El silencio de Avikar 62
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Edén

—¡¿Cómo te dejé convencerme de hacer esto?! —gritó Avikar sobre el viento.

—¡No lo sé! ¡Eres la peor persona que existe para hacer planes!

Esa mañana, nos habíamos despertado a dos grados bajo cero, pero con el pasar de las horas y la velocidad de los vientos, la temperatura había bajado hasta menos diez grados centígrados y nosotros corríamos en bicicleta por el parque Rotario.

Lo había vuelto a invitar a salir. Lo había hecho en agradecimiento porque a pesar de conocer cuánto había influido la alergia en mi trastorno obsesivo-compulsivo, él me trataba con normalidad.

Lo que no acababa de comprender era su renuencia a salir conmigo para después llamarme sin parar e inundarme el teléfono de recordatorios.

Avikar era un rompecabezas sin solución, aunque le regalaría paciencia, pues sentía que todavía no estaba listo para explicarme su trastorno y cómo era posible que yo fuera su infierno y paraíso al mismo tiempo.

Había dormido solo un par de horas e imaginaba que a él le pasaba lo mismo.

En mi cabeza revivía el instante justo en que se le aceleró tanto el corazón que creí que le daría un infarto.

Estaba segura de que debía ser la única mujer en el mundo a quien las relaciones sexuales terminaban en desastre.

En la primera casi muero, y en la segunda, por poco, le provocaba la muerte a él.

Ni siquiera sabía cómo tuve el valor de pedirle que se quedara, él debía pensar que estaba fuera de control.

Pero, al abrir la puerta, el calor de su piel intensificó el aroma de su perfume y me envolvió en segundos, había conseguido apagar todas mis defensas.

Había ido por mí y, después de mi confesión, había deseado sentirme protegida entre sus brazos e imaginar, por unos segundos, que todo estaría bien.

Sin embargo, debía admitir que, cuando se fue, limpié hasta el último rincón de la casa. Y después me aseguré de preparar varios termos de café y caldo para mantener el calor durante nuestra aventura. Sus mensajes y llamadas me dieron la seguridad que necesitaba de que sí llegaría a nuestra cita.

Casi nadie corría en bicicleta en el invierno por las bajas temperaturas, pero para mí, poder observar el paisaje cubierto de nieve era uno de los mejores regalos de la vida y Avikar sabía cómo no congelarnos en el intento. Al parecer era uno de los pasatiempos que compartía con Peter.

Al llegar al parque, Avikar tenía las dos bicicletas de montaña listas, aunque una era mucho más pequeña que la otra, además tenía dos ruedas de entrenamiento a los lados, y comprendí que esa sería la mía.

Ambas eran de color negro y, según me explicó, tenían las llantas un poco bajas de aire para crear más tracción sobre el suelo.

Me llevó un casco y rodilleras en color amarillo fosforescente, los utilicé sobre mi ropa, por lo que no representaban una amenaza a mi vida.

En uno de sus tantos mensajes, me había recomendado el tipo de vestimenta que utilizaría: la primera capa debía ser en licra, después una capa en lana para mantener el calor y, por último, un conjunto de tela liviana a prueba del agua y del viento.

Era de color rosa brillante, pues él exigió que fuera algo llamativo.

Mientras, y como el día que nos encontramos en el parque, él vestía un conjunto de pantalón negro y chaleco azul turquesa que le enmarcaba el cuerpo.

Al ser tan ajustado, el pantalón me permitía apreciar las pantorrillas definidas.

Esperaba que nunca se percatara de todas las veces que había desviado la mirada hacia ese punto.

En las primeras vueltas, Avikar estaba tenso por los caminos resbalosos y ante la posibilidad de que yo cayera.

Caminaba junto a mí mientras sujetaba la bicicleta.

Tal vez había escogido la peor temporada para aprender, pero sus instrucciones eran claras y sencillas.

Estaba ante la presencia de mi CEO favorito.

Poco a poco comenzó a relajarse y disfrutar de mi locura. Entretanto, Yaad corría de un lado al otro encantado con nuestra aventura.

—¡Ustedes necesitan que les revisen la cabeza! ¡Este clima está horrible! —dijo el señor Logan al alcanzarnos.

Cerca de una hora después de recorrer las veredas del parque, Antoine había recibido una llamada del señor Jack y media hora más tarde sus primos nos habían alcanzado. Al parecer, ellos nunca lo dejaban solo y no lograba entender por qué.

En cuanto pude dominar la bicicleta, Avikar retiró las ruedas de soporte y salimos del parque. A pesar de estar acompañados, sus primos iban por delante de nosotros, mientras que Antoine y yo nos manteníamos uno al lado del otro.

Nos detuvimos en un área asignada desde donde se podía ver el impresionante glaciar Creek.

En cuanto bajamos de la bicicleta, Avikar entrelazó nuestras manos y las levantó para mostrármelo.

Su entusiasmo no me tomaba desprevenida, pues de ahí provenía el agua de la embotelladora.

Nuestras miradas jugaron una vez más a encontrarse para volver a perderse.

Y, en todo momento, le correspondí a esa pequeña curva en sus labios.

Junto a nosotros, la señora Madison y su esposo comenzaron a sacarse algunas selfis con la excusa de preservar para la eternidad la majestuosidad del lugar. Aunque no mostraban afecto abiertamente, se veían felices y hasta podría decirse que enamorados.

Suspiré. No podía negar que sentía curiosidad. Encontrar el amor de por sí era muy difícil y, sin embargo, ellos se veían felices y podría decirse que hasta enamorados.

—Es extraño que Madison confíe en alguien —dijo Avikar al seguir mi mirada.

—No sé de qué me hablas.

Aparté la mirada, pues sentí que de algún modo la traicionaba. Avikar se inclinó para hablarme al oído.

—Ella lo ama.

Me estremecí cuando me rozó con los labios.

—Ella dice que no lo sabe.

Procuré no moverme para no delatarnos.

—Porque teme no ser correspondida, pero él ha sabido ganarse su corazón. Estuve presente el día en que se presentaron y te puedo asegurar que él estaba muy complacido con la elección de pareja de su familia.

Entonces posó esa mirada oscura en la mía.

—¿Y tú? ¿Qué opinas? ¿Crees que es errado arreglar un matrimonio?

Levanté los hombros y los dejé caer.

—Mientras ambos hayan tenido libertad para aceptar, me alegro por ellos.

Negó.

—¿Crees en el matrimonio?

Fui a responderle, pero en ese mismo instante el señor Jack me rodeó por el hombro con su brazo.

—¡Oigan! —exclamó para llamar la atención de la familia—. Tomémonos una foto grupal. Quiero mostrarles a mis hijos de ojos azules esta belleza.

Tan pronto como se acercó, volvió a alejarse en busca del lugar perfecto para la fotografía. El hombre que había permanecido junto a mí dijo con pesar:

—Parece que los hijos de mis primos tendrán tus ojos, Edén.

Comenzó a caminar, pero logré alcanzarlo y lo retuve de la muñeca.

—Yo no tendré hijos, Antoine.

Me alejé de él y me acerqué al grupo con una sonrisa.

—Yo les tomo la fotografía.

La señora Madison me entregó el teléfono mientras era consciente del calor que emanaba Avikar al pasar junto a mí. Se colocó junto a ellos, pero en todo momento sentí que su presencia me envolvía, sentía su mirada clavada en mí.

—Ahora una contigo —propuso ella.

—Pero es una fotografía familiar.

Me sonrió mientras se acercaba a mí para tomarme de la mano y aproximarnos al grupo. En cuanto lo hice, ellos se reacomodaron de tal manera que solo quedó espacio junto a mi jefe.

Fingí acomodarme un mechón de cabello y bajé la cabeza al colocarme junto a él.

Entonces la señora Madison se adelantó unos pasos para sacar una selfi grupal entonces Avikar me pasó un brazo por la cintura y me sujetó la cadera con firmeza.

Con el aliento contenido, giré para observarlo, consciente de que el sonrojo en mis mejillas no era provocado por el frío.