El silencio de Avikar 57
48%

57

Edén

Se puso en pie y se llevó las manos a la cabeza. Las palabras se le habían quedado atoradas en la garganta.

Le recorrí la figura con la mirada. Le presté especial atención a la extensión de sus piernas y la firmeza en sus manos.

También aprecié su cuerpo fornido y la mandíbula cuadrada, además del hermoso cabello de turmalina.

Esa sería la última vez que observaría esos ojos oscuros con los cuales me había regalado ternura y aceptación.

El momento de regresar a casa de mis padres había llegado.

Mamá siempre había tenido la razón. Desear una vida normal era un sueño suicida y yo no era de utilidad para el mundo.

Mi incapacidad no solo me afectaba a mí, sino también a todas las personas que me rodeaban.

Avikar había confiado en mí y había perdido su trabajo de meses.

Ese desenlace solo reafirmaba que debía estar sola.

No podía condenar a las personas a estar junto a mí.

Sin embargo, durante esas semanas, y a pesar de mi trastorno, había sido feliz. Y se lo debía a la confianza que él había depositado en mí al darme el empleo y por eso jamás lo olvidaría. Tampoco olvidaría cómo había intentado ayudarme a enfrentar mi trastorno y el apoyo que siempre me había dado.

Por mi parte, le dejaba una base de datos eficiente y una etiqueta llamativa. En realidad, habíamos sido un buen equipo.

Atesoraría la salida al teatro y extrañaría a Yaad. En ese tiempo, Antoine me había regalado tanto normalidad como excepcionalidad. Avikar honraba su apellido, pues, al menos para mí, era perfecto.

Al fin, pronunció las palabras que esperaba.

—No puedes trabajar para mí.

—Lo sé. —Me puse en pie y fingí tranquilidad—. Ahora mismo iré a recoger mis pertenencias. No sabes cuánto lamento que perdieras meses de trabajo por nada. Quizás podrías hablar con el señor Ortiz. Dile que me despediste por mi incompetencia. Incluso menciónale lo del trastorno obsesivo-compulsivo.

Giré para marcharme, pero él me sujetó de la muñeca.

—No lo voy a hacer, Edén. Dime en dónde estás más segura aquí y hablemos.

Lo sentí cercano, incluso cariñoso, lo que provocó que el corazón se me desbocara, pues desconocía sus intenciones. Tragué con dificultad antes de decir:

—En tu oficina.

Me dejé llevar cuando comenzó a caminar.

Me sentía descolocada, se suponía que debía dirigirme hacia la salida y él me llevaba de la mano a la oficina.

En cuanto entramos, me guio hasta el sillón e hizo un gesto con la mano para que me sentara.

En cuanto lo hice, él se sentó en la mesa de centro para quedar frente a frente.

— Ninguno de nosotros tiene alergias, así que esto es nuevo para mí. ¿Dices que, si tomas nuestra agua, podrías morir en minutos? ¿Cómo es posible?

—Mi sistema inmunitario sufre una reacción severa y rápida si estoy expuesta al maíz. Es un caso extremo.

—Pero ¿al agua?

—Los derivados del maíz aparecen en una enorme cantidad de productos y procesos industriales.

Hablaba con más pausas de lo habitual, pues en mi cabeza, solo existía un torbellino.

— Incluso el etanol utilizado en algunos combustibles puede proceder del maíz.

Para tu envase, el cartón está recubierto por una lámina delgada de ácido poliláctico.

El que utiliza la embotelladora se obtiene a partir de almidón de maíz.

Esa es precisamente una de las características que permite que el envase se descomponga con rapidez.

Él echó la cabeza atrás. Tenía los ojos entrecerrados, como si le fuera muy difícil aceptar la verdad.

—¿Cómo sabes todo eso?

Me aclaré la garganta.

— Tengo que llamar a los fabricantes antes de consumir un producto y, a veces, ni ellos mismos saben la respuesta.

Guardé silencio unos minutos, entonces continué:

—El maíz no se considera un alérgeno prioritario en Canadá, así que identificar todos sus posibles derivados no es sencillo. Por eso nos guiamos por las experiencias de otros. Para ello sigo varios blogs en Internet y si alguien presenta alguna reacción a un producto, ya no lo consumo.

Soltó un suspiro, apoyó los codos en las rodillas y se llevó los dedos al puente de la nariz. Permaneció así largos minutos. Cuando volvió a mirarme, tenía la mandíbula apretada.

—Si es así, ¿qué comes?

Me aclaré la garganta. Era la primera vez que le explicaba mi condición a alguien ajeno a mis padres y a los doctores. Y era muy difícil reconocer que no solo era vulnerable por el trastorno obsesivo-compulsivo, mi vulnerabilidad era aún mayor por la alergia.

—Mis papás decidieron mudarse a la Columbia Británica desde Ontario cuando me diagnosticaron la alergia.

Ellos escogieron Dawson Creek porque su población es pequeña y sus tierras son productivas.

En ellas tienen una diversidad de cultivos y animales de granja.

Su estricto sistema de siembra me permite consumir productos frescos cuando están en temporada.

Lo demás se preserva para los meses de otoño e invierno.

Sé que estamos rodeados de mercados locales y granjeros que ofrecen sus productos.

Mamá nunca ha querido arriesgarse. Y yo aprendí a hacer lo mismo.

Asintió, aunque el silencio nos envolvió, como si intentara comprender la magnitud de mi problema.

—¿Quieres decir que algunas de tus conductas también son aprendidas?

—Sí… —Hice una pausa mientras las lágrimas se me deslizaban por las mejillas—.

He estado tantas veces hospitalizada, a punto de morir en salas de emergencia…

Incluso algunos medicamentos y suministros médicos pueden contener derivados del maíz.

Mamá comenzó a vivir pendiente de cada objeto que podía hacerme daño y su trastorno se exacerbó.

Tenemos una predisposición genética, pero en mi caso la alergia hizo que todo fuera mucho peor.

Papá dice que, cuando la conoció, el trastorno de mamá era leve y se trataba solo con terapia.

—¿Y tú?

—Cuando estoy fuera, en la nieve, me siento libre. Mis pensamientos se detienen…

Inspiré hondo y me mordí el labio antes de continuar:

—Y contigo… Contigo tengo microsegundos de silencio. Pero el resto del tiempo, en lo único que pienso, es que no puedo entrar en contacto con nada a mi alrededor porque si lo hago voy a morir.

—¿Có-Cómo tus padres te explicaron lo que sucedía?

—Cuando tenía cuatro años, mamá llegó a casa con un cuadro de una mazorca de maíz.

Guardé silencio otra vez, pero él esperó. Aunque lo cierto era que con cada pregunta, todo se volvía más difícil.

—Si tú eres obediente y respetuoso de tus mayores, yo soy curiosa y retadora. Siempre cuestioné a mis padres.

Me pasé las manos por el cabello.

—Ese día ella llevó el cuadro, y con frialdad y exigencias dijo: «¡¿Lo ves?! Apréndete bien su forma, porque si lo tocas morirás. ¡¿Quieres seguir cuestionándome?!»

Me quedé callada otra vez, él extendió la mano, pero en el último segundo se contuvo.

—Todavía hoy tengo pesadillas con ese cuadro.

Mi voz había sonado pequeñita.

—¿Por qué estás aquí? ¿Por qué saliste del lugar que te mantiene con vida?

En su voz percibí la angustia que intentaba ocultar desde que conocía la verdad, aunque sus ojos no sabían mentir.

—Porque ellos no son felices…

Sollocé. Tenerlo que admitir en voz alta era muy doloroso. Entonces bajé la cabeza.

—Soy una carga para mis padres y deseo ser independiente.

Avikar se deslizó hasta el suelo y colocó las manos a cada lado de mi cuerpo como si ansiara envolverme, pero se contuvo.

—¿Decidiste mudarte para demostrarles que ya no tienen que sacrificarse?

Asentí con vehemencia.

—Soy mayor de edad. Esto solo me corresponde a mí.

Ladeó la cabeza, como tantas veces lo había hecho yo. Buscaba mi mirada como si con ello pudiera descifrarme, pero no era un rompecabezas. Lo cierto era que no existía nada más. Solo mi anhelo por independencia, por no ser una carga para nadie.

Cuando al fin encontró mi mirada, me contempló.

—En la vida no podemos ir solos, Edén. Todos necesitamos compañía. Es sano y necesario.

Negué con fervor.

—No, Avikar. Desde hace meses decidí estar sola… Esto morirá conmigo.

—¿Y si te enamoras? ¿Lo alejarás de ti?