El silencio de Avikar 75
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Avikar

Saqué las llaves del bolso en cuanto Ethan se detuvo frente a la casa. Tras ser testigo de sus rituales, sabía dónde guardaba todo.

Si tan solo ese hombre hubiera reaccionado, quizás ella solo tendría que preocuparse por su reacción inmunológica o quizás no.

A lo mejor alguna otra experiencia habría exacerbado su trastorno obsesivo-compulsivo, pero no importaba, pues estaba dispuesto a regalarle esos segundos de cambios y silencios.

En cuanto entré a su hogar, ese olor a mandarina y pera me envolvió. Atravesé el pasillo y la sala para llegar a la única habitación en el lugar. Abrí la puerta y llegué hasta el armario que se encontraba a mi derecha.

Era una habitación sencilla, pero, cada detalle la representaba.

Los pisos de madera estaban pulidos a la perfección.

Además, un edredón de lana cubría la cama, la cual tenía una sola almohada colocada en el medio.

Sobre la mesita de noche, había una pequeña lámpara de acero inoxidable y un jarrón con buttercups canadienses blancas.

Abrí el armario y tomé la maleta. Ya iba camino a la salida.

Ofrecerme a buscar sus pertenencias había sido un acto de bravado, no significaba que por arte de magia me hubiera recuperado.

Si dependiera de mí, jamás me habría movido de su lado, pero en ese momento tenía que encontrar fortaleza para los dos.

Sin embargo, en el último momento, me detuve en la cocina para llevarle algo de comer.

Era consciente de que Edén no comería nada de lo que le ofreciera el hospital y habían pasado demasiadas horas sin alimento, ni siquiera había tocado su almuerzo.

Estaba listo para la acusación de colaborador en cuanto llegara a su lado, pero no me importaba.

Casi muere frente a mí. Tendría que disculparme si, al menos durante unos días, era su cómplice.

Atravesé la puerta de la habitación hora y media después.

Sin embargo, me detuve en seco al no encontrarla sola.

Una mujer rubia y de ojos azules la sermoneaba y advertía que en cuanto saliera se irían a la granja.

Entrecerré los ojos al percatarme de que utilizaba tres mascarillas, tres pares de guantes y tres batas desechables.

Por un instante pensé que había expuesto a Edén al solo utilizar una, aunque segundos después intuí que debía de ser su madre.

—Buenas tardes.

La mujer detuvo su letanía al escucharme y me dedicó una mirada cargada de reproche. El hombre, que supuse era su padre, me observaba desde la esquina, mientras medía cada uno de mis movimientos.

No les importa tu existencia, para ellos eres un don nadie… Ahora no…

Una sonrisa tímida apareció en los labios de Edén. Y solo entonces respiré con normalidad otra vez.

—Regresaste.

Me obligué a concentrarme en ella e intentar evitar que las palabras de esa mujer me afectaran. Además, Edén había creído que no volvería y le demostraría que no la abandonaría.

—Te dije que lo haría.

Nuestras miradas se encontraron y sonreí, ¡sonreí!, al verle las mejillas sonrosadas. Me acerqué a la cama y coloqué el bulto sobre ella. Entonces lo abrí y le entregué una ensalada de frutas.

—Imaginé que tendrías hambre. Quería traerte algo caliente, pero me hubiera tardado más.

La mujer se puso en alerta, como si yo fuera a ser un inconsciente y arriesgara la vida de Edén.

—¿De dónde sacó eso?

—De casa de Edén.

La contemplé hasta que se llevó un pedazo de manzana a la boca. Solo entonces asentí. Le saqué una muda de ropa junto con las sandalias y salí para dejar el bulto en el armario que se encontraba en el pasillo que daba a su habitación. Regresé.

—¿Quieres que te ayude a llegar al baño? Puedes tomar una ducha y ponerte cómoda con tu ropa.

Asintió y en voz baja admitió:

—Esta bata no es muy caliente, que digamos.

Me acerqué a ella y bajó los pies, por lo que me arrodillé para colocarle las sandalias.

No me pasó desapercibido el estremecimiento que la recorrió cuando le coloqué mi mano temblorosa en el tobillo.

Entonces me levanté y le rodeé la cintura para ayudarla a ponerse en pie.

Tal vez podía hacerlo sola, pero si podía facilitárselo, ¿por qué no hacerlo?

Sin embargo su madre se plantó frente a nosotros, impidiéndonos el paso.

—¿Qué cree que hace?

—Ayudarla.

—Para eso estoy yo aquí, que soy su madre.

Sí, pero lo único que había hecho hasta el momento había sido reclamarle a su hija adulta como si fuera una niña de tres años y nada más porque Edén seguía en las mismas condiciones en que la había dejado.

—Que yo sepa, usted es su jefe, ¿o es que me equivoco? ¿Este hombre entra y sale de tu casa como si le perteneciera? ¿Qué derecho le has dado para que crea que puede acompañarte al baño? Eso de ser independiente era una farsa, ¿verdad? ¿Otra vez nos mentiste?

¡Ansiaba decirle cuáles eran mis derechos! Pero tuve que contenerme por Edén, solo por ella.

—Mamá… —Detesté más a la señora cuando Edén se vio obligada a respirar hondo—. Avikar salvó mi vida. Al menos podrías agradecérselo.

Ella levantó las manos como si hubiera escuchado algo muy absurdo.

—¿Qué debo agradecerle? ¿¡Que por poco te mate!?

Sentí cómo Edén se agitaba, por lo que la sujeté por la cintura para acercarla más a mí. La escuché exigir:

—Retráctate, sabes que mientes.

La señora se lanzó sobre mí y me empujó.

—Fuera de aquí. Podrá ser su jefe, pero usted no tiene ningún derecho sobre ella.

Otra vez quería gritarle que sí. Que estaba en todo mi derecho porque Edén era mi prometida, de hecho, era mi mujer. Pero otra vez tuve que contenerme.

Cuando ella dio un paso al lado para alejarse de mí, las lágrimas le humedecieron los ojos.

—Lo siento.

Negué.

—Estaré aquí afuera, jaanu —le aseguré—. Si me necesitas, solo envía un mensaje de texto. Tú sabes cómo captar mi atención.

Me acerqué a ella y, a pesar de la barrera, le rocé los labios. No me pasó desapercibido el jadeo de sus padres como si fuera lo más terrible del mundo. Sin embargo, Edén me apretó la mano, como si le costara dejarme ir. Eso me dio la fuerza que necesitaba para insistir en permanecer junto a ella.