El silencio de Avikar 102
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Edén

Llenaba la tetera con agua asegurándome de que el líquido llegara justo hasta la línea en el interior del utensilio.

¿Lo traes contigo? ¿Estás segura? Revisa, revisa, revisa.

La coloqué en la hornilla. Entonces bajé una taza de la repisa, extendí el pulgar y el índice y la coloqué a la distancia justa.

Giré y abrí el cajón para sacar el filtro de té.

Me detuve y fruncí el ceño, pues me pareció escuchar rasguños en la puerta, pero era imposible.

Ningún animal se expondría a esas temperaturas extremas.

Tal vez debería tomar una siesta. Lo cierto era que debía tener un bajón de adrenalina después de todo lo que había ocurrido.

Además era imposible que fuera Yaad, Antoine todavía debía estar en el avión que lo llevaría a Cranbrook.

Me serví el té y caminé hasta la cama, aunque solo le di un par de sorbos antes de verme obligada a recostarme, pues me era imposible mantener los ojos abiertos. Odiaba las veces en que mi cuerpo parecía apagarse en automático, como si algo me drenara la energía.

No estaba segura de cuánto tiempo había pasado. Solo había podido dormitar mientras giraba en la cama, incapaz de encontrar la posición más cómoda. Entonces me senté en la cama de golpe. ¡Un ladrido! Había escuchado un ladrido.

Corrí hasta la puerta, la abrí y caí de un sentón cuando una bola de pelos de unos treinta y cinco kilos me brincó encima y comenzó a lamerme el rostro. Reí. Lo rodeé entre mis brazos y volví a reír.

—¡¿Yaad?! ¿Cómo es que estás aquí, cariño? ¿Dónde está Antoine?

Salió del granero y escuché su ladrido, entonces volvió moviendo la cola de un lado al otro, me agarró del pantalón con los dientes y comenzó a halarme. Como no respondí, me soltó, salió una vez más a ladrar y regresar junto a mí.

—Ya voy.

Otra vez me agarró del pantalón mientras me agachaba para recoger las botas.

—Cariño, no puedo ir tan destapada como tú y más si no queremos una regañina de tu dueño.

Eso pareció tranquilizarlo, pues se sentó, aunque su cola iba y venía como los limpiaparabrisas en un aguacero. Terminé de calzarme, pero mi peludo compañero parecía pensar que había tardado demasiado.

Otra vez me agarró del pantalón y cedí a sus demandas mientras me ponía el anorak, los guantes y la bufanda.

Caminó muy pegadito a mí, ofreciéndome su calor. Era un día con poco viento, así que atravesar los cúmulos de nieve de veinte centímetros no era complicado.

Observé a mi compañero peludo al reconocer hacia dónde nos dirigíamos, un lugar que no había visitado en más de quince años: la propiedad que le había pertenecido a Mark Pelletier. Respiré hondo, aunque confiaba en Yaad.

Tardamos cerca de cuarenta minutos en llegar y allí, en medio de la nieve y de aquel horizonte blanco, frío y austero, un hombre nos esperaba.

Sonreía.

Yaad corrió para acercarse y él se acuclilló para recibirlo, abrazándolo y revolviéndole las orejas.

—¿Quién es un buen chico? ¿Quién es? ¡Tú eres un buen chico!

No podía verse más hermoso y no estaba segura de haber visto esa sonrisa antes, tal vez en un día parecido junto al lago Elizabeth. Se puso en pie y, aunque la sonrisa seguía en sus labios, ya no era tan resplandeciente.

—Bienvenida, jaanu.