El silencio de Avikar 82
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Avikar

Había pasado un mes desde que me arrancaron de los brazos de Edén.

Encontrarme solo había conseguido que me cuestionara mi cordura.

Apenas había sobrevivido durante esas dos semanas recluido y lo había logrado al tenerla en mis pensamientos noche y día.

Me preguntaba cómo seguía de su alergia, me cuestionaba si algún día me perdonaría.

Día tras día la tenía presente y comenzaba a creer que jamás olvidaría a mi jaanu, mas ella me había olvidado a mí.

Lo primero que hice al salir fue llamarla. Ansiaba saber si ya le habían dado el alta, si estaba en la granja de sus padres y cómo se sentía. Quería pedirle que nos viéramos y no me importaba si tenía que tomar un avión a diario para lograrlo.

Ni siquiera había tenido tiempo de decirle que sí estaba dispuesto a cumplir con mi promesa de matrimonio, pues la realidad era que desde que la conocí, me había jurado a mí mismo que solo daría ese paso junto a ella y lo había hecho.

Sin embargo, no quería que Edén despertara un día y se encontrara atada a un hombre que no amaba, aunque yo tenía la certeza de que nuestra unión era la decisión correcta para los dos.

Hasta el último instante juntos habíamos sido un gran equipo y yo anhelaba mimarla, protegerla; junto a mí, ella jamás volvería a sentir esa soledad que yo también conocía.

Nos acompañaríamos tal y como lo hicimos durante esas semanas.

Saqué el teléfono del bolsillo y oprimí el uno.

Exhalé. Si tan solo respondiera a mis llamadas.

—Ya estamos aquí, señor.

Salí de mis pensamientos tras escuchar a Ethan.

Eran las siete y cincuenta de la mañana y acababa de llegar a la embotelladora.

Me bajé y lo primero que hice tras atravesar las puertas fue mirar hacia el escritorio de ella.

Todavía esperaba encontrarla mientras se organizaba para comenzar el día, pero ella no estaba allí.

Tras un suspiro, me dirigí a la oficina. Me quité el abrigo de piel —ya estábamos en primavera— y lo coloqué en el perchero. En cuanto me senté, Zoey entraba con una taza de café en las manos y una sonrisa que le iluminaba el rostro.

—¿Ya está todo preparado para la llegada del señor Arroyo?

—Buenos días para ti también, guapo. ¿Qué opinas de este labial? ¿Se me ve bien?

Apreté la boca. No obstante, ella rodó los ojos, aunque todavía sonreía.

—¡Todo está preparado! En dos días firmarás el contrato con el señor Arroyo y te reirás de toda la ansiedad a la que te sometiste en vano.

Contuve el aliento mientras abría los ojos de par en par.

—Zoey, la reunión con el señor Arroyo es hoy. No es momento de hacer bromas.

Zoey palideció, entonces intentó hablar, pero le hice un gesto con la mano para que se marchara. En cuanto lo hizo, tomé el teléfono con manos temblorosas para llamar a Ethan. Tan pronto me respondió, le solicité que se dirigiera al aeropuerto y esperara la llegada de nuestro futuro socio.

—El caballero llegará a tiempo, señor, se lo aseguro.

—Gracias, Ethan.

Tras colgar, abrí el archivo en la computadora y, mientras el estómago se me revolvía, imprimí el informe que presentaría, en él se detallaban los puntos de venta en la región centro-norte de México, así como los estudios de mercado y el perfil demográfico del público al que estaba dirigido nuestro producto.

Había sido Edén quien me ayudó a recopilar toda esa información. Exhalé y volví a marcarla, pero la llamada tampoco se conectó.

Todavía inestable, salí de la oficina y me acerqué al escritorio de Hee-Jin.

—Buenos días, señor.

Le respondí el saludo y añadí:

—La reunión con el señor Arroyo es en un par de horas. ¿Podrías preparar la sala de juntas y pedir el almuerzo, por favor?

Hee-Jin me observaba como un búho mientras asentía. Apreté los labios. No tenía idea de por qué Zoey estaba tan dispersa, pero era imperativo demostrarle al señor Arroyo que éramos la mejor opción comercial. No podía tirar por la borda el esfuerzo de Edén.