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Avikar
Por favor, no la quiero perder a ella también… Por favor, es la única persona con la que he intentado sobrepasar y vencer todo lo que está dentro de mí… No me la quites…
—Llamen a emergencias —instruí.
Me arrodillé frente a ella y agarré el estuche del piso, solo le había dado tiempo a sacárselo del bolsillo.
Ella dijo que se inyectaba a sí misma y ahora no pudo, ¿esta reacción es más fuerte que las anteriores?... ¿Qué sucedió? ¿Qué hiciste diferente, Edén? No nos separamos ni cinco minutos… Por favor, no permitas que se muera… ¡Chod[3]! ¡¿Dónde está la maldita ambulancia?!
Todo el cuerpo me temblaba y no estaba seguro de recordar los pasos, lo único que tenía claro era que debía actuar con rapidez.
Su vida dependía de mí en ese momento y yo haría lo que fuera por no fallarle.
Lo haría a pesar de esa mano siniestra que se extendía en mi interior, empeñada en sumergirme en el pánico.
¿Por qué habrías de serle útil? Tú no eres nadie importante en la sociedad. ¿Crees que serás como tu abuelo o tu padrino? Incluso tu familia te olvida. Estás solo… Totalmente solo.
Con un pulso firme, sujeté el autoinyector por el cuerpo, sin tocar el extremo naranja. Retiré la tapa azul y presioné con firmeza el extremo naranja contra la parte externa de su muslo izquierdo.
Escuché el clic del aparato y lo mantuve presionado contra su muslo durante tres segundos.
Entonces guardé el autoinyector usado en el bolsillo izquierdo de la chaqueta.
Los sonidos que hacía al respirar me hicieron temer que la garganta se le estuviera cerrando y corría el riesgo de quedarse sin oxígeno.
La ambulancia tenía que llegar con urgencia.
—Edén, ¿qué-qué sucedió? ¿Ya llamaron al 911?
—Sí, señor. Van a llegar en ocho minutos —respondió alguno de los empleados.
—¿Te aplico la segunda inyección?
Ella negó una y otra vez, aunque eso requirió que se esforzara. Entonces se llevó la mano derecha al pecho y lo oprimió.
—¿Edén, esto es normal? ¿Te duele el pecho? —Asintió—. ¿Es normal?
Cuando no me respondió, sentí que aquellas garras empezaban a cerrarse sobre mí, pero Edén me necesitaba. Tenía que mantenerme a flote.
Para ese instante tenía las manos enrojecidas, inflamadas y con bultos visibles.
—Antoine, ¿qué sucede? —preguntó el tío Benjamín al llegar a mi lado—. ¡Por Krishna! No me digas que James le provocó un infarto.
La contemplaba con el aliento contenido, suplicando que la ambulancia acabara de llegar.
—Es una alergia.
—¿Una alergia? —repitió él desconcertado.
El silbido de su respiración era lo que más me alarmaba.
—Al maíz.
—Aquí no hay nada con maíz, Antoine —replicó Logan en un tono nervioso.
Me costó responder.
—Traigan agua.
—¡Antoine! —gritó el tío James.
Uno de los empleados se apresuró a entregarme uno de nuestros envases.
—Señor Avikar, ¿qué le sucede? —preguntó Hee-Jin al llegar junto a los otros asistentes.
Todos estaban atemorizados, sin entender qué ocurría, pero yo tenía que concentrarme en ella y solo en ella.
—No puede ser nuestra agua. ¡Que alguien abra el cajón inferior izquierdo de su escritorio y me dé su bolso! ¡Pero no lo toquen con las manos desnudas!
—¿Por qué no puede ser nuestra agua? ¿Tú sabías esto? —insistió el tío James.
El empleado que me lo entregó había envuelto las asas del bolso con uno de los papeles que Edén tenía en el escritorio.
Saqué el paquete de toallitas del bolsillo izquierdo. Primero me limpié las manos con varias y luego tomé la derecha de Edén para limpiársela.
—El envase de nuestra agua tiene maíz.