El silencio de Avikar 95
81%

95

Edén

Había pasado una semana desde nuestro reencuentro y Antoine seguía presente, en silencio, como si pretendiera darme espacio, pero le fuera imposible mantenerse lejos de mí.

Sin embargo solo podía sentirme culpable porque hubiera dejado el puesto de CEO de la embotelladora.

Si es que me arriesgaba a aceptarlo, tal vez en unos meses o quizás después de veinte años, Antoine me reclamaría su sacrificio y esa era una carga que no podía llevar.

Esa tarde me encontraba en el consultorio de la psiquiatra que me había atendido en el último año.

Había aceptado que llevara mi caso, pues desde el primer día fue honesta y me informó que su dieta incluía el maíz y sus derivados.

Esa era la razón por la que permanecía de pie durante la sesión, además de guardar una distancia prudente entre las dos y utilizar guantes y mascarilla.

—Edén, no considero necesario reiniciar la medicación.

Se lo había solicitado en incontables ocasiones durante esa semana.

—Tu reacción de desconfianza es una respuesta natural ante la violación de tus derechos de salud y bienestar. Me preocuparía más que no sintieras ninguna desconfianza después de lo ocurrido.

Comencé a moverme a través del consultorio, pues de un momento a otro sentí que las paredes me sofocaban.

—¿Y Antoine Avikar qué piensa al respecto?

Me detuve de golpe, cerré los ojos y me pasé las manos por el rostro.

—He permanecido en silencio cada vez que nos vemos.

Mas ella insistió:

—¿No quieres decirle o no te atreves a hacerlo?

No, no, no… Yo…

—¿Temes que te considere inestable otra vez? ¿Que necesitas otra intervención?

Sus preguntas iban una tras otra y no me permitía pensar o analizar. Necesitaba tiempo. ¿Cómo podía exigirme que tomara una decisión de esa envergadura? ¿Y si me equivocaba? Tal y como lo había hecho cuando decidí vivir en Cranbrook.

—¿Quieres contarle, Edén? ¿Te volverías a sentir protegida si lo haces?

Sí, lo haría. Al igual que un horizonte nevado, Antoine era mi refugio; a él podía mostrarle mi vulnerabilidad.

—Si lo deseas, puedes pedirle que asista contigo a una sesión. Si cree que necesitas una intervención, puedo asegurarle que no.

De espaldas a ella, respondí:

—¿Es necesario?

Apreté una mano contra la otra para contener el temblor.

— Si sientes que te es imposible decírselo, quizá debas preguntarte qué significa eso antes de decidir si aceptas ese matrimonio que él asegura que existe entre los dos.

Me sentía al borde de la locura. Tenía una lucha conmigo misma y con mis pensamientos intrusivos, los cuales me aseguraban que nosotros no nos amábamos, que solo éramos un alivio para nuestros trastornos.

—¿Y si confío en él y se pone del lado de mis padres?

Me mordí el labio, pues jamás debí decir eso.

—¿Lo crees, Edén? ¿Crees que él lo haría?

Ya no estaba segura. Volver a confiar en las personas, sobre todo en las que tenía a mi alrededor, era un acto de fe para el que no me creía preparada.

Durante unos minutos nos quedamos en silencio. Fijé la mirada en los diplomas y reconocimientos de ella para distraerme de los pensamientos.

—Admiraste al CEO, ¿crees que ahora es diferente?

Me apresuré a negar una y otra vez.

—Si es que renunció por mí…

Pero ella me interrumpió:

—¿Al CEO le habrías cuestionado sus decisiones?

Sentí como si me hubiera lanzado un cúmulo de nieve mientras yo estaba sin abrigo ni escapatoria.

—¡No!

—¿Entonces por qué le arrebatas su poder de tomar decisiones? ¿No fue ese el motivo por el que te fuiste de la casa de tus padres en primer lugar?

Un escalofrío me recorrió de la cabeza a los pies. Me vi obligada a contener las lágrimas y respiré hondo en un intento de aliviar la opresión en mi pecho.

—¿Qué debo hacer?

—No puedo decidir por ti.

Me pasé las manos por el cabello y me lo jaloneé. No obstante, me detuve al percatarme de que esa era una característica de Antoine y no mía.

—Pero quiero que seas consciente de que mostramos nuestras vulnerabilidades a las personas en quienes confiamos.

Negué una y otra y otra vez.

—¿Y si solo es por mi trastorno?

—¿Tu trastorno te define, Edén? ¿Es todo lo que hay en ti? ¿Obsesiones y compulsiones?

La alarma indicó que la sesión había llegado a su fin. Yo todavía tenía el corazón acelerado. Tenía que hablar con Antoine, pero el solo hecho de que escuchara mis pensamientos o deseos me hacía querer huir.