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Edén
Mi escritorio estaba junto a los ventanales y el de Antoine, en la otra esquina, así ninguno de los dos interrumpiría al otro mientras hablaba por teléfono con proveedores y próximos clientes.
Al final, aunque aún renuente, él había aceptado esperar un año antes de volver a proponerme la división de la empresa en partes iguales. Yo también había cedido. La etiqueta diseñada por Ryan consistía en un cisne levantando el vuelo y la marca había sido registrada como Swan.
Estaba concentrada en el monitor y los documentos junto al teclado, preparaba la base de datos de esa compañía en la que, en el futuro, podría convertirme en socia, y aunque ese siempre había sido mi sueño, cierto resquemor me dominaba.
¿Qué tal si me defraudaba a mí misma? ¿Si era incapaz de conseguir todo lo que alguna vez me propuse?
Respiré hondo y fui minuciosa con los datos mientras atendía llamadas de posibles clientes en Canadá, pues el señor Arroyo tendría exclusividad en México.
Él era nuestro único cliente internacional, pues Antoine planeaba mantener la producción en el ámbito local y distribuir nuestra agua solo en los distritos aledaños.
Giré el cuello de un lado al otro para aliviar la tensión que me dominaba. Había anochecido y lo único que habíamos consumido era un desayuno ligero.
Me puse en pie y atravesé la sala para avisarle a Antoine que era imperativo que nos comiéramos algo. Yaad estaba a sus pies y, al verme, levantó la cabeza, puso las orejas en punta y movió la cola. Levanté la mano para captar la atención de Antoine.
—Es tarde y tenemos que comer.
No me gustaba interrumpirlo, mucho menos cuando la conversación que mantenía en el teléfono parecía importante, no obstante, se apresuró a tapar el auricular con la mano y dijo:
—Dame un par de minutos y te llevo a casa.
Asentí. Esa era nuestra rutina durante las comidas. Dejábamos cualquier actividad a medias para que él me llevara a casa y preparáramos nuestros alimentos.
El corazón comenzó a latirme de prisa mientras me mordía el labio. Era consciente de que solo porque nos amáramos no significaba que nos curaríamos, pero ahí estábamos, el uno para el otro.
—¿Te parece si preparo algo aquí?
Papá se ocupaba de mantener las alacenas de Antoine llenas con los productos de la granja. ¿Quizás con la esperanza de que su trastornada hija encontrara otro lugar donde comer y no fuera presa de sí misma? Admitía que él tenía mucha más fe en mí de la que yo tenía en mí misma.
El teléfono seguía pegado a su oreja. Su reacción me hizo pensar que le había resultado imposible comprender lo que acababan de decirle, como si de pronto le hubieran hablado en un idioma desconocido.
Asintió con un movimiento corto, como si creyera que una reacción más efusiva pudiera espantarme. Tal vez tenía razón y lo creí con firmeza cuando Yaad se puso en pie y se acercó para restregar la cabeza contra mis manos.
Di la vuelta y me dirigí a la cocina con Yaad pegadito a mí.
Abrí todas las puertas de la alacena y muy pronto descubrí que los utensilios estaban colocados tal y como los tenía en el granero. Suspiré. Al parecer la conversación sobre ser un colaborador tendría que repetirse.
Saqué las ollas y las coloqué encima de la estufa. Escogí varios vegetales, los lavé y comencé a cortarlos mientras Yaad caminaba detrás de mí sin perder uno solo de mis movimientos.
Hacía varios minutos que la conversación había terminado y sentía aquella mirada oscura sobre mí. No obstante, permanecía en el escritorio, algo que agradecía, pues no estaba segura de cómo reaccionaría si de pronto invadía la cocina.
En menos de una hora había terminado de preparar un guiso contundente.
No era mi mejor versión, pero era comible y sustancioso.
Coloqué los platos en la encimera, asegurándome de que tuvieran el espacio exacto.
Al terminar, Mantuve la mirada baja por unos segundos y tomé aire antes de enderezarme y buscar su mirada.
Nos contemplamos y él se puso en pie en un movimiento pausado y sereno. ¿Cómo era que podía leerme tan bien?
Llegó junto a mí y sacó el banco alto para que tomara asiento. Un temblor efímero me recorrió al sentarme. Buscó mi mano y me la oprimió antes de comenzar aquel ir y venir del pulgar sobre mi muñeca. Le dediqué una sonrisa y solo entonces se sentó junto a mí.
Comimos en silencio, los tres, porque nuestro amigo estaba junto a nosotros.
Al terminar, me puse en pie, y más relajada, me acerqué al refrigerador para buscar el postre. Sin esperarlo me encontré me encontré aprisionada contra el refrigerador mientras él me hacía girar entre sus brazos, me colocó la mano en la nuca y buscó mis labios con los suyos.
Pensé que sería un beso fugaz por la dulzura de la caricia, pero me equivocaba.
Me tomó entre sus brazos, ciñéndome contra su cuerpo mientras esos labios sedosos reconocían los míos como si nuestro último beso hubiera sido esa misma mañana y no un año atrás, en una habitación de hospital, con mi vida pendiendo de un hilo.
Tras la intensidad inicial, el beso se tornó ligero e intercambiamos besos fugaces antes de separarnos apenas unos centímetros.
—Es lo más delicioso que has preparado.
Me dedicó una sonrisa que pretendía ser inocente y entonces añadió:
—Perfecta.