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Edén
Antoine y yo estábamos sentados en la sala de espera del centro de tratamiento en Vancouver. Nuestras manos permanecían entrelazadas, Yaad estaba a nuestros pies y yo ignoraba al hombre sentado frente a nosotros, al otro lado de la sala.
¿Estás segura? Vas a morir, morir, morir.
El terapeuta salió a buscar a Antoine, por lo que ambos nos pusimos de pie.
Ladeé la cabeza mientras le acunaba el rostro entre las manos.
Él asintió, aunque permaneció inmóvil durante unos minutos.
Tenía el rostro cubierto con una mascarilla, al igual que yo.
Estar juntos no era sinónimo de una curación milagrosa.
Íbamos poquito a poco mientras construíamos nuestra felicidad.
—Aquí estaré cuando salgas.
Mi voz fue apenas un susurro, pero él asintió. Entonces giró y antes de atravesar las puertas, levantó el mentón en señal de reconocimiento hacia el hombre que había ido a acompañarlo.
Volví a sentarme, pero apenas pasaron unos segundos antes de que aquel hombre se pusiera de pie y se sentara junto a mí.
—Señorita Swan, ¿pretendes ignorarme para siempre?
Yaad puso las orejas en punta mientras apoyaba la cabeza sobre mis pies.
—Señor James.
Sonrió mientras yo mantenía una mano sobre la otra.
—Nunca has podido llamarme señor Avikar.
Me quedé en silencio, con la espalda tan recta como mi cuerpo me permitía. Él continuó:
—¿Cuánto tiempo calculas que durará la reacción química que los une? ¿Un par de meses? ¿Tal vez un año? Después de todo, ambos tienen el cerebro atrofiado.
—Varios lustros, décadas o siglos. Mis padres terminaron por freírme el cerebro y ahora le son imposibles las modificaciones.
Giré la cabeza y fijé la mirada en la suya. Habría sido espectacular no tener aquella terrible pausa al hablar, pero eso sería exigirme demasiado.