El silencio de Avikar 110
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Edén

Me puse en pie, levanté la mano y la agité para llamar la atención de Antoine, quien acababa de salir del área de tratamiento.

Yaad se había adelantado a mí y ya caminaba junto a él, resguardándolo.

Había algo en la mirada del hombre que se acercaba a mí con pasos pausados, como si ansiara tomarse su tiempo.

El brillo en sus ojos me hacía pensar que sonreía bajo la mascarilla.

En cuanto se detuvo frente a mí, me tomó de la mano y la acercó a sus labios, dejándome un beso —a través de la mascarilla— en la muñeca. Pestañeé una y otra vez. ¡Su tío estaba presente!

Y, como si solo entonces lo hubiera recordado, giró y caminó hasta donde se encontraba el señor James.

Permanecí de pie mientras ellos conversaban. En esa ocasión, Yaad me acompañaba, pues Antoine se lo había ordenado.

Unos minutos después, me pareció que se despedían; no obstante, ambos se acercaron a mí y continuaron conversando. Mantuve los hombros echados atrás y la cabeza en alto.

Antoine extendió la mano y le ofrecí la mía. En cuanto las entrelazamos, giró y se colocó frente a mí.

—Es momento de retirarte, tío. Y gracias por acompañarme durante todo este tiempo.

Sentí aquel ir y venir de su pulgar sobre mi muñeca mientras Yaad restregaba la cabeza contra mí y se le escapaba un quejido.

Ni siquiera fui consciente de que el corazón se me había acelerado tras escuchar esas palabras.

¿Me sentía más serena porque alguien había estado junto a él durante su tratamiento?

Sí, por supuesto que sí, pero al mismo tiempo… ¿tenía que ser el señor James?

Respiré hondo y en esa ocasión agradecí tener una mascarilla que le ocultara al señor James cuánto me desestabilizaba.

—Señorita Swan, ¿será igual de grosera en nuestro próximo encuentro?

Giró y siguió su camino con el mismo paso autoritario de siempre, pero podría jurar que sonreía mientras se alejaba.

Antoine giró y también parecía sonreír. Pestañeé una y otra vez.

No acababa de comprender qué sucedía. Sin embargo me olvidé de todo cuando él levantó mis manos para dejarme un beso en las muñecas.

Podría jurar que era un diminuto copo de nieve que veía el sol por primera vez y se derretía ante su encanto.

Nos contemplamos y solo salimos de aquella especie de trance cuando Yaad ladró, reclamándonos que no le prestáramos atención.

Apoyé la cabeza en su hombro mientras él me rodeaba la cintura con un brazo y sostenía mi bolso con la otra mano. Nos dirigíamos a la salida, aunque no teníamos prisa. Yaad caminaba junto a mí del otro lado, parecían dispuestos a resguardarme como si fuera su tesoro más preciado.

Poco después llegamos al departamento que pertenecía a la embotelladora Avikar en la ciudad. No estaba encantada con la idea, pero una habitación de hotel o un alquiler temporal estaban por completo descartados.

Tan pronto entramos, nos dirigimos a nuestros respectivos baños, nos duchamos y nos cambiamos. Nuestra ropa ya daba vueltas en la lavadora. Para entonces llevaba un vestido tejido de manga larga y cuello alto, uno que me resultaba cómodo.

Antoine caminó hasta la oficina, lucía un suéter de cachemira en color azul petróleo y unos pantalones de lino en color crema.

Estaba descalzo. Y tenía el cabello echado hacia atrás, aunque todavía estaba húmedo.

Era… era… ¿doméstico? No estaba segura de cómo definirlo.

Estaba guapísimo. Algo en ese atuendo relajado me obligaba a juntar los muslos y apretarlos uno contra otro.

Para el mundo era un afamado CEO, para mí era Antoine…

era como si solo yo pudiera presenciar su mente desnuda. ¿Así era como él se sentía conmigo?

Levantó el teléfono con la intención de hacer una llamada. Me apresuré y coloqué mi mano sobre la suya, impidiéndoselo y dije:

—¿Qué te parece si nos tomamos el día libre? ¿Vemos una película?

Nos quedaríamos en Vancouver un par de días, me había costado conseguir que aceptara, pues mi única intención era que no tomara un avión —tal y como lo había hecho las últimas semanas— justo después del tratamiento.

Y para convencerlo, le había dicho que había concertado algunas citas con unos inversores.

—¡Oh! Eres ese tipo de jefe, ¿eh?

Rodé los ojos mientras él me dedicaba una sonrisa esplendorosa. Contuve el aliento. Verlo sonreír era como recibir un chispazo directo al corazón. Me obligaba a detenerme y respirar hondo.

—No va a haber palomitas para ti.

En un parpadeo, me rodeó la cintura y me levantó por lo que terminé a horcadas sobre sus piernas. Descansó los brazos alrededor de mis caderas mientras yo le rodeaba el cuello y le entrelazaba los dedos en el cabello húmedo.

—¿Lo juras? ¿Nunca?

Lo contemplé mientras él me deslizaba las manos por la espalda y fijaba la mirada en la mía. Se me erizó la piel.

—Firmemos el papel que nos declarará esposo y esposa, Edén.

Pestañeé una y otra vez. Después de apenas unos segundos, ladeé la cabeza, y no pude contener mi propia sonrisa. Lo peor de todo es que asentí a su propuesta.