El silencio de Avikar 58
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Edén

—Sé que él se alejará de mí.

No merecía la ternura con la que me hablaba, así como tampoco cómo me envolvía con su presencia. Por su forma de ser, comprendía que deseara conocer hasta el último detalle, pero eso no evitaba que responderle fuera muy difícil. Sorbí por la nariz y volví a negar.

—¿Cómo puedes estar tan segura?

—Porque ya pasó.

Tragó con dificultad, como si jamás hubiera esperado esas palabras.

—¿Estás enamorada y él te abandonó al saber de tu condición?

Negué con vehemencia y con rapidez me limpié las lágrimas que se me deslizaban por los pómulos.

—Mark Pellet…

—¿Tu vecino? ¿El dueño del labrador?

Fruncí el ceño al percatarme de que Avikar había recordado ese detalle cuando solo lo había mencionado una vez.

—Faltaban unos meses para que cumpliera dieciséis, pero Mark tenía veintinueve años, así que tuvimos que mantenerlo en secreto. Tal vez estaba mal, pero él fue el único que se acercó a mí. Lo había conocido en el museo, y ni siquiera sabíamos que éramos vecinos…

Me quedé callada mientras apretaba una mano contra la otra. Estaba a punto de confesarle el peor error de mi vida y estaba segura de que Avikar me juzgaría.

—Él nunca entendió que no podía consumir maíz, pensaba que bastaba con que yo no tuviera maíz cerca. Cuando estábamos juntos, siempre tenía reacciones extrañas. Y mi dieta ha sido controlada por mis padres toda mi vida, así que el único factor diferente era él, pero yo quería…

Guardé silencio una vez más a la vez que levantaba la mano para limpiarme las lágrimas que se me deslizaban por las mejillas.

—Necesitaba pasar por alto las advertencias de mi propio cuerpo. Yo lo amaba, lo amaba, lo amaba…

Cerré los puños hasta enterrarme las uñas en las palmas para intentar controlar la compulsión de repetir las palabras.

—Creí que tendría una vida a su lado, que construiríamos un camino juntos, incluso que tendríamos hijos.

—¿Qué pasó? —La ternura de su voz me hizo sentir a salvo.

—Mis padres comenzaron a sospechar de mis largas caminatas en la finca, así que fuimos más cuidadosos.

El día de mi cumpleaños me propuso escapar y yo dije que sí.

Nos besamos y comencé a sentir el picor en mi garganta, pero lo ignoré.

Mientras me acariciaba, sus manos me quemaban la piel y no lo detuve. Me penetró sin protección…

Me llevé la mano al pecho para intentar calmar los latidos desbocados.

Avikar no se movía. Tenía la mandíbula tan apretada que los dientes le rechinaban.

—Me estás diciendo que, aunque él sabía de tu alergia al maíz, ¿lo consumió antes de tener relaciones sexuales contigo?

Asentí mientras me limpiaba las lágrimas. El vacío que sentía en mi pecho era atroz. Todavía no alcanzaba a comprender cómo había sido tan estúpida.

Porque siempre has sido estúpida, estúpida, estúpida.

—Se quedó paralizado, nunca reaccionó. Y no pude llegar más allá de la puerta de su casa. Caí por la falta de oxígeno, pero me arrastré. Solo necesitaba llegar a casa para inyectarme. Eso les daría tiempo a mis padres a llevarme al hospital…

Tuve que sorber por la nariz otra vez.

—Aunque no llegué muy lejos. Lo único que podía ver a mi alrededor era blanco, pues la nieve me rodeaba. En ese instante le di la razón a mi madre, ella siempre me peleaba para que llevara el medicamento conmigo, pero nunca había querido escucharla…

Callé. Ni siquiera mis padres conocían la historia completa.

A mamá lo único que le había importado era que yo ya no deseara salir de casa, había sido así hasta hacía unos meses.

Por quince años, el único contacto que había tenido con el mundo había sido a través de la computadora para poder estudiar la licenciatura y maestría.

—Cuando Bob, su perro, me encontró, corrió.

Él corrió los dos kilómetros para avisar a mis padres y salvarme.

Pude haber muerto por ese ataque anafiláctico.

El semen de Mark seguía en mi interior. Además, su saliva estaba en mi boca y en mi piel, sin contar el tiempo que tardaron mis padres en llegar…

Negué con la cabeza, pues aún me era difícil de comprender cómo seguía con vida y en ese instante frente a un hombre que escuchaba cada una de mis palabras.

—No sé cómo sobreviví… Solo sé que, cuando por fin pude levantarme de la cama del hospital, tres semanas después, y entré al baño, en mi mente se repetía una y otra vez que, si tocaba la pasta dental o el inodoro, moriría…

Lo contemplé.

—Mi mundo ya no fue igual después de eso… Mi mente ya no se quedó en silencio.