El silencio de Avikar 56
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Edén

Negué con vehemencia.

—Gracias —susurré.

Con pasos medidos se acercó a mí. Para ese instante tenía la camisa azul cielo arremangada. Y no se me escapó el movimiento brusco que hizo al tragar.

—Edén, lloras. ¿Tengo que detenerlo antes de que abandone el edificio?

Me toqué los ojos; no me había dado cuenta de que lloraba.

—No —susurré.

—Edén…

Se agachó y me acunó el rostro entre sus manos, mientras la frente se le perlaba de sudor y el pulso le golpeaba en el cuello.

—Arruiné tu trabajo. Él no va a firmar.

Apoyé el rostro con más fuerza entre sus manos.

—Entonces es bueno que sí exista un señor Arroyo esperando nuestra llamada. Volveremos a empezar, no te preocupes por eso.

Negué con la cabeza.

—Trabajaste en ese acuerdo casi un año y lo arruiné.

Entrelazó nuestras manos y comenzó ese conocido ir y venir del pulgar sobre mi pulso, pero la ansiedad no cedía.

—Dime por qué lo arruinaste.

—Quería que tomara agua.

Los sollozos me quebraron la voz.

—Él no tiene derecho a exigir que consumas nuestro producto. Y ahora no quiero negociar con él. Si esa es su forma de tratar a los empleados, no tiene cabida en nuestra empresa, ¿de acuerdo?

Las lágrimas me corrieron por las mejillas, pero no apartó las manos de mi rostro.

—Solo quiero entender. ¿Qué pasaría si probaras nuestra agua?

Tuve que sorber por la nariz antes de responderle.

—Soy alérgica al maíz.

Él entrecerró los ojos. Sabía que mi respuesta debía parecerle muy extraña.

—¿Y por eso no puedes tomar nuestra agua?

Negué con vehemencia.

—Para que tu envase sea biodegradable, utilizan un subproducto de maíz.

Abrió los ojos de par en par a la vez que la piel se le tornaba lívida. Consiguió preguntar:

—¿Qué podría suceder? ¿Te saldría un salpullido en la piel?

Negué una y otra y otra vez.

—Puedo morir en minutos.