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Avikar
Tras escucharlo, me apresuré a ponerme en pie para encontrarme con él. Tenía el corazón acelerado y metí las manos en los bolsillos para ocultar el temblor. Sabía que debía mostrarme calmado, si no lo hacía, no me permitirían acercarme a ella.
—¿Cómo está?
Se detuvo frente a mí e hizo un gesto con las manos para que le permitiera tomar aire antes de ofrecerme una respuesta.
—Ya logramos estabilizarla, sin embargo, se quedará en observación un par de días para asegurarnos de que la anafilaxia esté bajo control.
Asentí.
—¿Puedo verla?
—Se lo permitiré un par de minutos, aunque no debe agitarla. Su organismo aún se está recuperando de la reacción y de las dosis de epinefrina.
Me despedí de Zoey tan rápido como pude, pidiéndole que le dijera a mi madrina que estaba bien y que no debía preocuparse por mí.
Atravesé el pasillo amarillo pálido hasta el final, donde se encontraba la habitación aislada. Entre mis manos llevaba sus pertenencias, lo único que me había permitido permanecer cuerdo durante todo ese tiempo.
Un pequeño espacio antecedía la entrada.
Allí, agarré la caja de las batas desechables y leí sus componentes.
Cuando no fue suficiente, saqué el teléfono y revisé la lista detallada que había encontrado por internet.
Entonces repetí el mismo proceso con los guantes y las mascarillas.
En cuanto estuve listo, dejé el bolso dentro del armario y toqué el botón que me permitiría el acceso.
Tambaleante me acerqué a la cama y le acaricié el cabello, poco a poco esos ojos zarcos se abrieron y encontré un atisbo del brillo al que estaba acostumbrado.
No obstante, varias máquinas monitoreaban su estado y tenía una cánula nasal que le suministraba oxígeno.
Además, tenía una intravenosa en la mano izquierda.
—Hola. —Todavía estaba agitada.
—Ya no silbas…
Sentí que se me calentaban las orejas por lo absurdo de mis palabras, a la vez que las mejillas se le teñían de un tono rosado que contrastaba con lo pálido de su cutis en ese instante.
—Lo siento, no es… Aún estás agitada, pero ya no tienes ese silbido en el pecho..
—Es por la epinefrina. Estaré así un par de horas. —Entrelazó nuestras manos—. Gracias por salvarme la vida.
Le giré la mano para acariciarle la palma, aunque tenía las manos enguantadas. Lo más difícil de la noche había sido el tener que esperar horas antes de poder buscar su contacto, aunque era irónico que, en esa ocasión, fuera yo quien llevara una barrera.
—No es nada que tú no hayas hecho ya por mí, jaanu.
Abrió los ojos de par en par, sin embargo, agradecí que no me cuestionara, pues era una conversación que tendría que esperar.
—No podré ir a trabajar en un par de días.
Sonreí porque se disculpaba por ese detalle. Una sensación de calma me envolvió; con ella nunca me sentía solo ni olvidado. Ella no conocía el término científico, no obstante, se aseguraba de envolverme entre sus manos cálidas y suaves, lo que impedía que aquella mano siniestra se apoderara de mí.
—Ya el doctor me lo dijo, no te preocupes por eso. Ahora descansa. ¿Te gustaría que te trajera algo?
Quería decirle cuán especial era para mí.
Explicarle mi fobia y cómo con cada uno de sus movimientos me había ayudado: al investigarme, al ser exigente con mi familia, al apoderarse de mi vida como nadie jamás lo hizo; pero tendría que esperar.
Ella tendría que salir del hospital y así poder retomar la normalidad entre nosotros.
Aunque para el mundo fuéramos excéntricos; ella había hecho cuanto pudo, el resto me correspondía a mí. Era mi responsabilidad aprender a no permitir que ese terror gobernara mi vida. Por primera vez, creí que podía vencerlo y que ya tenía la batalla ganada a medias.
Nada me impediría convertirme en su apoyo. No me importaba si tenía que mudarme al polo norte para que ella disfrutara de esos silencios en su mente. Una libertad todavía incipiente se apoderaba de mí y quería darle el mismo obsequio.
—En mi armario tengo una maleta pequeña —hizo una pausa para respirar hondo—. ¿Es mucho pedir que me la traigas? Mi bolso debe estar en el escritorio.
——De hecho, lo traje conmigo, por si necesitabas algo. —Una sonrisa tierna le curvó los labios—. Lo dejé en el armario que está fuera de la habitación. Voy por él y me dirijo a tu casa. ¿Vas a estar bien?
Asintió una y otra vez.
—Intentaré no tardar, ¿de acuerdo?
Me acerqué y, a pesar de la mascarilla, le rocé los labios. Ella se alejó, pero dibujó la silueta de mi boca con la punta de los dedos. Entonces le acaricié la palma antes de girar y salir de la habitación.