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Steven
Acabábamos de salir del centro de salud donde Edén recibía el tratamiento contra el trastorno obsesivo-compulsivo.
Desde hacía un mes asistía a terapia tres veces por semana.
Yo ya reconocía que aquella había sido la peor decisión que había tomado en mi vida.
En aquel momento, debí apoyar a mi hija y no a mi esposa.
Los medicamentos la mantenían tan sedada que apenas reaccionaba a lo que ocurría a su alrededor.
Se pasaba los días sentada frente a la ventana mientras observaba el horizonte.
Sin decir palabras. Solo ella sabía lo que había en su mente.
Su estado había llegado a tal grado que su madre le daba de comer en la boca y hasta tenía que bañarla porque ella no era capaz de hacerlo por sí misma.
Y yo había contribuido a que ese espíritu luchador se apagara.
Sin embargo, ese hombre seguía enfrentándonos por ella. La llamaba todos los días, a cada hora, y con puntualidad. Por otro lado, fui testigo de cómo mi hija lo protegió aun cuando pensaba que la había traicionado.
Él había venido a nosotros con las mejores intenciones.
Y a pesar de cómo lo tratamos, se acercó para hacernos partícipes de sus intenciones.
Edén le había pedido casarse para no tener que regresar a casa y él había aceptado.
Nos prometió cuidarla. Nos juró que, mientras estuviera junto a él, ella no tendría otra reacción.
Nos mostró el valor de su compañía y la cantidad de dinero en sus cuentas personales. A mi hija no le faltaría nada.
Como padre, temía que mi hija estuviera tomando una decisión equivocada y en ningún momento ellos mencionaron la palabra amor. Él nos habló como si fuéramos unos clientes e intentara cerrar un trato con nosotros.
Si tan solo los hubiera entendido…
Gina había hecho la mejor defensa de su vida.
Le había pedido tiempo a ese hombre para que Edén se recuperara de la reacción inmunológica que había tenido en su empresa.
Le había pedido una o dos semanas como máximo: Edén tenía que recuperarse por completo y solo podría hacerlo en la granja, donde podíamos controlar su exposición al maíz.
Le había prometido que, si después de ese tiempo, querían continuar con la boda arreglada, lo permitiríamos.
Esa noche él se había ido a casa con esa seguridad. Le habíamos dado nuestra palabra de que podría visitarla y que podría llamarla tantas veces como quisiera. A todo le habíamos dicho que sí. Y todo con la esperanza de que, por ella, él confiara en nosotros.
En cuanto se fue, Gina se acercó al doctor y todo se hizo con mi aprobación.
Sabíamos que, por el historial de Edén y el estado en que había llegado, el médico tendría motivos para evaluarla.
Si determinaba que su trastorno la ponía en riesgo y que no podía ser tratada como paciente voluntaria, podía ordenar su ingreso sin que ella estuviera de acuerdo.
Jamás imaginé el estado al que llegaría la situación.
Cuando despertó, Edén ya no discutió. No preguntó por él.
Mi hija se había rendido a nuestros deseos.
Se cansó de ir contra la corriente, en un mundo donde estaba sola.
Lo cierto era que ni Gina ni yo podíamos comprender su reacción inmunológica porque no la sufríamos.
Aunque éramos cuidadosos e intentábamos controlar todo a su alrededor, a nosotros no nos sucedería nada si por error entrábamos en contacto con el maíz.
Un mes de arrepentimientos…
Me tuve que salir del camino antes de pasar el puente Kiskatinaw porque las lágrimas no me permitían ver con claridad la carretera. Edén solo estaba ahí, con la mirada perdida en el paisaje que comenzaba a tener brotes verdes por el inicio de la primavera.
—Nunca te entendí. Nunca entendí tus palabras.
Querías sentir que para alguien eras importante.
Que esa persona te necesitara en su vida para que esta fuera mejor y ese hombre tan prepotente, CEO de su compañía, te quiere.
Él lleva el peso del mundo en los hombros, pero cuando tú estás, se vuelve liviano.
Su mirada brilla como la gema más preciosa.
No… Ustedes nunca mencionaron la palabra amor; sin embargo, ahora puedo entender que ese es el sentimiento que los mueve.
Perdóname, hija, por no mirarte como él lo hace, con ternura y devoción.
Mientras nosotros te observamos con lástima, preguntándonos qué error cometimos para merecer este castigo.
Ella giró para observarme; sin embargo, su mirada estaba vacía. Mi hija no estaba en ese cuerpo.
—Él te ha llamado, hija. Te busca. Tienes que salir de tu encierro.
Ladeó la cabeza; en sus labios permanecía esa sonrisa producida por los medicamentos.
—¿No quieres responderle?
Una lágrima le resbaló por la mejilla, pero su rostro todavía mostraba aquella sonrisa inquietante, por lo que un escalofrío me estremeció el corazón. Arranqué la camioneta y atravesé el puente determinado a rescatar a mi hija de nosotros mismos.
A nuestro alrededor lo único que se veía eran los árboles con los renuevos verdes.
La nieve por fin había desaparecido. Detestaba el invierno, pues era la estación del año donde Edén se veía más limitada en su alimentación.
La primavera y el verano le ofrecían variedad y color.
Incluso los animales eran más productivos.
Reconocí nuestra casa de troncos a lo lejos y frente a nosotros había hectáreas con todo tipo de frutas, vegetales y granos.
La mudanza de dos citadinos al campo había sido una prueba ardua.
Todavía más con una bebé que ni siquiera podía consumir leche materna.
Había sido duro mantenerla con vida. Gina había tenido que someterse a una dieta estricta y eliminar el maíz y sus derivados de su alimentación.
Mientras, Edén había estado hospitalizada con un suero especial, pues de una forma dramática descubrimos que ni siquiera ese entorno era seguro para ella.
En incontables ocasiones me encontré a Gina escondida en los rincones de la casa, pues no podía ocultar más su desespero.
Entretanto, yo era el encargado de entender cómo se trabajaba la tierra.
Además, tenía que descubrir qué semillas no estarían contaminadas con maíz y cómo haríamos para conservar su estado puro.
Desde ese instante, nuestras vidas se habían convertido en una prueba científica perenne.
Nosotros hicimos lo que pudimos, y no, en nuestras vidas no había muchas risas.
Estábamos muy ocupados en la recolección del agua y los cambios continuos en los pocos productos en los que debíamos confiar.
Cuando Edén tuvo la edad suficiente, comenzamos a dejarla sola unas horas.
Luego un fin de semana completo. La granja era su burbuja, ahí nada le haría daño.
Lo cierto era que le dimos una vida solitaria.
Incluso la regañábamos cuando nos pedía acompañarnos.
En su afán de mantenerla con vida, Gina había sido intransigente.
Cualquier cosa que la niña deseara recibiría un no como respuesta.
Mientras más independiente quería ser Edén, más se desbordaba el trastorno obsesivo-compulsivo de mi esposa.
Nuestra vida era una imposición, no obstante, jamás pensé que le transmitiéramos ese sentimiento a nuestra hija.
Escuchar a ese hombre decir esas palabras había sido un shock emocional.
Las negué y el resultado estaba junto a mí.
Estacioné frente a la casa, rodeé la camioneta y abrí la puerta del pasajero.
—Ya llegamos, mi niña. ¿Qué te parece si luego de comer vamos por unas papas al campo?
Ella no hizo ningún movimiento y tuve que pasarle la mano por la cintura para ayudarla a bajar.
Apoyé su cuerpo en el mío para subir los escalones hasta la casa.
En cuanto toqué a la puerta, escuché el cerrojo abrir y cerrar.
Por primera vez en cuarenta años, me molestó no poder entrar a casa con mi propia llave como haría una persona normal.
Luego de abrir y cerrar la puerta en dieciocho ocasiones, mi esposa salió con la maldita aspiradora para pasárnosla por todo el cuerpo como si fuéramos un mueble más de la casa.
Llevé a mi hija hasta el sillón de la sala, no sin antes mirar el cuadro de la mazorca de maíz en el pasillo.
Era lo primero que veías al entrar a nuestro hogar.
Siempre había pensado que era un recordatorio de lo que sucedería si éramos descuidados.
Pero ese día significó algo más. Solo aquel día pude comprender lo cruel que debió de ser para nuestra hija tener ese cuadro siempre presente.
—¿Cómo te fue, preciosa? —dijo Gina al sentarse al lado de Edén y acariciarle el cabello como si fuera una niña pequeña. En sus labios tenía una sonrisa radiante. ¡Ella era feliz!—. Te preparé papas a la poutine, tus favoritas. ¿Quieres comer?
Volvió a acariciarle el cabello en un gesto que sabía molestaba a Edén.
—Mamá está aquí y siempre te va a cuidar.
Ese fue mi detonante. Solo Dios sabía cuánto amaba a mi esposa y reconocía que había contribuido al agravamiento de su trastorno. Yo lo permitía. Miraba hacia otro lado cuando las compulsiones se adueñaban de ella. Al punto en el que nos encontrábamos en ese instante. Gina vivía en la irrealidad.
—¿Qué le hemos hecho a nuestra hija?
—Mantenerla con vida —respondió ella con tranquilidad.
—¡¿Esto es vida?! —grité—. Le das la comida en la boca como si fuera un bebé, ¡y es una mujer de treinta años! ¡No se mueve!
Ella se levantó del sillón y entró a la cocina. La seguí.
—¡Tú no me vas a juzgar! —reclamó al señalarme—. ¡Bastante tengo con que ese hombre lo haga!
La primera llamada del día siempre era a las siete y cincuenta de la mañana.
Él hacía lo que fuera por intentar hablar con Edén.
Preguntaba por expedientes o citas programadas y Gina era impertinente con él.
En algunas ocasiones yo había respondido para asegurarle que Edén estaba bien.
Después de todo, no se me olvidaba que él también padecía de algún tipo de trastorno de ansiedad y que la situación debía ser difícil para él.
Eso era lo que más me asustaba si llegaran a estar juntos, que él sufriera una recaída y entonces mi hija se viera sola, luchando con su trastorno y el de ese hombre.
—¿Sabes? Él es mejor que tú y que yo.
—¡Steven! No te lo permito —respondió Gina enardecida. No obstante, yo había guardado silencio por mucho tiempo.
—Pues siento que te incomode la verdad. Él la mantuvo a su lado, trabajando a la par, aun cuando se enteró de su condición.
¡Si vieras cómo lo traté! ¡Y lo único que hizo fue mostrarme cuán protector se sentía ante ella!
¡Él le da la libertad que ella tanto anhela!
Tú nunca has sabido comprender eso, ¡y me incluyo!
Se acercó a la encimera y comenzó a limpiarla con vigor, como si fuera el lugar más sucio del planeta, aunque, en realidad, se podía comer en cualquier superficiede la casa sin temor a enfermarte.
—Esa idea de vivir lejos de casa es una ¡locura! ¿Es que acaso todos están trastornados? ¡Yo no quiero ver morir a mi hija!
Me acerqué a ella y la tomé de los brazos para obligarla a detenerse.
—¿Y tú crees que no lo está ya? Ese es el temor con el que tendremos que vivir el resto de nuestras vidas o de la suya. —Comenzó a llorar desesperada—. Es una mujer adulta capaz de discernir qué podría hacerle daño.
La incredulidad desfiguró su rostro.
—¿Cómo puedes pensar así? ¡Mira lo que le pasó!
—Le pudo pasar aquí. —Negó con vehemencia—.
Te llenas la boca diciendo que su trastorno es el que le provoca querer cuidar de ese hombre.
Pero ¿te has observado los últimos treinta años?
¿El trastorno de quién es el que está desproporcionado?
El de mi hija no es. O hablas con tu terapeuta y buscan una solución, o voy a pedir que te evalúen.
Si concluyen que ya no puedes controlar esto, no voy a volver a mirar hacia otro lado. Tú decides.
Solté sus brazos con brusquedad y di media vuelta.
—¿A dónde vas? —preguntó con su voz temblorosa.
Solo me detuve un segundo.
—A eliminar esa estupidez de tener encerrada a mi hija.
Entré al pasillo y llegué hasta el maldito cuadro de la mazorca de maíz. Lo tiré al suelo y lo pateé hasta que el marco se hizo añicos. La decisión ya estaba tomada. Solo esperaba que no fuera demasiado tarde.