El silencio de Avikar 63
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Edén

Cerca de tres horas después regresamos al parque Rotario. El café y el caldo que había llevado ya se habían terminado y el viento era el causante de que la temperatura bajara todavía más. Teníamos que entrar en calor.

—¡Me muero de hambre! ¡Y estoy congelada! —exclamó la señorita Zoey.

—¡Eres una temeraria, señorita Edén! —dijo el señor Owen—. ¡Me tiembla todo!

—¿Dónde vamos a comer? —preguntó la señora Madison.

Nos bajamos de la bicicleta y me vi obligada a respirar hondo, pues no estaba acostumbrada a que todos mantuvieran su atención en mí. Para ese instante teníamos escarcha en las pestañas y cejas y el vaho formaba una enorme nube cada vez que respirábamos.

Avikar giró hacia mí y dijo:

—¿A dónde, Edén?

Me tomó desprevenida el tener que tomar la decisión ante su familia.

No era una salida laboral y lo normal habría sido que decidieran entre todos, cualquier alternativa que ellos escogieran sería imposible para mí.

De reojo los observé mientras esperaban por mi decisión.

Hice ademán de acomodarme el cabello y ladeé la cabeza para observar a Avikar.

Él no lo dejaría pasar, tenía que darle una contestación.

—Al restaurante que está entre Baker Street y la 12.

—Nosotros nos adelantaremos —informó el señor Jack al darle una palmada a Antoine en el hombro.

No obstante, ninguno le prestaba atención a los demás, habíamos entrelazado nuestras miradas y era como si el mundo se hubiera detenido por los dos. No estaba segura de cuánto tiempo pasó cuando me tomó de la mano y dijo:

—Ve con ellos. Llego en unos minutos.

—¿Puedo quedarme contigo?

Me sentiría extraña a solas con su familia. Yo solo deseaba estar con él y sentir esa seguridad que existía cuando estábamos juntos. Al parecer, mi respuesta le agradó, pues esa pequeña curva en sus labios se amplió.

Su familia pedaleó calle arriba mientras que nos dejaban solos.

Nosotros caminamos a través del parque, en tanto Yaad seguía como fiel guardián de nuestros pasos.

Esa necesidad por su cercanía era algo que debía controlar, pues no deseaba atarlo a mí.

Me repetía que mi deseo de protegerlo era parte de mi trastorno y que no debía convertirlo en algo más.

Llegamos hasta el muro conmemorativo y fui testigo de cómo Avikar comenzó a leer los nombres de los soldados de la ciudad como si pretendiera retenerlos en su memoria.

Me pareció un gesto loable y esa tibieza que solo sentía a su lado se expandió en mi pecho.

Era evidente que Yaad conocía la solemnidad de la ocasión, porque su porte me hacía pensar que también rendía sus respetos a cada uno de ellos.

Con la mirada fija en la pared, entrelacé nuestras manos, no podría transmitirle mi calor, pues nuestros guantes lo impedían, solo deseaba demostrarle que estaba junto a él. Entonces comencé a leer los nombres con él, dándoles voz a personas que nunca había conocido.

Avikar había dejado de moverse, como si el frío por fin lo hubiese congelado. Mientras tanto, el corazón me latía con fuerza porque presentía que su ansiedad había comenzado a desbordarse por algún motivo. Entonces recordé a su amigo y cómo había perdido la vida en una batalla que no era la suya.

—¿Dónde está él?

—Peter era estadounidense y se había alistado en el ejército de su país, así que su nombre no está aquí.

Asentí. Giró y apretó mi mano entre la suya a la vez que esa fuerza invisible volvió a unir nuestras miradas. Me acarició el rostro, el cual sentía acalorado, aunque no sabía si era producto del frío o por esa tibieza que me envolvía cuando él estaba cerca.

Imité el gesto al deslizarle las manos por las cejas y las pestañas, las cuales tenía cubiertas de escarcha.

Se inclinó e hizo una pausa antes de rozarme los labios con los suyos.

Ambos teníamos los labios fríos, era urgente que entráramos en calor, pero no quería que ese instante se terminara, su calidez era suficiente para mí.

—¡Oh, jaanu! —murmuró mientras me deslizaba el dorso de la mano por los pómulos. Todavía no conocía el significado de esa palabra—. ¡¿Qué voy a hacer contigo?!

—No lo sé.

El temor comenzó a adueñarse de mi corazón.

Esa tibieza que sentía cuando él estaba cerca, la ternura que siempre demostraba a mi lado, el salir juntos, todo eso implicaba aceptar sentimientos que creí que jamás volvería a vivir, sentimientos que provocaban pánico en mí: el tener que volver a confiar en un hombre y entregarle mi corazón.

Sin embargo, me había enamorado de mi jefe.

Y él no apartó la mirada.

—Yo sí. Quiero que seas mi novia.

Contuve el aliento porque jamás esperé esas palabras. Sin embargo, ambos nos sobresaltamos al escuchar un jadeo colectivo. Por algún motivo, sus primos estaban detrás de nosotros. Quise desaparecer al encontrar cinco pares de ojos fijos en mí, incapaces de ocultar el asombro.