El silencio de Avikar 91
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Edén

Salí de la casa con un par de bolsas térmicas que contenían la comida que ella había preparado.

En cuanto llegué al granero, me coloqué unos guantes de limpieza y tiré la comida a la basura. Luego, lavé los envases y las bolsas térmicas para devolvérselas a mamá la próxima vez que fuera a su casa.

Abrí el refrigerador y saqué el envase de cristal con agua. Bajé un vaso y lo coloqué sobre la encimera extendiendo los dedos en forma de L para que quedara a la distancia justa. Serví el líquido frío y tomé un gran sorbo, ansiosa por calmar la sed que me dominaba.

Sin embargo, los latidos del corazón se me aceleraron y escupí el agua en el fregadero. No tenía idea de en qué momento lo había hecho, pero mamá había cambiado mi agua. Esa no era mi agua; tenía un sabor diferente, bajaba suave por la garganta y dejaba un matiz dulzón y refrescante.

Estúpida, estúpida, estúpida.

Corrí al baño mientras me metía los dedos para provocarme el vómito. Entonces tomé el cepillo de dientes y me los cepillé hasta hacerme sangrar las encías.

Sollozando e hipando, regresé a la cocina y, con dos pares de guantes puestos, revisé la basura. Allí, encontré un envase de cartón sin nombre, sin información sobre su procedencia ni identificación de la embotelladora.

Para entonces, las lágrimas me corrían por las mejillas.

¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué mi existencia parecía importunar a todos los que me rodeaban? Solo quería vivir mi vida tal y como ellos hacían con la suya. ¿Acaso era mucho pedir?

Corrí al baño otra vez, aunque para entonces ya no quedaba nada que devolver.

Grité cuando unos brazos me rodearon, aunque enseguida reconocí el abrazo. Él me hizo girar a la vez que decía:

—¿¡Tienes una reacción!?

Me era imposible responderle a Avikar; el corazón me atronaba en el pecho y mi respiración era laboriosa.

Con manos temblorosas, se sacó un autoinyector del bolsillo y, cuando se dispuso a aplicármelo, negué con la cabeza.

—¿¡Estás segura!? ¿¡Estás segura!?

Asentí porque mi voz todavía no funcionaba y mi cuerpo no me respondía. Azorado, me contempló unos minutos y, al ver que no aparecían signos de anafilaxia, me fundió en un abrazo.

Sin embargo, me sentí como un vaso que al fin se desbordaba. Sollocé e hipé, segura de que me desvanecería.

Me sostuvo en un abrazo cálido que me pareció desgarrador, pues me hizo recordar cada ocasión en la que me sentí segura entre sus brazos y en ese momento no era diferente; no podía creer cuán estúpida era.

A pesar de lo que había sucedido, regresé a la embotelladora y él me apartó con una crueldad injustificada.

—¿Cuál es el motivo de tu ansiedad? Jamás te había visto así.