76
Avikar
Caminé hasta una sala de espera diferente. Desde allí podía ver la entrada al pasillo que daba a la habitación de Edén, aunque no era suficiente. Al tomar asiento, apoyé los antebrazos sobre los muslos, bajé la cabeza y tiré del cabello a la vez que resoplaba.
Con unos padres como esos, yo también cuestionaría hasta el último detalle y sería el hijo más desobediente del mundo.
—Mi hija nunca ha llevado a un hombre a casa.
Me enderecé de golpe y saqué el pecho, pues jamás imaginé que su padre me siguiera. Sin embargo permanecí sentado. Reconocía que para ellos no debió ser fácil recibir la llamada de unos desconocidos que les informaban que su hija se encontraba entre la vida y la muerte.
—No, tiene que esconderlo porque ustedes no le han permitido una vida normal.
Podría jurar que ante la dureza de mis palabras estuvo a punto de perder el conocimiento, pero se recompuso.
—¿Ella le contó?
—Es lo que las personas hacen, buscar apoyo de aquellos en quienes confían.
Resopló a la vez que extendía los brazos.
—Por favor, la conoció hace menos de dos meses, no me puede decir que ama a mi hija. No a ella.
Mantuve la cabeza en alto, no había nada de qué avergonzarnos ni razón alguna para que nos juzgaran.
—Tiene razón, no puedo decirle que la amo porque nunca he vivido ese sentimiento. Pero su hija me reconforta, ella es como un tazón de sopa en el día más frío del invierno.
Él rio con sarcasmo mientras me señalaba.
—Contésteme algo, ¿cuándo fue la última vez que comió una mazorca?
Levanté un hombro y lo dejé caer.
—Mi familia es india, señor. En casa no comemos maíz.
Él asintió varias veces, pero al parecer no había terminado.
—¿Ha regresado a su restaurante favorito?
¿Qué desayuna? ¿Qué almuerza? ¿Cuál es su cena?
¿Qué hay en su refrigerador? ¿En sus alacenas?
Desde que la conoció, ¿siente que se ha vuelto más cauteloso?
¿Ha cambiado sus hábitos? ¿Está dispuesto a hacerlo para siempre?
El hombre que desee estar con mi hija tiene que hacer muchos sacrificios.
Y seamos honestos, usted solo quería saber qué tan malo podía ser.
¿Acaso se escuchaba a sí mismo? Su postura solo me confirmaba que Edén había hecho bien en alejarse de ellos. ¡En ese mismo instante ansiaba contratar a todo un equipo de seguridad que la mantuviera a salvo de esos lunáticos!
—¡Su hija por poco muere en mis brazos! Así que no me diga que solo quiero saber qué tan malo podía ser, ¡porque ya lo sé! ¡Y sigo aquí!
Apretó los labios mientras enderezaba la postura.
—Estoy seguro de que mañana ya no volverá.
Resoplé.
—Es imposible que ustedes controlen todo. ¿Qué hay de la polinización? ¿Del viento? ¿La irrigación de los campos? ¿Las personas que los visitan?
Dio un paso, enfrentándome.
—Bienvenido a nuestras vidas, señor Avikar. Todo eso y más estará en sus pensamientos las veinticuatro horas del día.
Me puse en pie mientras ladeaba la cabeza tal y como Edén lo hacía.
—¡Oh, créame! Esos pensamientos serán más que bienvenidos en mi cabeza.
Apoyó las manos en la cintura y levantó la mirada desafiante.
—Aquí estaremos para nuestra hija cuando usted se percate de que la quiere, pero ama su libertad.
Lo contemplé mientras le aseguraba:
—Jamás será así.
Entrecerró los ojos y por un instante bajó la cabeza, como si creyera que comenzaba a perder terreno. Y sí, jamás conseguirían hacerme retroceder.
—¿Sabe? Mi esposa y yo solíamos escaparnos a la ciudad alguna vez al mes, a comer todo lo que se nos antojara.
Después nos embargaba la culpa por un par de días, pero esos instantes fueron los que nos ayudaron a mantener la cordura durante estos años.
Le repito, el hombre que desee estar a su lado tiene que hacer muchos sacrificios.
Para él no existirá válvula de escape, señor Avikar.
Sí, lo admito, somos más que sobreprotectores, pero el mundo lucha contra mi hija.
Creo que podría ponerse de nuestro lado.
—Lo que me pide es imposible. No puedo ponerme de su lado. Edén tiene razón: para ustedes ella es una carga.
Abrió los ojos de par en par a la vez que se llevaba la mano al corazón, como si fuera la primera vez que escuchara esas palabras.
—Algún alimento de los que más le gusten estará contaminado con maíz.
—Me gusta más ella. Será cuestión de adaptarme. Para mí es más importante tenerla junto a mí.
Resopló a la vez que asentía una y otra vez.
—¿Ella piensa igual, señor Avikar? Porque el único motivo por el que trabaja para usted es conocer su secreto.
Solo y desamparado, no existe otra opción para ti… Todos te abandonan y siguen con sus vidas, olvidando que alguna vez exististe…
Me mostré impasible, pero el corazón me latía desbocado y un escalofrío me recorría la espalda.
—¿Para qué ella querría saber eso?
—¡Ah, ¿es que no le dijo!? Edén quiere ofrecer los productos de la granja a nivel nacional.
Apreté los puños para ocultar el temblor de mis manos. No, él estaba equivocado. Eso no era lo que Edén quería, ¿o sí?
—En cuanto aprenda todo de mí, ¿regresará?
Sonrió.
—Asumo que por esa inteligencia es el CEO de su compañía.
Dio media vuelta para regresar a la habitación de su hija y aquella mano siniestra apareció de golpe.