61
Avikar
Pedaleé de prisa.
Jamás imaginé que ese día sería así. Edén me había invitado a entrar a su casa la noche anterior y estuve dando vueltas en la cama toda la noche recriminándome lo estúpido que había sido por no aceptar.
Mantenerte impasible mientras una mujer hermosa te sostenía la mano a la vez que su respiración era superficial y apretaba los muslos en busca de alivio, volvería loco a cualquiera. Sin embargo no había querido que ella se sintiera como una segunda opción.
Los planes —sí, los planes; por más aterrado que me sintiera, con ella deseaba hacerlos— para esa mañana eran simples: estaría en la oficina cuando llegara.
En mi mente se suponía que ella se sentiría halagada y feliz porque no había podido esperar para estar cerca una vez más.
La invitaría a salir y me aseguraría de que dijera que sí.
La seduciría en todo momento y la haría sentir como una reina. Sin la sombra de nadie más. Sin embargo, jamás contemplé que un cambio de rutina desencadenaría su ansiedad y se sentiría vulnerable junto a mí.
Después tuve que añadir a la ecuación mis propios pensamientos intrusivos ante su rechazo y lo que creí sería el mejor día de mi vida se convirtió en el peor. Y lo arruiné todavía más al hacerle sentir avergonzada por su trastorno. ¡Es que era un imbécil!
¿Y si algo podía salir mal, por qué no todo? Para empeorar mi condena descubrí que tenerla junto a mí podría causarle la muerte. ¡Ella podría morir en cualquier momento!
Solo… Solo… Solo… Ella va a morir… morir… morir… Como todas las personas importantes para ti, que se fueron y te olvidaron. Ese es tu castigo…
Una vez más la vida me demostraba que no debía buscar la felicidad, esa estaba prohibida para mí. Mi destino era estar solo. Era el precio que pagaría por mi desobediencia.
No obstante, me aferré a ella y todavía seguiría junto a mí si Zoey no nos hubiera interrumpido.
Para ese momento, el dolor en mi pecho se debía al ejercicio extremo y no a esa mano siniestra que pretendía ahorcarme.
Reconocí hasta dónde había llegado y, desesperado, subí los tres escalones a pesar de la nieve.
Toqué el timbre, esperaba que ella pensara que el temblor, la agitación y el sudor que me dominaban fueran parte del ejercicio por llegar hasta su hogar y no por esa ansiedad que me tenía sumergido en el miedo.
Existía un nuevo terror: perderla a ella también.
Edén abrió la puerta y sentí que el tiempo se suspendió cuando nuestras miradas se encontraron.
Sin embargo fruncí el ceño al percatarme de que tenía la nariz y los ojos enrojecidos como si hubiera llorado por mucho tiempo.
Al mismo tiempo, ella pestañeó una y otra vez al reconocer mi estado desaliñado.
Desde hacía mucho había entendido que era un tic nervioso que hacía cuando la tomaban desprevenida, parpadeaba alrededor de treinta veces en menos de un minuto.
Me permitió pasar.
No le di tiempo a detenerme, no entendía por qué, pero con ella era impulsivo y caótico.
Atrás quedaba el hombre determinado que me esforzaba por ser.
Ese que siempre era respetuoso y obediente.
Cuyas únicas preocupaciones eran ir al trabajo y lograr que el miedo no se asentara en su vida… No hasta que la conocí.
Me adueñé de sus labios en un beso duro y exigente, a la vez que ella me enredaba los dedos en mi cabello. Me respondió el beso con tal pasión y entrega que me tomó desprevenido: se adueñó de mí.
Sin dejar de besarme, bajó sus manos enguantadas por mi pecho, aunque, todavía envuelto en la nube que habíamos creado, reconocí que era extraño que tuviera los guantes puestos, pues en casa no solía utilizarlos.
Las manos le temblaban y por un instante vaciló antes de apoyarlas en mi pantalón con la intensión de quitármelo.
Tenía plena consciencia de mis acciones: la uniría más a mí.
Desde su confesión, la necesitaba cerca, muy, muy cerca.
Junto a mí, no existirían reacciones anafilácticas ni temores a tocar lo que fuera.
Estaba determinado a mover todo sin robarle su deseo por volar.
Sería una mujer muy independiente, pero juntos, porque ella representaba mi propia libertad.
No era la primera vez que la deseaba. Lo hacía desde hacía muchísimo tiempo.
El día del juego había ido a su casa con la intención de hacerla mía.
La ansiaba entre mis sábanas: jadeante y caliente.
O en la ducha: mojada y resbaladiza. Quería estrujarle la piel y hundirme en ella hasta que suplicara que me detuviera.
Era la primera vez que deseaba a una mujer con esa intensidad. Los medicamentos contra la ansiedad mantenían mi libido casi nula, por lo que el sexo jamás me interesó o lo intenté. El sexo era inexistente para mí. Edén despertaba mis instintos carnales con una intensidad que me parecía excesiva.
Le acaricié el vientre por debajo de la camisa de manga larga y al fin pude tocar esa piel nevada que tanto ansiaba. Ella contuvo el aliento y no me pasó desapercibido el tiritar en su mirada.
—Estás segura conmigo —le prometí entre besos.
Allí, en la entrada de su hogar, a puertas cerradas, le retiré la parte baja de su atuendo, aunque la tensión en sus hombros me hizo comprender que no podría desnudarla. No me importaba. La respetaría. Todo se haría según ella lo dictaminara.
Imaginaba que para ella sería difícil confiar en que estuviera limpio y más cuando había llegado a su hogar después de estar al aire libre sobre la bicicleta.
Lo correcto habría sido bañarme en su casa, con su jabón, y secarme con sus toallas.
mis pensamientos intrusivos ya no me daban tregua y, al parecer, ella tampoco quería detenerse.
Terminó por bajarme el pantalón, y yo por fin conseguí quitarle los leggings. Entonces se humedeció los labios antes de agarrarme la verga entre sus manos y guiarla hasta sus pliegues.
Me perdí en su boca y en su interior. Sonreí —¡sonreí!
— cuando gimió al sentirme dentro de ella.
Le deslicé las manos en la espalda a la vez que suavicé mis besos para reconfortarla y aliviar su incomodidad.
No obstante, su pasión y entrega se desbordaron obligándome a rendirme ante ella y por unos minutos olvidé todo. Solo éramos ella y yo.
Allí, moviéndonos el uno contra el otro, en ese espacio reducido, y de un modo inexplicable, conocí lo que era tocar el cielo.
No obstante, cuando esa neblina tan placentera comenzó a desaparecer, me percaté de nuestra situación.
No la había cuidado. De hecho, acababa de poner su vida en riesgo.
¿Qué sabía yo de lo que podía hacerle daño?
Solo conocía lo que ella me había contado e imaginaba que la lista de los productos que no podía utilizar sería enorme.
Yo…
Le apoyé la frente en el hombro y un dolor lacerante me atravesó el cuerpo. Entonces sentí un estallido en la cabeza: acababa de convertirla en mi mujer de la manera más deshonrada y vil. Y una vez más humillaba a mi familia.
Estaba fuera de control y tenía que alejarme de ella.
Solo la lastimaba. La había hecho firmar el contrato sin darle oportunidad de leerlo, sin que entendiera la magnitud de este.
Después la acosé con llamadas. Y cuando la vida se interponía entre los dos, la había convertido en mi mujer.
Había pretendido amarrarla a mí y asegurarme de que no moriría.
Era egoísta, pensaba más en lo que yo perdería que en su seguridad.
Ella necesitaba un hombre verdadero y en definitiva yo no lo era.
—Por favor, no entres en pánico.
La pausa en su hablar fue más notable que nunca y me odié aún más por eso.
Levanté la cabeza y tuve que obligarme a mirarla a los ojos, los de ella estaban humedecidos. Me ciñó contra ella, obligándome a permanecer presente.
—Yo…
—Sé lo que esto significa para tu familia.
Por primera vez, vi vacilar su expresión a la vez que yo di un paso atrás y un vacío se me apoderaba del pecho. ¿Qué le habían contado para que comprendiera lo que acabábamos de hacer?
—Pero yo no pensaré en un futuro. No sé a qué le temes, pero sí que yo soy tu desencadenante.
Negué con vehemencia mientras me costaba tragar.
—Pero también eres mi alivio.
—No entiendo por qué.
Se le quebró la voz y una lágrima se le deslizó por la mejilla. Me odié todavía más. Necesitaba hacerla entender que era yo quien iba de error en error.
—Me aproveché de ti. De tu vulne…
—Soy adulta, Avikar. Pude detenerte en cualquier momento, incluso negarte la entrada.
Negué una y otra vez, eso hubiera acabado con mi cordura.
—Edén… Yo… Te busco demasiado. Desde que te conozco me he adueñado de ti.
—Sí. Me llamas en exceso. Pero, para mí, es un recordatorio de que esto que vivo es real. Tus llamadas no me molestan, por el contrario, las agradezco.
La rodeé con mis brazos y me aferré a ella. ¿¡Por qué siempre decía lo correcto!? ¿¡Por qué sus acciones eran tan, tan, perfectas!?
—Edén…
Ladeó la cabeza en un intento de desnudarme el alma.
Pero debía ser responsable. Tenía que explicarle mi trastorno y que fuera ella quien tomara la decisión final.
Quizás podría soportarme tanto como mi familia lo hacía.
Desde el inicio, me había tenido paciencia, un rasgo que nadie más me demostraba, y que solo alimentaba mi esperanza.
—¿Me enseñarías a montar en bicicleta?
Los latidos del corazón se me dispararon ante su petición y sentí escalofrío bajarme por la espalda.
—Edén… Yo…
¿Y si aceptaba y luego ella se arrepentía? ¿Y si acordábamos una hora y ella llegaba tarde?... Solo te lo pide por compromiso. ¡Mira el estado en que llegaste a su hogar! Debe sentirse aterrada de ti.
Ella sabía de mis ataques de pánico, pero no había presenciado todo el espectáculo y eso solo la alejaría de mí.
—Por favor…
Sus mejillas se le tiñeron de rojo al percatarse de sus palabras. Tal vez pensaba que para mí era un sacrificio salir con ella, cuando nada podría estar más lejos de la verdad. Era yo quien no podía creer mi suerte.
Me dedicó una sonrisa incierta por creerse rechazada, la misma que apareció cuando me invitó al teatro, y esa mano siniestra que amenazaba con aparecer una vez más se esfumó.
—Sí —respondí tras aclararme la garganta—. Nos encontraremos en el parque mañana a las siete y cincuenta.
Ladeó la cabeza y no pudo ocultar una risa baja que me recorrió de la cabeza a los pies. Sabía que hacía el ridículo. Sin embargo, prefería que mis pensamientos intrusivos duraran un par de horas y no darle vueltas en mi cabeza toda una semana. Estaría insoportable en el trabajo.
—¿Te quieres quedar? —susurró con un leve rubor en las mejillas.
Le acuné el rostro y le delineé los labios con mis dedos. Entonces la besé.
Sonreí cuando, al separarme, mantuvo los ojos cerrados. Amaba todas sus reacciones porque me permitían conocerla mejor y reconocer cuándo podía acompañarla.
—Si me quedo, ¿cómo conseguiré la bicicleta que necesitas? No me hagas incumplir la promesa que acabo de hacerte.
En cuanto llegara a casa, me sentaría frente a la computadora y me aseguraría de que nada en esa bicicleta tuviera maíz. Me reí cuando comenzó a pestañear con rapidez mientras asentía.