El silencio de Avikar 70
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Avikar

Intenté no lastimarla mientras me aseguraba de cubrir cada zona de piel expuesta.

—No quiero lastimarte, jaanu… —Intenté que mi voz sonara calmada, aunque no estaba seguro de haber tenido éxito—. Solo quiero asegurarme de que no tengas nada en ti, ¿sí?

A pesar del esfuerzo que le costaba, asintió. Envolví los dedos con otra toallita y se los introduje en la boca, tal vez era un error, pero quería eliminar cualquier rastro de lo que fuera que le estuviera haciendo daño.

Tomé una tercera para limpiarle el rostro y fue el instante en que la tía Amelia se arrodilló junto a mí para ayudarme. Limpiamos con cuidado la poca piel que tenía expuesta, además de la ropa y los zapatos.

—Ya van a llegar, falta poco —le aseguré al pasarle los dedos por el cabello.

Sin embargo, ese silbido en su pecho era cada vez más inquietante.

—¿Cómo sabes qué hacer? —susurró la tía Amelia.

—Ella me enseñó. Ayer, tía. Apenas ayer me lo dijo. Me gané su confianza y mira lo que ocurrió.

—Tienes que controlarte —advirtió la tía Amelia.

En su semblante estaba la firmeza que yo necesitaba en ese momento.

—¿Escuchas tus palabras? ¡Es agua! —gritó el tío James, quien no dejaba de dar vueltas.

Los paramédicos atravesaron las puertas de la embotelladora y me desesperaba la calma con la que actuaban.

Se acercaron y le tomaron los signos vitales, entonces la recostaron en la camilla para colocarle una intravenosa y una mascarilla de oxígeno.

Les entregué el autoinyector usado para que lo registraran.

—¿Qué sucedió? —preguntó el paramédico que abría el expediente.

—Es alérgica al maíz.

Me hizo muchas preguntas que intenté contestar lo mejor que pude.

Tuve que alejarme para permitirles hacer su trabajo, pero no perdía detalle de lo que hacían.

Entonces se apresuraron y le administraron una segunda dosis de epinefrina.

Un estremecimiento visceral me recorrió el cuerpo al escuchar cómo ella gritaba, aunque no tenía la fuerza necesaria para oprimirse el pecho.

—Su presión arterial sigue muy baja. No podemos esperar a que se estabilice. Llama al hospital, es probable que necesite una dosis adicional en cuanto lleguemos —le informó el paramédico que la atendía a su compañero, quien de inmediato tomó la radio e hizo la llamada.

Como todos estaban atentos a lo que ocurría, nadie se percató de que me llevaba una mano al pecho.

Sin esperarlo, el dolor se adueñó de cada músculo de mi cuerpo e inspiré hondo en un intento de detener su avance.

Con la mano temblorosa, me tomé el pulso en la muñeca.

Por supuesto que era normal, pero mi mente insistía en que estaba a punto de tener un infarto.

Entonces me llevé la mano a la sien, pues el martilleo insistente no me permitía funcionar.

¿Quieres ser como el hombre que no la ayudó?

... Ella va a morir… y aunque viviera, nunca te recordaría.

Estás destinado a ser olvidado, ¿acaso no lo hicieron tus padres?

... Puede que tengas razón, pero si muere, su mejor legado sería que tú lograras controlar tu ansiedad…

¿No pensaste igual cuando Peter murió? ¿Acaso lo lograste?

Me obligué a caminar detrás de la camilla, sujetando su bolso con la mano izquierda. Cada paso era como arrastrar cadenas por el suelo, pero ese día mi cuerpo estaba decidido a no seguir las órdenes de mi mente y eso era justo lo que ella necesitaba.

—Para que el envase sea biodegradable, utilizan un producto derivado del maíz —escuché que le dijo Owen al tío Benjamín.

Al parecer, ellos habían platicado en todo momento y yo ni siquiera me había percatado. Me acerqué a él y lo agarré del abrigo a la vez que lo zarandeaba.

—¿Cómo lo sabes?

¿Por qué él sabía esa información y yo no? ¿Acaso ella se lo dijo?

Owen había abierto los ojos de par en par ante mi reacción.

—Estaba en mi sección de la base de datos. Me pareció muy extraño que la señorita Edén se tomara el tiempo de buscar la información de todas las especificaciones del envase, pero pensé que era una mujer muy minuciosa y que nos convendría conocer hasta el más mínimo detalle de nuestro producto.

Solté su abrigo y le di dos palmadas en el pecho a modo de disculpa. No podía desenfocarme en ese momento, pues sentía cómo esa mano siniestra estaba muy cerca de atraparme.

—¡¿Aun sabiéndolo la contrataste?! —contraatacó el tío James.

Giré para observarlo, ambos sabíamos que su persistente confrontación siempre me distraía de mis pensamientos. Incluso lamentaba la inflamación que comenzaba a notarse en su mandíbula.

—Me enteré ayer cuando el señor Ortiz quiso obligarla a tomar de nuestra agua.

—Por eso ella tiene… —intentó decir mi prima.

Miré a Zoey y, al verme, se detuvo. Si la familia sabía que Edén tenía trastorno obsesivo-compulsivo, harían hasta lo imposible por alejarla de mí, y jamás lo permitiría.

Luis y Jacob se apresuraron a abrir las puertas para que la camilla pudiera pasar. La consternación en sus rostros era evidente. Edén se había ganado el cariño de los empleados por ser una mujer exigente, pero justa.

—Pero tu actitud con ella, pensé que existía algo entre los dos —dijo el tío James. Mi familia seguía cada uno de mis pasos detrás de la camilla.

—Lo hay, iba a llevarla a casa hoy.

Se escuchó un jadeo colectivo por parte de mi familia, a ninguno le quedaba duda del significado de mis palabras. Sin embargo ese sería mi último acto de desobediencia.

—Solo se conocen desde hace mes y medio, Antoine —replicó él.

—La quiero en mi vida.

—¡No te conoce! ¿Acaso le hablaste de tu fobia? —insistió.

—He tenido ataques de pánico frente a ella y se queda junto a mí y me ayuda a estabilizarme. Ya te dije: la quiero en mi vida. Es algo que aún no puedo explicar, pero fui consciente de ello desde el instante en que la vi.

—No has tenido un ataque de pánico en dos años —refutó la tía Amelia.

Eres tan poca cosa para tu familia, no les interesas en absoluto.

—Los oculté.

—¡Antoine! —exclamó el tío Benjamín.

—Zoey lo sabe, por eso la mantuve como mi asistente hasta que llegó Edén.

—¡Zoey Avikar, ¿qué más no nos has dicho?! —exigió la tía Amelia al girar hacia ella, sus mejillas de un rojo furioso.

—Creo que en este momento lidiamos con una emergencia —respondió mi prima.

Los paramédicos subieron a Edén a la ambulancia. Jack me entregó el abrigo y me dio una palmada en el hombro.

—Ve con ella, Antoine. Nosotros nos encargaremos de llamar a sus padres —dijo Logan.

Asentí mientras subía a la ambulancia.