El silencio de Avikar 60
51%

60

Avikar

Edén caminó con dudas hasta la puerta. Antes de salir, giró y me contempló.

Intenté mostrarme sereno para que no se preocupara por mí.

¡Habíamos platicado de su condición, lo menos que tenía que hacer en ese momento era angustiarse por mí!

Pero, aunque se marchó, no me pasó desapercibido que lo hizo en contra de su voluntad y comprendí que no quería dejarme solo. ¡No deseaba dejarme solo!

—¿Por qué hiciste eso?

Me llevé la mano húmeda hasta la sien y comencé a masajeármela para calmar el dolor punzante en mi cabeza.

—Ella no es Peter, Antoine.

Resoplé ante la obviedad en las palabras de Zoey. Ni siquiera comprendía qué hacía allí. Se había entrometido entre Edén y yo.

—Eso lo tengo claro.

Caminó para acercarse a mí, pero me alejé.

—¿Qué te sucede? ¿Por qué estás así?

Era como una hermana para mí y mi cariño por ella era inmenso, pero en ese instante había cometido un error, uno garrafal.

Me había alejado de la única persona que me sumergía en el pánico, pero que a la vez lograba ayudarme a atravesarlo. Con sus palabras, sus caricias y esa pausa en su voz, Edén había sabido ayudarme a recuperar el control.

Me puse el abrigo a toda prisa, y salí de la oficina a pesar de las súplicas de Zoey porque le dijera qué sucedía. No obstante, no podía traicionar a Edén. Ella había confiado en mí y le demostraría que sería distinto a los demás; de mí solo recibiría apoyo.

Salí por la puerta principal después de que Luis, el jefe de seguridad, la abriera para mí. Al verme, Ethan se apresuró a buscar el G90 al sótano. Agradecí el frío que intentó colarse bajo mi piel en esos minutos en los que esperé.

Era algo que había aprendido de ella. No sabía si se debía a la baja temperatura, al blanco que cubría el horizonte o a que empezaba a asociarlo con su presencia. Lo cierto era que, en aquel clima atroz, el miedo perdía fuerza.

Ethan me llevó a casa con bastante rapidez a pesar de la nieve. No obstante, durante el camino no había podido dejar de masajearme la sien y la frente, pues el dolor era cada vez más agudo.

Ni siquiera sabía que el envase contenía un componente derivado del maíz y que podía representar un peligro para ella a la mujer que hacía tiempo había decidido que permanecería junto a mí.

¡Por Krishna! La embotelladora era una trampa mortal para ella. ¿Cómo pudo aceptar trabajar para mí? En cualquier momento también desaparecerá de tu vida y es lo que te mereces. En un par de meses la olvidarás y será como si nunca hubiera existido.

Subí de prisa a mi habitación para quitarme el traje y cambiarme por el atuendo impermeable para salir en bicicleta. El corazón me atronaba en el pecho y estaba seguro de que de un momento a otro se detendría.

Bajé los escalones de dos en dos. Necesitaba escapar de mí mismo y la única forma de lograrlo era sentir el aire frío sobre mi rostro, mientras pedaleaba hasta que no me quedaran fuerzas.

—Hijo, ¿a dónde vas?

No podía hacer nada ante la preocupación en la voz de mi madrina, si bien en ese momento necesitaba estar solo.

—Vuelvo pronto, madre.

—Hijo, ¿qué sucede?

Pasé por su lado sin hacerle la reverencia y abrí la puerta.

—¡No te vas a ir solo! ¡Antoine!

Llegué hasta el garaje para sacar mi bicicleta. Sin embargo, no tuve tiempo de acercarme, pues el tío James me impedía el paso.

—Hoy no.

No me pasó desapercibido el tono desafiante de mi propia voz. Estaba seguro de que era la primera vez.

—Tu madrina está muy preocupada. Llevas varios días disperso, taciturno. ¿Qué pasó con el señor Ortiz?

—No firmamos el acuerdo.

Permaneció sereno a pesar de mis palabras.

—Ya vendrán otros. Regresa a casa, junto a tu familia.

Negué una y otra vez. Entonces me atreví a fijar la mirada en la suya.

—Ahora no.

Sabía que había desafiado a mi madrina y ahora a mi tío, pero ellos no comprendían. Nadie lo hacía... Corrección, Edén sí lo hacía.

—¿Me prometes que no tendremos que ir al hospital?

—No sucederá nada.

En ese instante llegaron mis primos, algunos a medio vestir. Era evidente que mi madrina los había enviado. Cerré los puños para que no se percataran del temblor en mis manos, si lo hacían, jamás podría salir de allí.

—Te acompañaremos —dijo Logan.

Y todos asintieron con el semblante pétreo.

—Hoy no, sobrinos —intervino el tío James.

—La tía Marima no nos perdonará si sucede algo —insistió Jack.

— Le hemos confiado nuestra empresa y nuestras finanzas durante los últimos dos años. Creo que podemos dejarlo ir solo esta vez.

Agradecí su voto de confianza. Subí en la bicicleta; sin embargo, antes de poder salir, mi teléfono comenzó a sonar. Fruncí el ceño, ya no estaba seguro de si era una casualidad o alguno de ellos había creído que era una buena acción.

Le arrojé el teléfono al tío James y con la mandíbula apretada dije:

—Dile a tu novia que no me busque más.