El silencio de Avikar 90
76%

90

Edén

En cuanto llegué a la granja, me dirigí a la casa de mis padres.

Antes de entrar, me aseguré de no tener nada en la vestimenta que pudiera manchar el inmaculado piso.

Entonces abrí el termo de acero inoxidable y tomé un pequeño sorbo de agua.

Eso me ayudaría a aguantar la sed hasta que llegara al granero, donde había colocado una cama y lo necesario para subsistir.

Encontré a mamá en la cocina, inclinada sobre una bandeja de galletas mientras medía con una regla la distancia entre ellas hasta dejarla perfecta. Además, sobre las hornillas había varias ollas; al parecer, cada una contenía un guiso distinto.

—¡Oh, la señorita por fin ha recordado que tiene familia!

Ante sus palabras, di la vuelta para marcharme. Se apresuró a decir:

—Estás demasiado sensible. Ven, te preparé comida para al menos un par de semanas.

—Sabes que no como nada que no haya preparado yo misma.

Así de fracturada estaba nuestra relación, no solo por lo que había ocurrido en el hospital, sino también por las palabras del señor Luis aquel día en la embotelladora.

Alguien había querido hacerme daño. No sabía quién, pues me había marchado aquel día después de ver a Avikar inconsciente en el suelo.

Dejarlo allí tirado me había resquebrajado el corazón, pero no iba a imponerme en la vida de alguien que no me quería. En algún momento tenía que comenzar a pensar en mí y en mi seguridad.

—¿Acaso piensas que soy capaz de hacerte daño? ¿A mi propia hija?

La incredulidad estaba pintada en su rostro, pero era la misma mujer a la que no le importó ver a su hija por completo perdida. Si papá no hubiera intervenido, ¿cómo sería mi vida? ¿La de una muñeca de trapo que movían de aquí para allá? Si estaba herida, entonces éramos dos.

—No pretendas manipularme.

—Enfádate todo lo que quieras conmigo, pero he luchado con sudor y sangre para mantenerte con vida. Jamás te permitiré que dudes de mi esfuerzo.