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Edén
Abrió los ojos de par en par y la piel se le tornó lívida.
Un alarido mezclado con un sollozo me brotó del pecho al ver que daba la vuelta con la intención de marcharse. ¿Ves? Jamás va a creer en tus palabras, tal y como lo hizo en el hospital. Eres una estúpida, estúpida, estúpida.
Aunque era difícil de reconocer, había albergado la esperanza de que él me ofreciera al menos un atisbo de la confianza que yo depositaba en él.
Pero era evidente que le pedía demasiado.
No lo culpaba. Él también tenía su propio proceso mental.
Además, era mejor haberme expuesto que quedarme con la duda de si lo nuestro habría podido funcionar.
Tras escucharme, giró de golpe y cayó de rodillas frente a mí y se aferró a mis brazos. Quizás pretendía captar toda mi atención; tal vez necesitaba sujetarse a mí para controlar aquella ira, desconocida para mí.
—Tu madre necesita una intervención.
Parpadeé una y otra y otra vez con el aliento contenido a la vez que él apretaba los labios. Era, era… Mi corazón se había saltado un latido y respirar requería un esfuerzo consciente.
—Creíste en mí. —Mi voz fue menos que un susurro. Me había visto en la obligación de verbalizarlo para aceptarlo.
Dejó caer los hombros. En ningún momento habíamos apartado la mirada del otro. Era como si formáramos parte de esas esferas de nieve que capturaban una escena y la inmortalizaban para siempre. Dos enamorados rodeados del más prístino invierno.
—Siempre, Edén, siempre. Estuve, estoy y estaré para ti.