El silencio de Avikar 112
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Edén

Pocos días después, los Avikar —excepto la señorita Zoey— se presentaron en nuestro hogar. Sus pasos sonaron al unísono, tal y como la primera vez que los conocí. En esa ocasión era la señora Marima quien se encontraba a la cabeza.

Hablaba con uno de los posibles inversionistas mientras sacaba unos libros de las cajas para colocarlos en el librero. Mi única prenda era una camisa de Antoine. Me quité la diadema con micrófono y di por terminada la llamada.

Ellos me observaban con los labios apretados y los hombros tensos, como si hubieran ido a enfrentar a su peor enemigo.

Entonces Antoine se detuvo detrás de mí, me rodeó con los brazos y hundió el rostro en el hueco entre mi hombro y mi cuello, cubriéndome de besos mientras sus manos descendían hacia mis caderas con la intención de deslizarse entre mis muslos.

—Antoine —susurré.

Sentí que sonreía mientras me cubría más y más de besos.

—Así no era como me llamabas anoche.

Le pegué en las manos para que las apartara y dije con firmeza:

—¡Tu familia!

Se separó de mí solo unos centímetros, observándome con los ojos muy abiertos como si no hubiera entendido.

No estaba segura de qué encontró en mi rostro, pero desvió la mirada hacia el frente y al percatarse de que su familia estaba allí, se colocó frente a mí, resguardándome a la vez que mantenía nuestras manos entrelazadas.

Yaad se levantó y se apresuró hasta mi lado.

El rostro de la señora Marima se tornó lívido, como si experimentara su peor pesadilla.

—¿Hijo? ¿Acaso olvidaste tus promesas? ¿No recuerdas las consecuencias de tu desobediencia?

Una punzada me atravesó el corazón. ¿¡Por qué!? ¿¡Por qué esas reglas tan estrictas que solo habían conseguido que él sintiera terror de sí mismo!?

Hice que me soltara las manos y, en cuanto lo hizo, le rodeé la cintura con los brazos, aferrándome a él.

Intentaba ofrecerle la comprensión que ellos debieron mostrarle cuando sus padres fallecieron.

Antoine colocó las manos heladas sobre las mías.

No me rechazó; más bien parecía que era él quien intentaba ofrecerme consuelo.

—Madre, perdóname por ser un hijo desobediente. Discúlpame por todos los dolores que te he provocado. Esta mujer que necesitó fundirme entre sus brazos es la mujer que amo, la dueña absoluta de mi corazón y a quien elegí por esposa.

Apoyé la cabeza en su espalda y le dejé un beso. No estaba tenso y su voz tenía ese tono grave y placentero que tanto me sosegaba.

—Tus hijos necesitarán una guía fuerte y estable. —El tono de la señora Marima era sereno—. Piensa en tu futuro, por favor.

Contuve el aliento. Nos consideraban inadecuados, incapaces de cuidar de nosotros mismos o de alguien más. Era la misma situación que yo vivía con mis padres cuando Antoine y yo solo queríamos rasguñar nuestro lugar en el mundo. ¿Por qué les era imposible aceptar que éramos tan humanos como ellos?

—No habrá hijos, madre. Hace un par de meses me hice la vasectomía.

Se escuchó un jadeo colectivo, incluido el mío.

Se me humedecieron los ojos y lo ceñí tanto a mí como si pretendiera que nos fundiéramos en uno solo.

¿Cómo era posible que, en sus momentos más oscuros, hubiera sido capaz de tomar todas aquellas decisiones?

¿Y se creía débil? ¿Indigno? Solo lo más recio sobrevivía en el invierno.

Mi hombre invernal. Se me escapó un sollozo cuando la presión en el pecho se tornó intolerable y Yaad ladró.

Antoine apretó las manos contra las mías y deslizó los pulgares sobre ellas una y otra vez.

— Edén dijo una vez que no quería hijos y jamás la expondría a otra hospitalización que acarrearía su muerte.

—Antoine, ¿qué has hecho? —Esa era la voz de la señora Amelia y no me pasó desapercibida la consternación en su tono.

—Tienen cinco herederos que ofrecerán una guía fuerte y estable al linaje Avikar. Ya no necesitan mantener bajo control al desquiciado que solo los avergüenza.

Los primos rezongaron tras sus palabras; para ellos, la posición de Antoine en la empresa era incuestionable. Pero la aflicción dominaba el rostro de su madrina.

Respiré hondo, enderecé la postura tanto como mi cuerpo me lo permitió. Tiré de Antoine hasta hacerlo girar hacia mí. Le acuné el rostro y lo obligué a sostenerme la mirada mientras una lágrima tras otra me corría por las mejillas.

—Eras un niño, Antoine. Si en aquel momento nos hubiéramos conocido, te habría abrazado y no te habría dejado ir hasta hacerte entender que fue un accidente y que no fueron tus palabras las que lo provocaron, sino un conductor irresponsable.

Se tambaleó como en aquellas ocasiones en que los ataques de pánico se apoderaban de él, por lo que lo envolví entre mis brazos y me aferré a él. Yaad se pegó a nosotros, ofreciéndonos su consuelo.

—Solo eras un niño que anhelaba que sus padres le mostraran el mismo amor que sentían por un país.

Le cubrí el rostro de besos antes de girar y contemplar a los Avikar.

—Este es mi hogar y mientras sigan minándolo, ninguno será bienvenido.

El silencio reinaba, pero entonces se escuchó un resoplido, seguido de una risa ronca y gutural como la de un depredador que se regodeaba en su victoria.

—No me decepcionas, señorita Edén. Tus groserías no conocen límites. —Podría jurar que el tono del señor James era algo juguetón.

Antoine me rodeó con los brazos. Solo el señor James y la señora Marima seguían allí. Los demás se habían retirado en algún momento. Él giró y le extendió la mano a ella, invitándola a marcharse. La señora Marima nos contempló.

—Perdí a mi hija, ¿también voy a perder a mi hijo?

—Vamos, Marima, ya es hora.

Permanecí con la mirada fija en la puerta durante largos minutos. No estaba segura de cuántos. Dejé caer los hombros y apoyé la cabeza en el pecho de Antoine. Después levanté el rostro, le rodeé el cuello con un brazo y lo hice inclinarse hasta unir nuestros labios.

Tras separarnos, nos contemplamos. Ladeé la cabeza y le sonreí, sin soltar sus manos.

—Jaanu… —Se le entrecortó la voz—. ¿Cuándo dejarás de ser un desafío?