que tarde, la posibilidad de tener un hijo que fuera sangre de su sangre se esfumaría por completo.

A lo largo de los años había fracasado en el amor en más de cinco ocasiones.

Era una solterona y muy pronto se convertiría en un bejuco seco incapaz de dar vida.

Eso le decía su madre. Llegada a este punto, había decidido olvidarse del amor de pareja, pero no estaba dispuesta a renunciar a tener un bebé.

—Solo eres capaz de pensar en ti misma, ¿es o no cierto?

Aunque Stephany había terminado la llamada, ella se quedó con el teléfono pegado en la oreja unos segundos más.

Sobre el escritorio se encontraban tres pruebas de embarazo, todas ellas con resultado negativo.

Sus esperanzas se habían elevado hasta el infinito solo para estrellarse cuando la menstruación llegó. Ya no podía más.

Dejó el teléfono botado encima del escritorio.

Mientras se levantaba, se recogió el corto cabello castaño en un moño alto y desaliñado para luego colocarse las gafas de protección y los guantes que utilizaba para trabajar.

Solía utilizar pendientes largos, los que llevaba en ese momento complementaban su vestimenta con un pequeño círculo dentro de uno grande.

Sus atuendos eran tipo ejecutivo casual.

Algunos quizás la podrían catalogar de arrogante, pero le gustaba presentar una imagen pulcra.

Además, ¿qué artista no era arrogante? Era un defecto que había que internalizar, pues se debía creer que se era el mejor artista para tener el valor de enseñar el propio arte al mundo.

Ese día llevaba un vestido coqueto tipo halter que dejaba al descubierto los hombros y resaltaba su cuerpo triangular con una falda amplia. La cintura destacaba con un cinturón hecho por ella misma: una pieza elegante en vidrio negro con toques verde azulados, rosas y anaranjados.

Las personas no sabían qué pensar de ella: unos no tenían duda de que era alguna clase de artista, algunos juraban que era una ejecutiva y otros, que era una simple recepcionista con aires de grandeza.

Se acercó a la sofocante y humeante caldera.

El crepitante fuego alcanzaba los mil doscientos cuatro grados centígrados.

Metió la vara de acero en el horno para comprobar que la masa —que antes había sido vidrio reciclado— estuviera a la temperatura correcta y sacó una plasta. A ojos inexpertos, podría parecer miel.

Se aproximó a la antorcha que tenía en el escritorio y comenzó a soplar a través de la vara y a girarla.

La disonancia que la rodeaba le resultaba reconfortante: el chocar del cristal contra la mesa y el ruido de lijarlo era como pasar una tiza por el pizarrón.

El vidrio sonaba a la vez que ella lo inflaba como lo haría con un globo.

Aunque era muy temprano y todavía no había abierto la tienda, estaba trabajando en una de las piezas para la exposición que se llevaría a cabo en un par de meses en la galería de Cassidy.

—¡Señora de las canicas!

Levantó la cabeza al escuchar su apodo y vio a los tres niños que golpeaban el vidrio exterior de la tienda con grandes sonrisas en los rostros.

Soltó la vara con precaución y caminó despacio hacia la puerta.

Los saludó con alegría a pesar de sentirse rota por dentro.

Al menos era un aliciente saber que para esos niños ella era genial solo porque hacía canicas.

Les permitió entrar a pesar de que la tienda aún estaría cerrada por un par de horas.

Ingresó al taller una vez más mientras ellos la observaban desde detrás del cristal divisor.

Agarró un poco del vidrio líquido transparente y le dio forma con un trozo gordo de periódico húmedo.

El olor a chamuscado penetró en sus fosas nasales, aunque ya estaba acostumbrada.

Entonces lo llevó hasta la mesa de trabajo, donde había dispuesto varios trozos de vidrio de colores tan finos como un fideo.

Regresó al horno para girar la vara y que los trozos se fundieran con el vidrio transparente.

La frente se le cubrió en sudor y respirar le resultaba un acto a conciencia por el calor que expedía.

Hizo varios viajes entre el horno y la mesa de trabajo de metal que la ayudaba a alisar la superficie.

Estiró la masa con unas pinzas y repitió los pasos para añadirle más colores.

Después la modeló a mano con el periódico.

El proceso era largo, pero tanto los niños como sus padres no se perdían detalle.

Cuando estuvo conforme con el colorido, comenzó a amasarlas con la ayuda de las herramientas.

En cuanto cada una se tornaba una esfera perfecta, la colocaba en una base y le daba un suave golpe al vidrio para que se separara.

El brillo en los ojos de los niños la engrandecía.

Le encantaba crear las canicas y jugar con los colores.

Ese día, las canicas eran transparentes, pero en su centro se formaba una espiral de amarillo, rojo y azul que se mezclaban en algunos puntos y formaban los colores anaranjado, verde y violeta.

—Pueden pasar a recoger la suya dentro de setenta y dos horas, cuando el vidrio esté frío por completo. Si no, escojan alguna del mueble que está junto a la entrada. ¡Y se pueden quedar con ella!

Cuando eran grupos así de pequeños, podía hacerles ese regalo. No solo era un detalle que ilusionaba a los niños (¡jamás podían escoger solo una!), sino que también era una forma de dar a conocer su tienda.

Los niños se fueron superentusiasmados con su nuevo tesoro y ella regresó al taller para concentrarse en una de sus piezas para la exposición.

A la vez que trabajaba, intentaba convencerse a sí misma de que tal vez no tener un bebé era lo mejor.

Cuando su retoño tuviera quince, ella tendría cincuenta y ocho, y no se veía con la energía como para lidiar con un adolescente.

También estaba el asunto del dinero: ¿y si tenía que cerrar la tienda?

¿Cómo le proporcionaría seguridad económica?

Tal vez su hijo le reprocharía el hecho de tener una mamá tan mayor; aunque esa actriz, una que era bien conocida, acababa de dar a luz a los cincuenta y cuatro años.

Sentía envidia, pero no podía compararse con alguien que tenía dinero a raudales y que cuidaba tanto su dieta y bienestar físico que los exámenes debían indicar que su cuerpo pensaba que tenía veinticinco.

El suyo no, su cuerpo tenía muy claro que ella estaba en los cuarenta y algo.

—¡¿Cómo hacen las mujeres para tener un bebé?!

—Tienen sexo.

Pegó un grito al escuchar que le respondían.

Levantó la cabeza y vio que varias personas la observaban mientras trabajaba el vidrio.

Ni siquiera sabía que la tienda estaba abierta, por lo que sospechó que su sobrina Madison debía de estar por allí.

Algunos de los turistas tenían los ojos muy abiertos a causa de su exabrupto, a la par que el jovencito que le había respondido sonreía como si hubiera realizado una gran hazaña.

Esa era la bendición de tener dieciséis años y no tener ninguna preocupación en la vida.

¿Qué no daría ella por volver a esa edad con el conocimiento que tenía ahora?

Se aseguraría de quedar embarazada de Bobbie Smith y se olvidaría de eso de «primero viene el matrimonio y después, los bebés».