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Edén
Después de hacer las entregas de ese día, me había quedado sentada en el sillón destartalado que se encontraba afuera del granero. Esperaba por él.
Respiré hondo y permití que el frío se apoderara por completo de mí. A mi alrededor, el blanco se extendía hasta el horizonte.
Confiaba en él, pero ¿qué hacía si él dudaba de mí?
Tenía que enfrentarlo, pero la fortaleza se me diluía.
No creía estar preparada para escucharlo decir que mis padres tenían razón.
Mi propia madre juraba que jamás me haría daño al mismo tiempo que me cambiaba el agua sin ninguna explicación.
¿Y si lo que había pasado en el hospital se repetía?
Observé cómo el automóvil se acercaba, Antoine se aseguraba de mantener el control sobre la carretera mojada y en muy mal estado por la nieve.
Me reacomodé en el sillón para contener el impulso de tocar el estuche dentro del bolsillo derecho de mi pantalón. ¿Estaba preparada para contarle lo sucedido? ¿De verdad lo haría?
Detuvo el automóvil y no me pasó desapercibida la cautela en sus pasos, como si también me temiera. En cuanto se detuvo frente a mí, metió las manos en los bolsillos.
—¿Edén? —Fue un susurro o tal vez una súplica.
Permanecí sentada, tal vez así no sería tan devastador cuando él se fuera. Fijó la mirada en la mía y esperó. Había llegado el momento y yo no, no, no sabía… no estaba segura de si…
—Mamá me cambió el agua.