El silencio de Avikar 59
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Edén

Tendría que haberme puesto de pie e irme cuando terminé de contarle hasta el último detalle, pero él me tenía acorralada entre sus brazos, apoyados a cada lado de mi cuerpo, mientras permanecía sentado frente a mí. Se mantenía en silencio, quizás porque no sabía qué responder.

—Fui yo quien escogió el envase.

Habíamos pasado cerca de veinte minutos en silencio y esas eran sus primeras palabras después de mi confesión.

—Quisiste preservar el legado de tu abuelo a pesar de la prohibición del plástico.

Él negó con vehemencia, como si se reprochara su decisión, pero mi condición era tan extraña que la mayoría de las personas desconocía de su existencia.

—Podía haber usado vidrio, pero en mi afán de ser reconocido…

Entonces fui yo quien negó.

—Shh… No digas eso. Si lo hubieras hecho, el agua Avikar costaría el triple y tú quieres que sea asequible.

—Es que…

—Soy solo una, Antoine. El agua Avikar es consumida a nivel nacional y lograste traspasar fronteras.

Pero él se aferraba.

—Prohibiré que consuman maíz en la empresa. Yo… Dime qué más es peligroso para ti aquí.

Lo cierto era que si habíamos sobrevivido como raza, había sido porque se satisfacían las necesidades del grupo y no las de los individuos. Cuando algo era débil, los demás continuaban al abandonarlo. A eso se le conocía como selección natural y era lo correcto.

—No puedes pensar así.

Volvió a negarse, en ese instante obstinado.

—No quiero que te vayas… —dijo tajante—. Eres la única que encaja a la perfección en el perfil.

Yo tampoco deseaba irme, pero jamás esperé que él pensara igual. ¿Acaso sería capaz de arriesgarse conmigo? ¿Por qué? ¿En qué perfil era perfecta? Sin embargo, y por algún motivo, recordé el contrato que habíamos firmado.

—¿Por qué en mi oficina estás a salvo?

—Tu escritorio es de acero inoxidable y todos los muebles de madera son antiguos. Esos materiales no representan ningún peligro para mí.

Asintió, entonces fijó la mirada en mis manos enguantadas.

—Por eso los guantes. Me parecía tan extraño porque te lavas las manos con frecuencia, pero los guantes no parecían formar parte del mismo patrón. —Hizo una pausa—. Cuando… cuando te tocas el bolsillo derecho, ¿es solo una compulsión o hay un motivo?

No le has podido ocultar nada. Todos deben de saber que estás loca.

—¿Te has percatado de eso?

—Lo haces cada tres minutos con treinta y tres segundos.

No pude ocultar mi sorpresa. Sabía que lo hacía muy seguido, pero jamás había tomado el tiempo. ¡Y él sí lo había hecho! No, no sabía cómo responder a eso. ¿Cómo? ¿Por qué?

—Mi mejor amigo, Peter, tenía trastorno obsesivo-compulsivo, por eso pude reconocer algunas conductas en ti.

Inspiró hondo antes de continuar:

—Sentarse era muy difícil para él, pues solía mirar sobre su hombro derecho en veintidós ocasiones cada dos minutos, sin fallar. En ese entonces yo era muy inmaduro y solía tocarle el hombro para provocar que lo hiciera. Sin embargo, era el ser más desordenado que conocí.

A pesar de sus palabras, existía cierto brillo en su mirada.

—Vivimos cerca de seis meses juntos cuando hacíamos la licenciatura, pero por el bien de nuestra amistad decidimos que era mejor ir cada cual por su lado. Me desesperaba que tomara mi ropa limpia cuando se le terminaba la suya.

—La señorita Zoey me habló de él.

—¿Sí?

Entrecerró los ojos como si le pareciera extraño, si bien el cariño por su amigo era innegable.

—Ellos eran el uno para el otro. Aunque ella era inmadura en aquel momento, y le hizo muchos reclamos injustificados.

Entre ellos, su carrera, pero él estaba decidido a entrar a las Fuerzas Armadas.

Luchó más que nadie porque su trastorno no fuera un obstáculo.

Tuvo que estar tres años sin el medicamento y someterse a muchas evaluaciones psiquiátricas.

Fueron años de altas y bajas, aun así, lo consiguió.

Yo esperaba que cuando él regresara de su misión ellos lograran su amor, pero nunca sucedió.

Coloqué mi mano izquierda sobre la suya y esa pequeña curva apareció en sus labios.

—Es un honor que me compartas el cariño que aún sientes por él.

—Yaad era suyo, ¿sabes? Sus padres se lo regalaron un año después de que los míos murieran. Estaba adiestrado para interrumpir algunas de las compulsiones de Peter. Cuando él falleció, mi familia convenció a sus padres de dejármelo, pues los tres habíamos sobrevivido juntos a la adolescencia.

Giró su mano para entrelazarla con la mía, entonces comenzó a dibujar un patrón de ocho en mi palma.

—No podrías tener un mejor compañero.

Asintió a la vez que contenía el aliento, y dijo:

—Creo que le recuerdas a Peter y por eso reacciona así contigo. Él está bien entrenado y jamás se acerca a las personas.

—Es un gran ejemplar… Yo…

Me metí la mano en el bolsillo derecho y saqué el estuche.

—Es una EpiPen[2]. Si tengo una reacción, tengo que inyectarme de inmediato, y, aunque me la administre, tengo que ir a la sala de emergencias.

Se lo entregué. Él leyó la parte frontal y entonces lo giró para leer las instrucciones.

—¿Por qué vienen dos?

—Porque hay veces que una sola dosis no es suficiente.

Asintió mientras seguía observándolo.

—¿Cómo se usa?

—Abres el estuche, lo giras y agarras el autoinyector con el puño.

La parte azul mira al cielo, y la parte anaranjada el muslo.

Retiras el tapón azul y pegas la inyección al muslo, no tienes que quitar la ropa.

Entonces la administras en un movimiento contundente.

Cuentas hasta tres y lo retiras. Tienes que guardar el autoinyector utilizado para mostrarlo en la sala de emergencias.

—¿Puedo sacarlo?

—Sí.

Una calma avasallante me abrazó cuando él siguió al pie de la letra la explicación que le di.

Cuando hablaba, él me prestaba toda su atención y mis opiniones eran importantes, algo que nunca había tenido ni con mis padres ni con Mark.

Sabía que no quería atar a Avikar a mi vida, pero me reconfortaba saber que si él formara parte de ella, yo estaría segura y él respetaría mi independencia.

Luego de hacer el movimiento en el aire, guardó la inyección en el estuche y lo colocó en el sillón, junto a su mano. Entonces fijó su mirada en la mía.

—Déjame cambiar todo.

Su voz grave tenía tintes de súplica y decreto.

—Mi caso es extremo. Soy yo quien se tiene que adaptar.

Desvió la mirada, y comprendí que estaba inconforme con mi respuesta. Su necesidad de ayudar parecía hacer mella en él. De pronto se le desfiguró el rostro en una mueca a la vez que abría los ojos de par en par.

— Yo-yo te he besado, ¿has tenido alguna reacción?

Negué con vehemencia.

—No.

—¿Cómo es posible?

—Desde que trabajo contigo, has comido lo que yo te he ordenado y en todo este tiempo he procurado que sea seguro para mí. Por coincidencia utilizamos la misma pasta dental. Y cuando estuviste en casa, te lavaste las manos con mi jabón. Así que de algún modo he estado a salvo contigo.

—Pero ¿alguna vez has tenido una reacción en estas semanas?

Asentí y se tornó lívido.

—El día que me llevaste a casa porque era tarde. Estábamos llegando a mi casa cuando comencé a sentir ese picor molesto en la garganta.

—¿Y qué hiciste?

—En cuanto cerré la puerta, utilicé el autoinyector y llamé a emergencias.

Soltó el aire de golpe y se masajeó la sien.

—¿Pensabas decirme en algún momento?

No me pasó desapercibido el reclamo, por lo que asentí una y otra y otra vez.

—Pensaba comunicártelo cuando firmaras el contrato con el señor Ortiz. Quería que al menos lográramos eso juntos.

Retiré mi mano de la suya, agarré el estuche para guardármelo en el bolsillo y entonces busqué su mirada para tenerla presente en mis sueños, el único lugar donde la volvería a ver.

—Será mejor que me vaya, tengo que recoger mis pertenencias y volver a casa de mis padres.

Cuando intenté levantarme, se apresuró a envolverme entre sus brazos, lo que provocó que cayera en su regazo.

Entonces me estrujó las mejillas y me me besó como un alpinista que cae y logra asegurarse a la cuerda en el último instante.

Rompió el beso cuando fue necesario respirar para continuar con vida.

Y me apoyó la frente en la mía, por lo que nuestras respiraciones agitadas se entremezclaron a la vez que su tibieza y su perfume me envolvían, lo que me hacía sentir segura.

—No puedes irte. No me dejes solo.

—No-No me iré.

Me ciñó a su cuerpo y apoyó su frente entre mi cuello y la clavícula.

Fue por ello por lo que pude sentir el leve temblor en su cuerpo.

Le deslicé las manos por la espalda en un ir y venir pausado, con la intención de reconfortarlo.

Sabía que mi confesión era impactante y trastocaría incluso al más fuerte.

Sin embargo, él seguía ahí y me pedía quedarme.

Estuvimos solos y abrazados durante mucho tiempo. Al parecer no sabía cómo soltarme; seguía aferrado a mí. Le acaricié el cabello y los brazos.

Le delineé las cejas y el contorno de los ojos con mis manos enguantadas, y aunque estaba entre sus brazos, busqué todavía más su cercanía, por lo que le rodeé el cuello con mis brazos. Poco a poco acerqué mis labios a los suyos para rozarlos y dejarle besos delicados sobre ellos.

Por algún motivo, eso lo desarmó, y comenzó a inhalar en movimientos cortos y rápidos.

—Shh… No debes temer por mí. —Por primera vez agradecía la pausa en mi hablar—. Sé lo que debo y no debo hacer. He vivido treinta años a pesar de mí misma.

Asintió. Me acerqué y, entre besos, le susurré palabras reconfortantes en un intento de calmarlo.

—Antoine…

Ambos nos sobresaltamos al reconocer la voz de su prima Zoey. No tenía idea de cuánto tiempo había estado allí.

— Vete, Edén —ordenó ella, mientras mantenía los labios apretados en una línea recta.

Conmigo entre sus brazos, Avikar se puso en pie, lo que me obligó a imitarlo. Quería desaparecer al saberme descubierta. Comprendía que lo que sucedía entre los dos era incorrecto, pero mi corazón me gritaba todo lo contrario.

Él entrelazó nuestras manos y se colocó un paso delante de mí, como si con su cuerpo me protegiera.

—Zoey…

No me pasó desapercibida la advertencia en su voz.

—No sabe lo que sucede, ¿o sí? —reclamó ella.

Él guardó silencio y me contempló. Entrecerré los ojos cuando me soltó. La señorita Zoey me dedicó una sonrisa incierta y dijo:

—La hora de salir ya pasó, Edén. Ve a casa, cae nieve sin parar.