El silencio de Avikar 103
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Edén

Sin darme tiempo a procesar a plenitud sus palabras, entrelazó nuestras manos y se encaminó hacia la casa.

Su sonrisa me había conmocionado tanto que mis ojos me habían engañado.

El horizonte no era nieve: la tierra estaba cubierta con una sábana blanca como si alguien hubiera intentado proteger unos sembradíos.

Fruncí el ceño mientras el dolor de cabeza se volvía punzante.

Antoine se detuvo justo antes de que atravesáramos la puerta. En la pared de fondo se proyectaba el envase de agua que había encontrado entre la basura en el granero.

Comenzó a recoger papeles como si intentara organizar el lugar. Tenía las mejillas coloradas y evitaba mi mirada.

Los muebles eran antiguos, de madera y cuero.

El sofá era de cuero negro y los dos sillones que lo acompañaban, de cuero café.

Por su construcción, debían de ser de inicios del siglo XX, por lo que no representaban un peligro para mí.

El librero, de acero inoxidable, contenía solo una docena de libros, por lo que tenía espacio para muchos más.

No me pasó desapercibido que la casa había sido remodelada por completo.

No existía decoración, era como si la casa estuviera en espera. ¿De qué?

Aunque nada de eso importaba en ese instante. Paso a paso me obligué a acercarme a él, aunque me temblaba el cuerpo. Me detuve hasta quedar frente a frente, arrinconándolo contra uno de los sillones.

—¿Qué sucede?

¿Por qué se le hacía imposible enfrentarme? ¿Por qué, después de todo lo que había hecho, todavía le costaba mirarme?

—No quería que pensaras… no quiero que pienses que esto es mi fobia manifestándose.

Miré alrededor, otros podrían describirlo como una zona de desastre y podrían tener razón, pero para mí era una sala de investigación que le había tomado meses montar.

¿Ese era su temor? Tenía razón: apenas un par de días antes yo había creído con firmeza que lo único que nos unía eran nuestros trastornos.

Sin embargo, un gesto había cambiado todo: la sonrisa en sus labios al ver que me acercaba.

Por primera vez sentía que alguien era feliz de verme.

De verdad feliz. Un hormigueo me recorrió de la cabeza a los pies, el mismo de la primera vez que nos vimos.

—¿Quieres que sea honesta y te diga lo que pienso?

Tensó aún más los hombros, si eso era posible. Quería abrazarlo y no soltarlo nunca. Yaad se colocó junto a nosotros, ofreciéndonos su calor y compañía, pendiente de nuestras reacciones.

—Pienso, pienso… —Exhalé—. En realidad estoy dando saltitos de felicidad en mi cabeza porque no veo rojo por ningún lado.

Antoine resopló y, por algún loco motivo, Yaad también lo hizo. Entonces aquella sonrisa resplandeciente volvió a sus labios. ¿¡Cómo podía ser tan guapo!?