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Edén
El vaho que escapaba de nuestros labios con cada respiración era evidencia de que llevábamos demasiado tiempo sentados en el automóvil y era necesario que entráramos en calor, pues la calefacción del vehículo ya no era suficiente.
Sin embargo, Antoine permanecía con las manos aferradas al volante; ejercía tanta presión que tenía los nudillos pálidos.
Lo cierto era que no lograba comprender qué sucedía. ¿Es que todavía dudaba de lo que existía entre los dos? ¿Después de cómo le habló a mis padres? ¡Me había declarado su esposa frente a ellos!
Extendí la mano con la intención de… No estaba segura. ¿Ofrecerle consuelo o buscar cercanía? Necesitaba un abrazo o entrar al granero y compartir la cena, quizás recostarnos en la cama y no levantarnos hasta el siguiente día. Sin embargo, mi brazo cayó como si no me perteneciera.
¡BAM! Antoine había salido del automóvil y azotó la puerta. El chasquido metálico fue ensordecedor como si una tormenta eléctrica se hubiera desarrollado en ese mismo segundo.
Grité. El corazón me hizo una pirueta antes de comenzar a latir acelerado. Él daba vueltas en frente del automóvil al mismo tiempo que se jaloneaba el cabello.
Me quité el cinturón despacio. Las manos me temblaban. Bajé del automóvil. Al percatarse, levantó las manos como un criminal que se rendía al verse al descubierto.
—No me temas, jamás podría hacerte daño.
Los músculos del cuello parecían cuerdas tan tensas que en cualquier momento se partirían. Tenía la voz ronca y ahogada, como si hubiera gritado durante horas.
—Nunca te había visto reaccionar de ese modo, como si la ira te consumiera.
Bajó la cabeza y dejó caer los hombros.
—Tengo que ir por Yaad.
Giré para apresurarme hacia el granero, pero me encontré envuelta entre sus brazos como si hubiera bastado solo un impulso para alcanzarme.
—Edén… —Su voz fue solo un susurro—. Voy a ir por nuestro amigo, él también te extraña.
Cerré los ojos y le apoyé la cabeza en el hombro. Me ciñó contra su cuerpo como si necesitara anclarse al presente y permanecimos así, yo dándole la espalda, durante unos minutos.
Respiró hondo antes de soltarme, aunque mantuvo nuestras manos entrelazadas como si supiera que necesitaba aquel apoyo para mantener el equilibrio.
Me acompañó hasta la puerta y Solo escuché el automóvil encenderse después de cerrar la puerta con seguro. Solté el aliento que había mantenido contenido. Al parecer, sería más difícil de lo que había creído.