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Avikar
Volví a asentir y salí de prisa del lugar. Mientras regresaba a la oficina, algunos empleados se detenían para preguntarme cuándo volvería mi asistente. Unas veces asentía y otras negaba, pero permanecía en silencio, pues no tenía una respuesta.
En cuanto entré, caminé hasta el librero donde se encontraba la máquina de café; le añadí el café molido y el agua antes de encenderla.
Cerré los ojos y respiré hondo cuando ese aroma a mandarina y pera me envolvió.
En mis dedos percibía su piel suave y aún sentía en los labios la impresión de que acababa de besarme.
Gemí y cerré los ojos, aferrándome a aquella sensación repentina.
Era la primera vez que revivía un recuerdo con tanta nitidez.
Durante años, los terapeutas habían intentado Durante años, los terapeutas me habían expuesto a situaciones desencadenantes, pero nunca había revivido un recuerdo con semejante nitidez.
Pero mi jaanu se había enredado en mi piel, en mi alma y en mis pensamientos, por lo que cada segundo a su lado había sido significativo.
Mientras me servía el café, volví a marcarla, pero no recibí respuesta.
Por favor, solo quiero escuchar tu voz... ¿Cuándo vas a entender que no le importas? Te abandonó. ¡Y ni siquiera quería una relación contigo!
Volví a oprimir el marcado rápido y otra vez no recibí respuesta.
Fruncí el ceño, pues la madre de Edén solía contestar el teléfono cuando insistía en comunicarme con su hija.
La señora se deshacía en insultos y se aseguraba de recordarme que Edén había tenido una reacción en la empresa y yo era el único responsable.
Era consciente de que tenía razón, pero necesitaba hablar con ella. Solo-solo quería escucharla y saber que se encontraba bien.
Exhalé y dejé el teléfono a un lado; pretendía continuar con la investigación que realizaba cuando la puerta de la oficina se abrió y mi amigo de cuatro patas llegó junto a mí. Me apoyó la cabeza en la pierna y de su garganta escapó un quejido, por lo que le acaricié detrás de la oreja.
—¿Cómo llegaste hasta aquí?
Levanté la cabeza al mismo tiempo que Zoey volvía a entrar a la oficina.
Al parecer, en lugar de asegurarse de que todo estuviera organizado para la llegada del señor Arroyo, había vuelto a casa por Yaad.
Era urgente que se comportara de forma profesional; sin embargo, por algún motivo, le era imposible.
—¿Por qué lo trajiste?
En una actitud grosera, rodó los ojos.
—¿Todavía me lo preguntas?
—Esto es una embotelladora, Zoey.
Me parecía inaudito tener que recordárselo. ¡Y sobre todo en un día como ese! Entrecerré los ojos cuando fijó su mirada en la mía, pero antes de que dijera lo que fuera que estuviera en sus pensamientos, añadí:
—¿Crees que es mucho pedir que te concentres en el trabajo por el que se te paga y te olvides de lo que sea que estás haciendo?
Por algún motivo se le humedecieron los ojos.
—A Edén no le reclamabas que velara por ti.
—Edén ya tendría todo organizado. Ni siquiera habría tenido que pedírselo, mucho menos repetírselo.
—Sí, Edén es perfecta.
Entrecerré los ojos ante el toque de amargura en sus palabras.
—Sí, lo es.
Se le escapó un sollozo. Dio media vuelta, caminó hacia la salida y azotó la puerta al marcharse.