77
Edén
«Recuérdalo… Tú no lo olvides, no lo olvides… Recuérdalo…»
Desde que Avikar salió de la habitación, mamá no había parado de insultarlo y había inventado toda clase de injurias sobre él.
Cuando no surtió efecto, decidió que era momento de cuestionar todos mis pasos en la vida.
Cuando tampoco consiguió lo que quería, procedió a llamarme estúpida por creer que a un hombre como él yo podría importarle.
—¡¿Ese es el nuevo eufemismo para cuando te enredas en su cama?!
—Fuera de aquí.
Papá había entrado hacía unos minutos y se había mimetizado con el mobiliario, como siempre. Al menos con Avikar junto a mí, tenía a alguien de mi parte, alguien a quien le importaba.
—¡¿Qué?! —exigió ella—. ¿Te duele la verdad? ¿En qué podrías ayudarlo tú? ¿Con qué experiencia?
Todavía sentía el pecho apretado y el corazón acelerado. Sin embargo, ahí estaba, por completo exhausta y teniendo que defenderme.
—Todos los días tengo que soportar esas mismas palabras en el trabajo. Al señor James no le puedo responder porque es un directivo de la empresa. Pero tú no lo eres, así que fuera.
Se colocó las manos en la cintura.
—¡Soy tu madre!
Respiré hondo.
—Y nunca me has apoyado, al contrario, provocas que me tropiece y solo sabes enumerar mis faltas.
El monitor de signos vitales comenzó a emitir ese chirrido molesto.
—No me siento a tomar dictado con las piernas abiertas como acabas de decirme.
Avikar es un hombre serio que quiere que su embotelladora se extienda en otros países.
Sí, puede que tengas razón y no le interese, pero al menos él no me mira con lástima.
Soy valiosa para su compañía, por más difícil que se te haga entenderlo.
Avanzó hacia mí, estaba segura de que pretendía seguir humillándome, pero papá se acercó y la detuvo.
—Gina, sal de aquí. Su cuerpo todavía está recuperándose de la reacción y de la medicación. Sabes que no debes alterarla.
—Pero Steven…
—Ahora no, Gina.
Enfurruñada, dio la vuelta y, a pasos agigantados, salió; habría azotado la puerta de no haber sido automática.
Papá me sonrió y se sentó en el borde de la cama.
—¿Cómo estás?
Se me humedecieron los ojos, pues era la primera vez que escuchaba esas palabras de alguno de ellos. A diferencia de mis padres, Avikar solo había procurado mi comodidad para que mejorara más rápido.
—¿Les importa?
Él negó con la cabeza.
—Eso es injusto. ¿Sabes lo que es recibir una llamada de un desconocido diciendo que tuviste una reacción en el trabajo? Y cuando le pedimos más información solo nos supo contestar que los paramédicos no pudieron estabilizarte. ¿Sabes la angustia por la que hemos pasado?
Fijé la mirada en él.
—¿Y crees que yo lo pasé mejor? Si no hubiera sido por él…
Desvié la mirada cuando las lágrimas me bañaron las mejillas. Él no fue como Mark, y, aun así, mis padres no le darían una oportunidad. Y yo deseaba encontrar la manera de quedarme a su lado y descubrir juntos el significado de esa tibieza en mi interior.
—Y la forma en que mamá lo trató, no se lo merecía.
—Tuviste una reacción en su empresa.
No sé qué hice mal. A pesar de no tener los guantes… Te confiaste demasiado, lo hiciste desde el instante en que saliste de casa. Ellos tienen razón, estás destinada a vivir enclaustrada en ese lugar. No tienes opciones…
Asentí a la vez que apretaba la sábana entre mis dedos.
— Pude haber tenido una reacción en cualquier otro lugar.
Él respiró hondo.
—Eso ya no importa. No cumpliste con lo pactado y tienes que volver a casa.
Bajé la cabeza.
—Me tratan como la victimaria.
Extendió la mano con la intención de tomar la mía, pero la aparté.
—No, mi niña, no. Lo único que queremos es mantenerte con vida.
Desvié la cabeza a un lado.
—Puedo cuidar de mí misma.
—Ya demostraste que no.
Nuevas lágrimas me cubrieron las mejillas, no solo por la confrontación con mis padres, sino por la opresión que sentía en el pecho, una que sabía que no provenía de la medicación ni de la reacción. Algo no estaba bien, aunque no podía comprender qué.
De camino al hospital, cada fibra de mi ser se inundó de una desolación arrasadora que terminó por arrancarme la posibilidad de llevar oxígeno a mis pulmones y por la que solo sentí alivio cuando Avikar entró a la habitación, con la camisa arremangada, sin corbata y el rostro descompuesto, como si hubiera tenido que enfrentar todos sus temores.
Los sollozos me sacudieron.
—¿Él aún está?
«Recuérdalo… Tú no lo olvides, no lo olvides… Recuérdalo…»
—Ya se fue.
Levanté la mano y me limpié el rostro mientras asentía una y otra vez. Se había ido, aunque no podía reprochárselo. Yo tampoco me habría quedado para recibir más insultos. Papá añadió:
—En cuanto te den el alta regresaremos a la granja de donde nunca debiste salir.
—No pueden obligarme.
Era consciente de que sí podían hacerlo y estaba segura de que lo harían. Nada ni nadie los detendría.
—Eres una mujer de negocios y esos fueron los términos a los que llegamos, ¿lo recuerdas?
Él se levantó y se acercó para besarme la frente.
—Nunca dudes que te queremos. Mamá está angustiada. Vamos a darle unos días. Si lo que querías era darnos una lección, te aseguro que la hemos aprendido.
La puerta de la habitación se abrió y Avikar entró con pasos inseguros, como si estuviera a punto de perder el conocimiento. No sabía qué había ocurrido. ¿Acaso mamá lo había alterado?