El silencio de Avikar 78
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Edén

Nos contemplamos y todo dejó de existir a mi alrededor; solo éramos él y yo. Quería asegurarle que eran ellos quienes estaban equivocados y que no había nada que temer.

—Estás aquí.

Una sonrisa me floreció en los labios. Él seguía ahí, junto a mí.

—Sí, aquí estoy.

Había un matiz en su voz, algo que no sabía reconocer. O tal vez solo era que estaba cansado.

—Papá, ¿podrías dejarme a solas con el señor Avikar?

Seguía contemplándolo y anhelaba deslizar mis manos desnudas por su rostro, lo había hecho tan pocas veces. Él no sospechaba las emociones que se agolpaban en mi interior.

Haber tenido esa reacción, había sido, en cierta medida, liberador, pues me permitió comprobar una vez más qué clase de hombre era. El CEO que tanto admiraba. Todas las posibilidades estaban en mi contra, pero estaba determinada a ganarme su corazón.

—¿Por qué te tienes que quedar a solas con este hombre?

Aparté la mirada de la de Avikar, pues la actitud de papá me pareció extraña. Él era un conciliador, y jamás lo vi enfrentarse a nada ni a nadie. ¿Por qué ellos no podían entender la magnitud de lo que Avikar había hecho? ¿Por qué existía tanta confrontación hacia él?

—¿Tú también vas a cuestionar todas mis decisiones? ¿Me van a asfixiar tanto como para querer escapar? ¿Esta vez incluso de ti?

Papá abrió los ojos de par en par, pero el rostro se le enrojeció de furia.

—¿¡Así quieres que confíe en él!?

El pecho me subía y me bajaba desacompasado, como una tormenta invernal en apogeo.

— Antoine podría ponerse en mi contra en este instante; aun así, ustedes no confiarían en él.

Papá fijó la mirada en él como si lo retara, pero Avikar contemplaba el monitor de signos vitales conectado a mí, que delataba el ritmo desbocado de mi corazón y lo baja que estaba mi saturación de oxígeno. Al entender que no conseguiría lo que pretendía, papá se marchó.

—Edén, ¿qué...?

Me abracé a mí misma.

—¿Te parece una locura?

Se quedó inmóvil. La piel se le había tornado lívida y tardó unos segundos en responder:

—No te voy a sacar de aquí. Ni siquiera puedes respirar bien.

Tomé una de sus manos entre las mías. Ni siquiera lo pensé, solo me sentía acorralada por todos. No tenía escapatoria, a menos que él…

—Pero te puedes casar conmigo.

Se tambaleó a tal grado que pensé que se desmayaría. El frío que se apoderó de sus manos me aceleró tanto el corazón que el pitido de la máquina se tornó intolerable. Entretanto, él negaba una y otra vez.

—No eres tú en este momento.

—Ya no sé qué más hacer.

Sollocé y jadeé a la vez que el pecho se me apretaba.

—Me van a obligar a volver. A estar sola… —Sentía miles de alfileres en mi piel y una sensación de fatalidad que conseguía ahogarme.

—Lo único que hay a mi alrededor son hectáreas y hectáreas de sembradíos…

Le solté la mano al percatarme de su renuencia. Me cubrí el rostro para amortiguar los hipidos que tanto parecían molestarle.

—Estoy totalmente sola.

—Edén…

Volví a contemplarlo cuando su voz se quebró. Tenía que aferrarme a esa última esperanza.

—Tú eres el único a quien puedo pedírselo, por favor.

El monitor continuaba con su estruendoso pitido y parecía no saber si prestarme atención a mí o al monitor. Al parecer la habitación se le hizo pequeña, pues comenzó a dar vueltas. Para ese instante mis sollozos tenían un tinte desesperado.

Dejó de dar vueltas. Un paso tras otro, se acercó a mí con la misma determinación que mostraba cuando tomaba una decisión como CEO.

Tal vez me despediría, por lo que me mantuve rígida cuando me rodeó con sus brazos. No me permití disfrutar de su calor y cercanía, pues no me pertenecían.

—Shh, tranquila, jaanu, nos casaremos.

Asentí, negué y volví a asentir mientras la quemazón en mi pecho me impedía respirar con normalidad.

—Firmaré un acuerdo prenupcial donde renuncio a la fortuna y posesiones de la familia Avikar y la embotelladora. A su vez, tú puedes continuar con tu vida y, en el momento en que desees casarte con una mujer que ames, nos divorciaremos. Es solo, es solo...

Me ciñó contra su cuerpo, ofreciéndome su calor y consuelo.

—Después hablaremos de los detalles. Ahora quiero que te acuestes y descanses, ¿sí?

Asentí, aunque él me mantuvo entre sus brazos y me refugié en ellos.

—Puede que llegue un poco tarde mañana, pues tengo que encontrar un juez y testigos. Pero aquí estaré.

Se le escapó uno de esos quejidos que te obligaban a contener el aliento y parecían escucharse a cientos de kilómetros.

—No estás sola, yo estoy aquí.

Por el movimiento, la mascarilla ya no le cubría la boca. Me contempló antes de buscar mis labios con los suyos, mientras mantenía aquel ir y venir de los pulgares sobre mi mentón. Tenía la certeza de que ese sería el último beso de una relación que ni siquiera comenzó.

—Gracias.

Me estrechó más contra él mientras enredaba las manos enguantadas en mi cabello.

—No lo digas así…

—¿Cómo?

Mi voz fue menos que un susurro.

—Como si fuera un gran sacrificio.

Sabía que para él lo era. Como una gran tonta, me había enamorado de un hombre porque me trataba como una mujer normal. Ya no sabía qué hacer con mi corazón.

Vacilé antes de apoyarle las manos en el rostro y deliniarle sus facciones con los dedos, en un intento de aprenderme hasta el último poro de su piel.

Ladeé la cabeza cuando él cerró los ojos, como si mi toque fuera un castigo a la vez que un obsequio.

No alcanzaba a comprender qué sucedía, con él estaba por completo perdida.

«Recuérdalo… Tú no lo olvides, no lo olvides… Recuérdalo…»

Esas palabras invadían mis pensamientos con frecuencia, pero no lograba recordar a qué se referían. ¿Por qué me asaltaban en ese instante? ¿Por qué con él?

Me estremecí y él se separó de mí al mismo tiempo que fruncía el ceño.

—¿Qué sucede?

Negué con la cabeza a la vez que lo sujetaba por el abrigo.

—No digas que nada porque te estremeciste, lo sentí. ¿Tienes frío?

No me dio tiempo a responder, pues, pues, sin soltarme, comenzó a quitarse el abrigo y me lo colocó. Me acurruqué contra él cuando ese olor a cardamomo y clavo almizclado me envolvió.

—Hora de descansar. Imagino que quieres que este día ya se termine.

Entonces bajó el respaldo de la cama hasta dejarme recostada; aun así, mantuve la mirada fija en la suya.

—No tengo sueño.

Para entonces, las máquinas solo emitían su pitido normal; sin embargo, él seguía tenso. Estaba segura de que no quería casarse conmigo.

—Tienes que cerrar los ojos para que llegue el siguiente día.

Me deslizó los dedos por el rostro y, ante sus palabras, sonreí.

—¿Qué?

—Eso decía mamá cuando no quería dormir porque al otro día tendría alguna actividad, lo recordé con tus palabras.

Lo observé unos instantes más y cerré los ojos. Entonces sentí un leve roce en los labios y, segundos después, escuché que la puerta de la habitación se abrió y esa tibieza que me había rodeado me abandonó.