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Edén
No estaba segura de cuánto tiempo había pasado, pero me arrastré hasta la cama y, tras exhalar, me recosté. Mi energía se había drenado y ya no podía más.
Cerré los ojos, aunque lo escuchaba moverse como si estuviera a cientos de metros de distancia y no en mi espacio.
Suspiré al sentir que arrastraba la cobija sobre mi cuerpo. Entonces entrelazó nuestras manos, las levantó para dejarme un beso en la palma y comenzó aquel ir y venir del pulgar.
—Renuncié, Edén. Ya no soy el gran CEO que te deslumbró. Ahora que lo sabes, ¿me aceptarías?
Permanecí con los ojos cerrados. ¿Cuál había sido el motivo de su renuncia? Si su identidad y el apellido familiar eran uno solo. ¿Esa había sido su forma de vengarme?
¡Qué ridiculez! ¿Te das tanta importancia? Él mismo lo dijo: su relación solo fue un reflejo de tus trastornos. Jamás existió algo entre los dos. ¿Por qué habría de vengarte?
El corazón me latía frenético y respirar requería un esfuerzo consciente.
¿Por qué no se iba? ¿Es que no entendía que necesitaba estar sola para comprender cómo actuar?
¿Estaba de su lado? ¡Por supuesto que sí!
... Por supuesto que sí. Sin embargo su prima había intentado hacerme daño, ¿podría regresar a la embotelladora?
¿Sonreírle a su familia y tratarlos con cariño? No, no estaba segura de eso.
Exhaló y dijo en un susurro:
—Creo que entiendo por qué amas tanto este clima. Al ver todo cubierto de nieve, recordé…
Se quedó callado y me pregunté qué podría haber evocado ese clima en él.
Para mí, la llegada del invierno me hacía revivir nuestra no-cita al teatro y cuando me llevó al lago Elizabeth.
Todavía podía sentir esa especie de posesividad que me había mostrado, no solo ese día, sino desde el primer instante en que nos vimos.
Él me había marcado como suya antes de ofrecerme el empleo.
—¿Cómo lograré que aceptes que, para mí, ya eres mi esposa?
Contuve el aliento y el corazón me dio una voltereta en el pecho al sentir que el colchón se hundía; además, el calor de su piel quemaba la mía.
Se recostó junto a mí y con la mano izquierda me rodeó la cintura.
Me quedé inmóvil por unos segundos. Temblorosa, levanté la cabeza para descansarla sobre su brazo derecho.
Y me estremecí al sentir su aliento tibio en mi nuca.
En ese punto donde termina el cabello y comienza el cuello, respiró hondo y suspiró como si, por fin, después de muchísimo tiempo, hubiera podido relajarse. Intenté controlar el cúmulo de emociones que me dominaba. No estaba segura de si era la confusión o el terror lo que ganaba terreno.