106
Edén
Una vez más nos habíamos acoplado el uno al otro.
Al día siguiente habíamos ido a la ferretería y después a la mueblería.
En esas primeras decisiones me había sentido un tanto aprensiva, era consciente de que Antoine solía favorecer opciones favorables para el ambiente que no siempre representaban la mejor elección para mí, pero cada vez que sugería algún cambio, él lo aceptaba sin hacer preguntas.
En ese instante, cada uno tenía un rodillo entre las manos. Le pasábamos una capa de pintura verde azulada a las paredes de la sala, que se había convertido en nuestro centro de operaciones.
Yaad iba y venía entre los dos meneando la cola, por lo que el piso estaba cubierto de huellas y su cola había azotado las paredes recién pintadas.
—¡Yaad!
Antoine lo amonestó, pero para él fue como si lo hubiera felicitado por su ayuda pues movió la cola a gran velocidad y la pintura salpicó por el lugar.
No quería reírme, no debía reírme, pero ser testigo de ese hombre que en cualquier otro momento sería imponente, mostrarse tan blando con su compañero hizo que la risa me brotara del pecho.
Se tornó estridente cuando él me observó como si hubiera cometido alta traición.
De pronto me encontré envuelta entre sus brazos, poco a poco, una sonrisa comenzó a asomarse en sus labios.
Nos contemplamos, pero el momento se diluyó cuando sonó el teléfono de Antoine. Lo escuché intercambiar saludos, aunque muy pronto apretó los labios.
—Se lo envié hace dos días, tal y como habíamos acordado.
Apoyó el rodillo en la pared y se apresuró a caminar hacia el escritorio, para entonces la llamada había terminado. Encendió la computadora al mismo tiempo que revolvía papeles.
—Antoine…
El rostro se le tornó lívido y Yaad ladró a la vez que se acercó a él y comenzó a empujarlo con el hocico. Pero Antoine consiguió esquivarlo y salió apresurado de la casa.
Me acerqué a la computadora, tenía abierto el documento de especificaciones para la fábrica del envase.
Llamé al encargado mientras adjuntaba el archivo al correo y lo enviaba. No sabía muy bien qué ocurría. Tal vez Antoine estaba demasiado estresado; eran demasiados detalles. Pero lo cierto era que jamás había cometido un error así.
—Le dije que, si no me lo hacía llegar en esa fecha, le daría el espacio a otra empresa.
—Me disculpo por el malentendido. ¿Hay alguna forma de solucionarlo?
—Si están dispuestos a pagar un 30 % adicional, podría comenzar la producción en la fecha establecida, si no, tendrán que esperar entre diez a dieciocho meses.
—Hablaré con mi compañero.
Terminé la llamada consciente de que para Antoine esos términos serían inaceptables. Caminé despacio y al salir de la casa lo encontré dando vueltas en la nieve.
—Soy un estúpido, un estúpido, un estúpido. — Levantó la mirada hasta encontrarse con la mía—. No debes confiar en mí, no debes hacerlo.
Me acerqué paso a paso y él se precipitó hacia mí, envolviéndome entre sus brazos.
—No me dejes, te prometo que jamás volveré a cometer un error así. Yo… yo…
Le dejé un beso en la mejilla y lo ceñí contra mi cuerpo. Era evidente que algo más sucedía. Aquello no se parecía a la ansiedad que yo le conocía.
Entramos a la casa, le preparé una taza de té mientras Yaad Yaad se recostó sobre él, ofreciéndole su apoyo. Al terminar me senté junto a ellos.
No estaba segura de cuánto tiempo permanecimos en silencio con los dedos enguantados entrelazados entre las hebras de su Cabello y el quejido lastimero de nuestro amigo peludo.
—Hubiera querido tener más tiempo…
Fruncí el ceño mientras que él levantaba el brazo para pasarse una mano por el cabello.
—¿Qué sucede?
Lo apoyaría cualquiera que fuera el proceso que enfrentara, pero no podíamos regresar a lo que habíamos tenido.
Necesitaba saber cómo se encontraba, jamás para juzgarlo, sino para poder acompañarlo.
Estaba segura de que, si él guardaba silencio, encerrándose en sí mismo, no llegaríamos a caminar sobre la nieve cuando nuestro cabello se tornara blanco, como si quisiera emular ese clima que tanto nos gustaba.
—Mañana comienzo el tratamiento con estimulación magnética transcraneal repetitiva.
Asentí despacio, manteniéndome lo más tranquila posible, aunque era muy consciente de la magnitud de sus palabras. ¿Era la primera vez que me hablaba de su salud mental por voluntad propia?
—No sabía que la utilizaban para tratar fobias.
—En realidad… — Desvió la mirada y se habría alejado de no ser porque nuestras manos permanecían unidas—. Es para tratar la depresión.
Guardé silencio, aunque me aseguré de seguir sosteniéndolo. Entonces continuó:
—No quería, no quería presentarme ante ti así.
Me concentré en respirar, pues necesitaba que desapareciera el nudo de mi garganta.
—Lamento que mis padres te hayan arrebatado la oportunidad de escoger cuándo buscarme.
¿Y si para él esa intromisión era demasiado? Después de todo, su familia controlaba cada aspecto de su vida.
—No me arrepiento, no lo hago, pero no quería que me vieras así. El último año, el último año…
Apoyé la cabeza en su hombro y susurré:
—Agradezco que me hayas permitido acompañarte a pesar de sentirte vulnerable.
Negó una y otra vez.
—No quiero que te sientas atada a mí.
Las lágrimas comenzaron a salpicarme las mejillas. Reconocí la depresión filtrándose en sus palabras.
—¿Tomas tus medicamentos?
—Sí. —Asintió con vehemencia.
—Y mañana empiezas la terapia. Eso es suficiente para mí.
Insistió en negar.
—No quiero que te preocupes hasta las lágrimas por mí.
Lo imité y me apresuré a negar con vehemencia e intenté dedicarle una sonrisa reconfortante.
—Mis lágrimas son de orgullo porque estás cuidando de ti y rompiendo con relaciones que no te hacen bien. Sé que en algún momento encontrarás tu felicidad.
Giró para fundirme en un abrazo mientras decía:
—¡Oh, jaanu! Te juro que sí soy feliz, que todo esto llena mi corazón.
Si era así como pensaba, ¿por qué solo me abrazaba? Un hombre que me había besado a solo minutos de conocerme y, desde nuestro reencuentro, hacía casi un mes jamás me había besado. ¿Tanto le temía a mi condición?
—¿En algún momento podrías darme un beso? Como un recordatorio de tus palabras.
Tardó en responder como si esa posibilidad jamás le hubiera cruzado por la mente.
—¿Un beso?
Asentí. ¿Me había equivocado al pedírselo? Tal vez él no quería y no debía forzarlo, tal vez…
Levantó las manos para acunarme el rostro a la vez que me contemplaba.
Era un error, lo sabía, ¿por qué se lo había pedido?
Anhelé marcharme, quizás desaparecer, pero deslizó los dedos por mi rostro hasta llegar a las orejas, donde soltó algo.
Solo entonces me percaté de que, desde que nos habíamos reencontrado, había utilizado mascarillas.
¿Cómo podía besarme si yo misma me mantenía inaccesible?