79
Edén
«Recuérdalo… Tú no lo olvides, no lo olvides… Recuérdalo…»
Abrí los ojos a la vez que jadeaba como si me hubieran arrancado el oxígeno de golpe. Era la tercera vez que escuchaba esas palabras en mis sueños. Sin embargo, solo la oscuridad me rodeaba.
Me senté en la cama y me oprimí el pecho. Todavía no podía deshacerme de ese sentimiento de soledad que se había adueñado de mi corazón.
¿Qué me sucede?... Solo estás reaccionando a los eventos del día… No, esas palabras son reales… Avikar hablaba en murmullos en la ambulancia, ¿eso era lo que me decía?... Para él era importante, ¿qué tengo que recordar?... Necesito recordar…
Respiré hondo antes de quitarme la cánula de la nariz, aunque tuve que esperar unos minutos hasta que el mareo cediera.
Observé la habitación, que contenía solo los aparatos médicos necesarios y ningún tipo de mobiliario.
Sin embargo, me metí las manos en los bolsillos del abrigo de Avikar y me puse en pie.
Estiré la mano, aún dentro del bolsillo, para oprimir el botón de la puerta de la habitación.
Llegué hasta el armario, entonces leí y releí la información de la caja de guantes que ofrecía el hospital antes de agarrar unos y colocármelos.
Con los guantes puestos, busqué el teléfono, pues necesitaba hablar con él.
En cuanto lo tuve, caminé de prisa para regresar a la cama, pues los monitores habían delatado mi pequeña escapada. Apenas había llegado cuando sonó el intercomunicador y escuché:
—¿Se encuentra bien, señorita Swan?
—Sí. Solo tuve que ir al baño.
—Por favor, avísenos la siguiente vez.
Sabía que el personal del hospital no intentaría atravesar esas puertas, pues temían causarme una reacción. Me senté en la cama. Me apresuré a colocarme la cánula una vez más. Fue en ese instante cuando mamá entró azorada.
—¿Qué sucede?
Tenía las batas a medio poner y apenas se colocaba los guantes.
—Fui al baño.
Entrecerró los ojos de manera acusatoria.
—¿Estás segura? ¿Por qué estás tan agitada?
Me acurruqué contra el abrigo de Avikar.
—Quizás porque caminé al baño y regresé.
Mamá no había apartado la mirada del abrigo y era evidente que planeaba seguir con la regañina, no obstante añadí:
—¿Crees que es mucho pedir que me dejes sola? Ya tendrás toda la vida para vigilarme.
Me observó. En su rostro se percibía el cansancio y frustración del día.
Esas reacciones eran las que me motivaban a querer salir de casa, quería que volvieran a sonreír como en esas fotografías de cuando ellos eran novios o cuando salían a la ciudad.
Unas muy distintas a cuando yo aparecía.
Era como si les extrajeran toda la alegría y el flash estuviera a punto de asesinarme.
—Estás insufrible.
Giré, asegurándome de esconder el teléfono debajo de la almohada. Entonces escuché la puerta abrirse y cerrarse. Conté en mi cabeza hasta seis mil, antes de sacar el teléfono una vez más.
Revisé, una por una, cada reunión y cada tarea. Lo que fuera que se me escapaba lo encontraría.
«Recuérdalo… Tú no lo olvides, no lo olvides… Recuérdalo…»
Frustrada, cerré todas las aplicaciones que tenía abiertas. Todo estaba estructurado a la perfección. ¿Era… era...? ¿Estaba fuera de control? Debía estarlo, pues le había propuesto matrimonio a mi jefe.
Me cubrí el rostro con las manos, casarnos era una locura, una de grandes proporciones. La reacción de Avikar a mi ataque fue perfecta, pero eso no me daba derecho a atarlo a mí.
Además, me había jurado a mí misma hacerme cargo de mis trastornos. Le había dado libertad a mis padres, ¿y pretendía robársela a Avikar? No era justo. Yo lo único que deseaba para él era que fuera feliz.
Estaba segura de que él querría una casa llena de hijos para poder enseñarles a correr bicicleta y que Yaad los acompañara en sus aventuras.
Quizás vivir en la ciudad, muy cerca del parque Rotario, para poder caminar en primavera hasta el muro conmemorativo y decir en voz alta los nombres de esas personas que no conoció.
No podía robarle eso y tampoco podía ofrecérselo. Era momento de hacer lo correcto, aunque se me destrozara el corazón. Mi único lugar en el mundo era la granja, no podía aspirar a más.
Con manos trémulas, agarré el teléfono con la intención de llamarlo, no obstante me detuve al ver el fondo de pantalla: la fotografía en el circuito de bicicletas.
Avikar tenía esa pequeña curva en sus labios a la vez que nos contemplábamos y su familia sonreía para la foto. Ellos sí sonreían. Me llevé los dedos a los labios, todavía podía sentir la tibieza de los labios de Antoine en ellos. Había sido hermoso mientras duró.
Exhalé y me resigné a lo que me esperaba. Hacer un berrinche solo le daría la razón a mis padres y me negaba a que fuera así. Oprimí el marcado rápido y escuché el tono. En cuanto descolgaron, lo saludé y sonreí.
—¿Estás bien? —preguntó.
Me quedé en silencio a la vez que una lágrima me resbaló por la mejilla. Era lo correcto, pero ¿por qué no podía ser egoísta por una vez? Respiré hondo varias veces antes de poder decir:
—Avikar, lo de casarnos es un error.
Escuché cómo soltaba un resoplido mientras yo contenía el aliento a la espera de su respuesta. No sabía qué deseaba más, que continuáramos con la farsa o que él se convirtiera en la sensatez y consciencia de los dos.
—Tienes razón. No obstante, una vez te prometí que estaría para ti.
Solo lo hará por esa promesa… ¿Esperabas algo más? ¿Creías que le gritaría al mundo su amor por ti y escaparían como adolescentes en una novela romántica? Son adultos y tú tienes una alergia que pone en peligro tu vida y un trastorno mental que compromete tu cordura, ¿qué hombre te querría así?
—¿Estás dispuesto a entrar en un matrimonio sin amor?
Me recosté hacia el lado derecho en la cama, así podría ver si mis padres decidían entrar a la habitación y tendría que terminar la llamada. Al mismo tiempo, las lágrimas me resbalaban por el tabique de la nariz hasta llegar a la almohada.
—Existen peores desenlaces, Edén.
Mantuve la mirada perdida en el diminuto pasillo que daba a la habitación.
—¿Cómo cuáles?
—Faltar a la palabra dada.
No me pasó desapercibida la lasitud en su voz, como si estuviera drenado y era una sensación que conocía a la perfección. Se quedó en silencio unos segundos antes de añadir:
—Además, no será tan distinto de lo que sería con alguien más. Tú y yo acordamos casarnos.
—¿Tu matrimonio sería arreglado también?
—Es la tradición en mi familia y ya desobedecí una vez, Edén. Conozco las consecuencias.
Él no lo había vuelto a mencionar y por eso no había podido explicarle que era un niño lleno de dolor por el distanciamiento de sus padres; que muchas veces hablábamos sin pensar y no por ello éramos responsables por los accidentes o demás situaciones que estaban fuera de nuestro control.
Me había ayudado tanto y no había tenido la misma oportunidad. ¿Por qué había de tener esa reacción? Íbamos bien, como en una moto de nieve, pero deleitándonos en el paisaje.
Hubiera dado lo que no tenía para que en lugar de estar en una cama de hospital, esa conversación hubiera sido en mi hogar o en el suyo, incluso en el lago o el parque, como me había propuesto unas horas antes.
Había planeado envolverlo con mi cuerpo para acunar su rostro y contemplarlo hasta que me creyera. Había planeado entregarle mi alma, incluso hacer planes de un futuro incierto, pero prometedor.
—Seré buena contigo.
La certeza en mi voz me tomó desprevenida, sin titubeos ni pausas, había permitido que mi inconsciente declarara aquello que no podía. Hubo una pausa al otro lado antes de que dijera:
—Aseguraste que no viviríamos juntos, que nuestras vidas continuarían igual.
El calor me golpeó las mejillas, se había visto en la obligación de corregirme. ¡No puedes cometer más errores! No podía dejarme llevar por el torbellino de emociones.
—Me refiero a que en cuanto digas que es el momento de separarnos, así será.
Durante un largo tiempo nos quedamos en silencio. Me pregunté qué pensaba, si es que temía a la reacción de su familia.
—¿Edén? —susurró.
Suspiré.
—Son las tres de la mañana y debes estar cansado de mí y de toda esta situación.
Si mañana no te presentas, no quiero que sientas ningún tipo de remordimiento.
Pero ten presente que jamás volveré a conocer a alguien tan especial como tú.
Me regalaste días normales y excepcionales.
Es algo que siempre atesoraré en mi corazón, siempre vas a estar en mis pensamientos, Antoine.
—Encontraremos una solución, Edén, dame una oportunidad.
—¿Por qué? ¿Por qué harías un sacrificio como ese?
—Porque no es un sacrificio.
Guardó silencio como si temiera que le hiciera preguntas que lo obligarían a darme respuestas, pero también permanecí callada, pues no estaba segura de querer conocer la contestación.
—A dormir, señorita Swan. Si no voy a pensar que quiere pasar cada segundo con su futuro esposo falso.
Contuve el aliento, otra vez estaba al descubierto, pero escucharlo me reconfortaba.
—Buenas noches, Avikar.
—En pocas horas nos vemos, Edén.
Suspiré, pues esa promesa en su voz hizo renacer la tibieza que se expandía en mi interior cuando estábamos juntos. Cerré los ojos mientras las lágrimas caían sobre la almohada y una sonrisa incierta me curvaba los labios.