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Edén
Puedes hacerlo… Puedes hacerlo… Puedes hacerlo… No sabes cómo te sorprenderá tu jefe, pero por algún motivo aún tienes empleo, como el resto de las personas. No hay nada extraordinario… Sí lo hay. ¡Me pidió ser su novia!… Puedes hacerlo… Puedes hacerlo… Puedes hacerlo…
Ese día no fue el señor Luis quien me abrió la puerta cuando llegué a la embotelladora a las siete y cincuenta.
Con una sonrisa que me aceleró el corazón, Avikar me dio los buenos días, sin importar que nos habíamos despedido la noche anterior a la una de la madrugada y habíamos continuado la conversación a las cinco y media.
Ninguno de los dos había vuelto a mencionar la conversación en el parque, así que nos concentramos en la propuesta para el señor Arroyo.
Fue una casualidad que ambos escogiéramos azul de Prusia para nuestros atuendos.
El mío era un vestido con un fruncido en el centro y su traje ejecutivo de tres piezas tenía un corte moderno, el cual había acompañado de una camisa color melocotón oscuro.
Sonreí al ver el pañuelo del bolsillo del pecho en el mismo color.
En cuanto entré, Luis hizo un gesto de saludo con la cabeza mientras Avikar entrelazaba nuestras manos.
—¿La reunión de las diez está lista?
Íbamos en camino a mi escritorio, aunque él no parecía tener prisa alguna.
—Sí, ya confirmé la asistencia de la familia. ¿De verdad crees que no pedirán mi renuncia?
Esa pequeña curva apareció en sus labios.
—¿Quién es tu jefe?
—Tú.
—¿Y quién soy yo?
Sonreí.
—El CEO de la compañía.
—Es bueno saber que lo recuerdas. Dime, ¿de casualidad recuerdas que quiero ser algo más?
Mi sonrisa se amplió por ese destello de vanidad tan extraño en él.
En cuanto llegamos al escritorio, guardé mi bolso negro en la gaveta inferior izquierda. Entonces abrí el cajón de la derecha y saqué los tacones de aguja rojos. En tanto, él seguía cada uno de mis pasos, sin embargo, se había quedado afuera cuando entré al baño.
Cuidado por dónde tocas la bota, quién sabe qué partículas hay en el suelo… Estaré bien, solo les echan sal a las aceras… Pero ¿qué tipo de sal? ¿Y si tiene algún otro componente? Que él sepa la verdad no evitará que puedas morir… Morir… Morir…
—Edén… —lo escuché susurrar.
Había descalzado y calzado las botas en dos ocasiones. Su voz me ayudó a interrumpir la secuencia y a recordar lo que había trabajado con el psiquiatra.
El psiquiatra me había pedido que actuara con cautela, si bien, consideraba positivos algunos de los cambios que había experimentado desde la llegada de los Avikar a mi vida.
Estaba satisfecho de que compartiera con mis compañeros de trabajo y con la familia Avikar.
Aunque no conocía los últimos acontecimientos ni la gravedad de mi alergia.
Hacía mal en ocultarle tanto lo ocurrido como la gravedad de mi alergia, pero de por sí ya las personas me juzgaban y no quería que sintieran lástima por mí.
Ese día, mi rutina en el baño duró solo quince minutos, pues la presencia de Antoine me ayudaba a mantenerme concentrada. En cuanto salí, él tomó las botas de mis manos y caminamos de regreso a la oficina. Éramos los únicos en la empresa.
—¿Te comunicaste con los puntos de venta?
—Sí.
—¿Se ha mantenido estable el aumento en el grupo de mujeres?
—Sí, los números son favorables.
Cuando llegamos a mi escritorio, él me entregó las botas. En cuanto las guardé, me puse en pie, pues me esperaba para comenzar el día.
En cuanto entré a la oficina, me agarró de la muñeca, obligándome a girar para entonces adueñarse de mis labios. Le respondí apasionada mientras que le enredaba los dedos en el cabello, lo que provocó que gimiera.
—Eres un desafío para mí —susurró jadeante.
—No tengo que quedarme.
Me acunó el rostro mientras posaba esa mirada oscura en mí.
—No me refiero a eso y lo sabes. Actúas como si no saliéramos juntos, pero cuando te beso, te abandonas y ofreces hasta el último gramo de ti. —Hizo una pausa, a la vez que apoyaba su frente sobre la mía—. No sé qué hacer contigo.
Me soltó para acercarse a su escritorio. Antes de sentarse, se soltó el botón del traje y agarró la carpeta del señor Arroyo.
Parpadeé varias veces, pues mi corazón me pedía a gritos que aceptara ser su novia, pero mi mente me exigía actuar con prudencia. Lo único que tenía claro era que si su familia no hubiera intervenido, yo habría dicho que sí.
Ejecuté la rutina a la perfección: el café a la temperatura óptima, tomé dictado de sus directrices y le dejé la oficina impoluta.
Salí por la puerta que daba acceso al salón de juntas y le pasé una capa de aceite a la mesa.
Lo hacía todos los días, antes de que alguien llegara a la empresa.
Saqué la vajilla y acomodé los nueve espacios.
Por último, coloqué un envase de agua en cada lugar.
Me apresuré para entrar al baño privado en la oficina y lavarme las manos.
Hazlo otra vez, tocaste el envase… Tengo las manos enguantadas… Sabes que eso no es garantía de nada… Por eso me las lavé varias veces… No deberías trabajar aquí, vas a morir… Morir… Morir…
En cuanto regresé, dejé las carpetas a la distancia justa con la información de la propuesta para el señor Arroyo.