El silencio de Avikar 88
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Avikar

Había perdido peso y parecía tan aturdida como yo. Me olvidé del señor Arroyo, todo dejó de existir. Solo ella. Solo ella importaba.

En pocos pasos llegué junto a ella, no obstante mantuve las manos dentro de los bolsillos, pues estaba seguro de que, si me atrevía a tocarla, ella desaparecería. Tenía las manos enguantadas y estaba cubierta por completo con la intención de proteger su piel. Además, portaba una mascarilla.

Sentí otro pinchazo en el pecho. No se sentía segura en mi empresa, fue como recibir un balde de agua helada en el más crudo invierno. Salí de mi pesadilla cuando el señor Arroyo se detuvo junto a nosotros.

—¿Señor Arroyo?

Fruncí el ceño al escuchar lo lastimada que sonaba su voz. No acababa de comprender qué sucedía, qué había pasado en ese tiempo en que estuvimos separados.

—¡Señorita Swan! Ahora mismo hablábamos de usted.

—¡Oh!

Abrió los ojos, sorprendida.

Solo entonces me atreví a rozar su mano con la mía. Su mirada me pareció tímida y hasta apagada; sin embargo, era la más hermosa de todas.

—Me alegra haber llegado antes de que se marchara y así poder conocerlo. ¿Ya se pusieron de acuerdo para la entrega del primer pedido?

El caballero soltó una carcajada mientras yo seguía embelesado con ella.

—¿Para el veintiuno del mes le parece bien, señor Avikar?

—Así se hará, señor Arroyo.

Volvimos a despedirnos. Entonces seguí contemplando a mi jaanu. Ella estaba allí. No sabía cómo, pero había vuelto por mí.

—¿Qué...?

Mas no pude terminar lo que quería decir. De pronto se escucharon gritos y tardé unos segundos en comprender lo que vociferaban.

—¡Váyase! ¡Señorita Swan! ¡Su vida está en peligro si se queda! ¡Corra! ¡Corra por su vida!

El destino volvía a recordarme que no era digno de experimentar la felicidad. Y mi mundo dejó de existir al comprender que solo podía haber una explicación para la desesperación del señor Luis. Alguien de la empresa la había saboteado, ¿tal vez alguien muy cercano a mí?

Edén palideció, pero no se movió. ¡No se movió! ¿¡A qué esperaba!?

—Antoine...

Su voz fue menos que un susurro.

—¿Qué haces aquí? ¿Acaso no te quedó claro que no te quiero? ¿Es que tu trastorno no te permite ver la realidad?

Sus ojos, esos ojos zarcos, se llenaron de lágrimas. Intentó hablar, pero me apresuré a añadir:

—¡Lárgate ya!

Temblorosa, giró y corrió. No obstante, sentí que me desvanecería cuando de la nada apareció un vehículo fuera de control.

¡No! ¡No mi jaanu! Corrí como jamás había corrido en mi vida, y al alcanzarla, la empujé.

Se escuchó el chirrido de las llantas sobre la ligera capa de hielo en el pavimento y recibí el golpe.

Caí y me golpeé la cabeza contra el suelo.

Quería asegurarme de que ella estuviera bien, pero me era imposible moverme.

Entre los gritos, escuché la voz de Zoey cerca del vehículo:

— ¡Tú, no! ¡Tú, no! Era ella quien tenía que morir.