El silencio de Avikar 80
68%

80

Edén

«Recuérdalo… Tú no lo olvides, no lo olvides… Recuérdalo…»

Desperté sobresaltada una vez más. Para entonces tenía la certeza de que había sido él quien murmuraba esas palabras en la ambulancia, pero se me escapaba algo más, algo que sentía que era muy importante. Sin embargo, mi memoria no quería recordármelo.

Me senté en la cama y me llevé la mano al pecho para aplacar el sentimiento de desolación que se adueñaba de mí. Sin embargo, se me humedecieron los ojos, pues se me dificultaba respirar.

¿Qué me sucede? No suelo tener ataques de pánico… Tienes que olvidar esa idea estúpida de casarte. Eres una mujer adulta capaz de enfrentarte a tus padres y asegurarles que puedes cuidar de ti misma, eso es lo correcto.

En cuanto pude reponerme, toqué el botón de enfermería para informar que me levantaría. Lo mejor era comenzar el día, pues era evidente que no podría descansar.

Limpié con cuidado cada zona de mi piel sensible a pesar de la inflamación y los bultos que todavía eran visibles. En cuanto terminé, me cepillé el cabello hasta dejármelo casi lacio, aunque no tenía cómo recogérmelo en un peinado adecuado para la oficina.

Me vestí con un abrigo y unos leggings de cachemira, pues la tela era muy suave, justo lo que necesitaba ese día. De maquillaje, solo me pinté los labios en un tono marrón claro en un intento de que mi piel no compitiera con mi cabello en lo rojizo.

A las nueve en punto, la puerta de la habitación se abrió y sonreí al ver a Avikar entrar.

Lucía un traje de tres piezas azul zafiro, una camisa blanca de cachemira y la corbata roja de nuestra no-cita; además del pañuelo blanco en el bolsillo del pecho, completaba el ajuar con los gemelos de plata y el reloj de su padre. Estaba guapísimo.

—Hola, ¿dormiste bien?

Al llegar junto a mí, con las manos enguantadas, me rozó los dedos solo unos segundos.

—¿No debo ser yo quien haga esa pregunta? —Esa curva que ya me era familiar apareció en sus labios—. Buenos días, Edén.

—Buenos días, jefe. Para hoy tenemos la reunión por videollamada con el señor Arroyo, quien confirmó su viaje a Canadá para la próxima semana.

—Y con eso sé que estás despierta por lo menos desde las seis.

Amplié mi sonrisa, pues me reclamaba cuando era evidente que él tampoco lo había hecho.

—Buenos días, señorita Swan —reconocí la voz del señor James.

Dejé de sonreír al percatarme de que él estaba en el pasillo que daba a la habitación, llevaba una bata, guantes y mascarilla. Había estado tan concentrada en Avikar que no me había fijado que estaba allí.

Los latidos del corazón se me aceleraron, alcancé a comprender que no habría boda. Y lo confirmé al ver que mamá y papá también llegaban; junto a ellos, un doctor, una enfermera y un oficial de policía. Se me humedecieron los ojos.

—Lo siento. Es-Esto es lo correcto.

Asentí mientras apartaba mi mano de las suyas.

Avikar había creído que lo correcto era una detención.

El estado, bajo la protección de la Ley de Salud Mental de la Columbia Británica, tenía el derecho de arrebatarle el libre albedrío a un paciente de salud mental, aunque este no considerara necesaria la intervención.

—Señorita Swan… —dijo el doctor—. El estado ha determinado que usted no puede cuidarse a sí misma, y es por ello, por lo que es admitida como paciente involuntaria. A partir de este momento nosotros determinaremos el tratamiento adecuado para usted, el cual será obligatorio.

—No confiaste en mí. Creíste más en ellos que en lo que yo te demostré.

Odié que la pausa en mi hablar fuera tan evidente, además de que había sido apenas un susurro.

—No, eso no fue lo que acordamos.

Por otro lado, el tono de su voz cargaba con un tinte de desesperación.

—Señorita Swan, sus padres se ofrecieron a recibirla en su granja en Dawson Creek, lo cual es entendible por su reacción inmunológica.

Me quedé en silencio y tan estática como pude, pues sabía que, si presentaba algún tipo de resistencia, ellos me considerarían agresiva y podrían sedarme o inmovilizarme.

—¡Ustedes me prometieron que la podría ver!

Cerré los ojos ante su exabrupto, si no podía controlarse, él también sería detenido.

—Sobrino… —intervino el señor James al acercarse y tomarlo del brazo con la intención de apartarlo.

Mamá se plantó frente a él con esa pose de autoridad suprema que yo tan bien conocía.

—Señor Avikar, le agradecemos que nos haya hecho partícipes de los planes de nuestra hija, pero usted no forma parte de nuestras vidas. Es momento de que se vaya.

Avikar forcejeó con el señor James con la intención de que lo soltara.

—Edén, solo quería que completaras el tratamiento contra la alergia. ¡Tienes que creerme!

Mamá lo enfrentó:

—¡Salga de aquí, usted no es nadie para ella!

Para ese instante, el oficial de policía pedía refuerzos, mientras que la enfermera anunciaba un código blanco por los altavoces. Las lágrimas me bajaban a borbotones por verlo tan desesperado, pero ya no importaba lo que había pasado, ya mi destino había sido decidido.

—¡Tío, suéltame!

—Estaré bien.

Lo contemplé, obligándome a permanecer serena. Pero él se jaloneó el cabello en tanto murmuraba.

—No, no, no, no, no...

Se desplomó al suelo a la vez que se oprimía el pecho con la mano derecha. Al mismo tiempo, la piel se le había enrojecido como si se hubiera expuesto al fuego, y el pecho le subía y bajaba desacompasado. Era un ataque de pánico.

En movimientos pausados, para no alertar al equipo médico, me bajé de la cama y me arrodillé junto a él.

—Es un ataque de pánico. —Le acuné el rostro—. Respira conmigo.

Mamá me tomó por el antebrazo con la intención de separarnos.

—¡¿Qué sucede aquí?!

Pero en ese instante, mi concentración debía permanecer en el hombre frente a mí. Jamás quise que él enfrentara algo así y mucho menos ser yo la responsable. Le acuné el rostro para que me mirara, a la vez que inhalaba y exhalaba despacio en un intento de que él me imitara.

Al mismo tiempo, el señor James se arrodilló en el suelo también y le rodeó la muñeca a Antoine con los dedos. Comprendí que intentaba demostrarle que su corazón seguía latiendo con normalidad. Ese gesto me hizo saber que no era la primera vez que ocurría algo así.

—Tranquilo, ambos sabíamos que no era lo correcto, hiciste bien.

De reojo, pude ver cómo los enfermeros y oficiales se agolpaban en la puerta, al parecer, ninguno se atrevía a entrar por temor a desatar mi alergia.

Mamá me zarandeó.

—¿Acaso este hombre también tiene un trastorno de ansiedad? ¡Aléjate ahora mismo!

—¡Señora, por favor! —reclamó por su sobrino el señor James.

Ella volvió a zarandearme, tal vez en otro momento hubiera conseguido apartarme, pero de algún lugar, había encontrado fuerza para permanecer junto a él.

—¿Acaso no ves que tu trastorno es el que se manifiesta? ¡Estás peor de lo que creí! ¡Despierta, lo que sientes no es real!

Avikar seguía en el suelo con la piel cada vez más roja por el ataque de pánico que se negaba a ceder. El entorno tan hostil y confrontacional parecía intensificarlo.

Solo al verlo en ese estado pude comprender el sentimiento de desolación que me embargaba cada vez que recordaba las palabras: era él.

A pesar de la emergencia, había captado su angustia.

Se me nubló la visión por las lágrimas a la vez que mi propia respiración se alteraba, mas no podía sucumbir.

Uno de los dos tenía que encontrar la fortaleza que al otro se le escapaba.

«Recuérdalo… Tú no lo olvides, no lo olvides… Recuérdalo…»

Contemplé al señor James, que en ese momento se sentía tan impotente como yo: seguía tirado en el suelo junto a Antoine aferrándose a la muñeca de su sobrino con la intención de sacarlo de la desesperación que lo dominaba.

—¿Qué es lo que debo recordar?

Sin embargo guardó silencio, tal vez por temor de que Avikar recibiera el mismo trato que yo en ese momento, mas insistí:

—En la ambulancia él murmuraba, me decía: tú no lo olvides, recuérdalo, tú no lo olvides. Lo tengo muy presente porque fue lo único que me mantuvo consciente. ¿Qué es lo que no puedo olvidar?

Él continuó hermético y en otro momento hubiera sido paciente, pues comprendía que ellos lo habían ocultado durante años, pero era urgente. ¡Es que no entendía la gravedad de lo que sucedía! ¡En dónde nos encontrábamos!

—Señor James, sé que no le agrado, pero deseo lo mismo que usted, ayudarlo. Ya él me lo dijo, ¿qué es lo que no puedo olvidar?

Fijó la mirada en mí con esa prepotencia que lo caracterizaba, al parecer, yo podía disculparlo, pero él no me ofrecería la misma cortesía.

—Lo has repetido una y otra vez: miedo a ser olvidado.

«Terror a olvidarte… Terror a que me olvides».

El tiempo se me agotaba, pues en la antesala dos enfermeros se colocaban la mascarilla, los guantes y la bata desechable mientras mamá seguía zarandeándome.

—¡Por favor! ¡Ahora todos creen tener ansiedad!

—¡¿Quién eres tú para atreverte a juzgarlo?! Jamás te perdonaré si él tiene que enfrentar esto que me haces a mí.

Solo hasta ese instante a papá se le ocurrió agarrarla y se vio obligado a arrastrarla hasta la salida. Entretanto, mantuve mi atención en Avikar, obligándolo a mirarme. Le pregunté al señor James.

—¿Qué suele ayudarlo durante un ataque?

El señor James vaciló antes de responder:

—Que se concentre en algo concreto. Háblale. Hazle preguntas que pueda responder, cosas que conozca bien. A veces eso consigue sacarlo de sus pensamientos.

Giré unos segundos hacia el médico que me hospitalizaría.

—Por favor, doctor, deme unos minutos, unos minutos y podrá llevarme al pabellón de psiquiatría.

Pero la puerta automática se abrió en ese momento y los enfermeros entraron listos para sedarme. El tiempo se nos había acabado.

El pánico era el dueño absoluto de Avikar; sin embargo, su pulso era estable, aunque su mente le dijera lo contrario.

Esperaba que el ataque empezara a ceder pronto. Él asintió, aunque todavía respiraba con dificultad.

—¿Cuál es el nombre de tu mamá?

—No… lo … sé… —musitó sofocado mientras se llevó las manos a la cabeza.

Negué una y otra vez mientras me humedecía los labios.

—Antoine, mírame. Necesito que me respondas. ¿Cuál es el nombre de tu mamá?

—Ba–Ba–Bárbara —contestó con mucho esfuerzo. De reojo miré al señor James, quien asintió.

Observé al hombre que amaba una vez más y entre lágrimas y una sonrisa lo afirmé con la cabeza.

—Sí, Antoine —sollocé—. Ese es su nombre. ¿De quién heredaste el color de tus ojos?

Él soltó un resoplido.

—De–del abuelo Mahir.

Sonreí cuando al fin consiguió que su respiración se normalizara.

—Ahora una más difícil, ¿cómo se llamaba el perro de mi exnovio y de qué raza era?

Tardó unos segundos, pero respondió:

—Bo–Bob era un labrador.

Todavía acunándole el rostro, le dediqué una sonrisa que esperaba fuera reconfortante.

—Tu memoria es sorprendente, Antoine. El olvido jamás formará parte de tu vida.

Le rocé los labios con los míos.

—Nuestros caminos se tienen que separar, Avikar. Lamento haberte puesto en una situación tan difícil, pero yo nunca te voy a olvidar. Siempre serás parte de mí. ¿Puedes creerme?

Se abalanzó sobre mí y el pánico que se apoderó de los presentes consiguió eliminar el poco aire en mis pulmones.

Ellos pensaban que él iba a hacerme daño, por lo que lo arrancaron de mis brazos y lo azotaron contra el suelo a la vez que el policía le colocaba la rodilla en el cuello, quitándole la posibilidad de respirar.

Quise explicarles, pretendí explicarles, pero ya la aguja me atravesaba la piel. Intenté resistir el sedante; hice todo lo que pude para no claudicar. Lo último que recordé fue cómo aquellos ojos negros se cerraban.