El silencio de Avikar 89
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Edén

Once meses después

Intentar no pensar en él era como exigirle a mi cuerpo que no respirara.

Esa había sido mi realidad en los últimos once meses.

Casi un año. Habían pasado once meses desde que me arrojó de su vida sin contemplaciones.

Entonces aquel vehículo había perdido el control y Avikar me había empujado para apartarme de su trayectoria.

Lo que todavía no comprendía era por qué lo había hecho después de decirme que no me quería.

A pesar del tiempo que había pasado, seguía igual de confundida.

Ese día, había conseguido escaparme de mamá y, con el temor enrevesado en mi alma, había tomado un avión y había llegado justo cuando el señor Arroyo estaba por marcharse.

Por un segundo había estado segura de que Avikar se sentía feliz de verme o, al menos tranquilo, porque yo seguía con vida y no atraería un escándalo a la empresa.

Mas no fue así. Le estorbaba. Siempre lo había hecho.

Solo había sido mi trastorno el que me había hecho pensar que era diferente.

Era cierto que, mientras trabajaba para él, había estado totalmente fuera de control.

Sin embargo, no lo odiaba; en realidad, tal vez, todavía me sentía un tanto enfadada con él, pero solo eso. Quizás para él esos meses no habían significado nada, pero para mí representaban mi única oportunidad de independencia en la vida. Y fue él quien lo hizo posible.

Había decidido vivir sola con el menor contacto posible con el mundo que tanto me despreciaba. Sin embargo, no era una mujer valiente, vivía a solo unos metros de la casa de mis padres y mi sustento provenía de lo que ellos cultivaban.

Pedaleé por la vieja autopista de Alaska. Si de algo le estaba agradecida a Avikar era por el regalo de aprender a correr en bicicleta. Cuando lo hacía, eran pocos los pensamientos intrusivos que me minaban. Como en ese instante.

Acababa de entregar un pedido en el restaurante nuevo que había abierto a unos pasos del puente Kiskatinaw.

Como nadie me consideraba apta para trabajar en sus empresas, había creado la mía.

Hasta el momento solo tenía a dos clientes.

El chef del restaurante y un desconocido al que le había vendido toda la cosecha de papas.

De cierta forma, me hacía sentir cómoda no conocerlo, pues así él jamás sabría de mi trastorno obsesivo-compulsivo.

Continué pedaleando mientras disfrutaba de las montañas nevadas y de los pinos que cubrían hasta el horizonte.