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Edén
Nuestras manos estaban entrelazadas mientras el piloto de la avioneta nos informaba que aterrizaríamos en unos minutos. A través de la ventanilla podía observar la costa de Tofino.
Tenía el corazón acelerado y en los cincuenta minutos que había durado el vuelo, Antoine había mantenido aquel ir y venir del pulgar sobre mi muñeca. Mi hombre, a quien hacer planes podía llevar al borde del pánico, permanecía sereno junto a mí.
Al bajar, dos personas nos esperaban. La oficiante y el camarógrafo. La tensión que me dominaba disminuyó. Ellos utilizaban mascarillas y ninguno me extendió su mano. Además, sus miradas eran cálidas, sin reproches.
—Lo planificaste. —Mi voz fue menos que un susurro.
Respiró hondo; en sus ojos reapareció aquella seriedad de nuestros primeros días.
—El mismo día en que te confesé lo que me aquejaba y me pediste un beso.
Asentí, pero él continuó:
—Para mí es importante que seas la única que pueda decidir sobre mí. Sin embargo, entenderé si tu respuesta es no.
Se me humedecieron los ojos. Las palabras eran diferentes, pero era la misma petición que yo le había hecho cuando estuve hospitalizada.
—Solo podría aceptar si…
No perdí detalle de cómo tensaba los hombros.
—Edén, no…
Negué una y otra vez, aferrándome a sus manos.
—Solo podría aceptar si tú me haces la misma promesa.
En esa ocasión fue él quien pestañeó una y otra vez por lo que ladeé la cabeza y sonreí. Me envolvió entre sus brazos, apoyó la cabeza en mi hombro y respiró hondo junto a mi cuello a la vez que Yaad ladraba como si lo exasperara el que todavía no hubiéramos intercambiado votos.
En una tarde de lluvia, los tres caminamos hacia un claro oculto entre la vegetación, rodeado por cedros centenarios y la espesura del bosque lluvioso.
La serenidad nos envolvía y el viento mecía nuestros cabellos en un vaivén pausado.
Contemplándonos, le dimos legalidad a eso que existía entre los dos: amarnos tal y como éramos, sin exigirnos cambiar ni ser perfectos.