El silencio de Avikar 55
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Edén

No me dejes sola, por favor… Son tus últimos momentos de vida y todo por tu necedad. Tenías que quedarte en la granja de tus padres.

—Yo-yo… Yo… Yo… —intenté decir algo, no obstante, ninguna palabra abandonó mis labios.

—Te prometo cuidarla, Antoine —dijo el señor Ortiz al ponerse de pie.

Ambos se sostuvieron la mirada durante un largo momento. Entonces Avikar giró hacia mí y me contempló con esos ojos penetrantes.

Pídeme que me vaya contigo.

Una gota de sudor se le deslizó por la sien antes de dejarme a solas con su cliente.

¿Lo traes contigo?... Sí… ¿Estás segura?... Sí… No será suficiente. Este es tu fin.

Me llevé la mano al bolsillo derecho de la falda y apreté el estuche. Al mismo tiempo, el señor Ortiz el señor Ortiz apartó la silla que tenía a su lado y me indicó que me sentara.

—Gracias por acompañarme.

Me temblaba todo cuando tomé asiento. Entonces él se acercó al refrigerador, fue el momento en que aproveché para sacarme el teléfono del bolsillo y lo coloqué en la silla, junto a mi muslo, por si necesitaba utilizar el acceso rápido. Se escuchó el sonido de una notificación en el teléfono.

Avikar 1:19 pm

¿Sabes dónde está

la carpeta del señor Arroyo?

El señor Ortiz sacó un cartón de agua Avikar. Con pasos seguros caminó de regreso y me rodeó con los brazos para dejar el envase frente a mí. Me tenía acorralada y el corazón me latía con frenesí. Recibí otra notificación.

Avikar 1:22 pm

Quiero que adelantemos la reunión.

Llama a su oficina hoy mismo.

No podía moverme… Yo…

Vas a morir… Vas a morir… Vas a morir…

—¿No va a tomarla?

Negué con vehemencia. Y otra notificación.

Avikar 1:24 pm

Edén…

—¿Por qué mis clientes deberían consumirla si la secretaria de su productor no lo hace? ¿Alguna vez la ha probado?

—No.

Y otra notificación.

Avikar 1:27 pm

Él solo quiere el envase,

no le importa el agua.

¿Lo tienes contigo?... Sí… ¿Estás segura?… Sí… ¿Qué vas a hacer?... No lo sé…

—Yo sí, es extraordinaria. Pasa con suavidad por la garganta. Deja un gusto un poco dulzón en la boca y sacia la sed. Debo admitir que el negocio estaba cerrado, pero apareció usted, y su jefe le permite que en su propia empresa traiga el producto de la competencia.

Y otra notificación.

Avikar 1:31 pm

¿De qué hablan?

—¿Cómo sabe que no la tomo?

Y otra.

Avikar 1:33 pm

Edén…

—Suelo investigar a todas las empresas con las que hago tratos.

Como sabe, en mi cadena de supermercados solo se comercializan productos sustentables.

Tengo que asegurarme de que en realidad lo sean y el agua Avikar es uno de los pocos productos cuya producción refleja una preocupación real por la huella ecológica.

Pero repito, si el señor Avikar no logra que su propia secretaria lo avale, ¿qué puedo esperar de mis clientes?

No voy a invertir mi dinero para perderlo, señorita Swan.

El teléfono sonó tres veces más, por lo que el señor Ortiz bajó la mirada hasta donde se encontraba y se percató de que los mensajes eran de Avikar. Una sonrisa sagaz le alteró el rostro.

Me aclaré la garganta antes de responder:

—¿Y va a basar su decisión en una sola persona? Si en realidad le interesa tanto la sustentabilidad de un producto, ¿ cómo es que utiliza una de las marcas de ropa que menos se preocupa por el medioambiente?

Hice una pausa y él sonrió con descaro. Le entró una llamada y fue el instante en que aproveché para escribir un mensaje de texto.

—Durante la presentación ha puesto un pero tras otro.

No le gusta el producto porque no se le ocurrió a usted.

Sabe que el señor Avikar tiene una mina de oro entre sus manos y le molesta que no la explote, que mantenga sus precios asequibles y, aparte, invierta su dinero en un programa de potabilización en comunidades donde el acceso al agua segura es limitado.

Él es de los que piensa que el agua envasada es una opción a las gaseosas y bebidas azucaradas.

Usted es de los que defienden que el agua envasada compite con el agua del grifo.

Una sonrisa burlona apareció en su rostro, quizá por las pausas de mi habla pese al esfuerzo por mantenerme firme. Sin embargo, se le borró cuando la puerta del salón de juntas se abrió y Avikar apareció con los ojos entrecerrados.

—La señorita Swan ha sido de gran ayuda. Te comunicaré mi decisión en unos días, Antoine.

Detestaba que lo llamara Antoine pues de ese modo le quitaba su autoridad. El señor Ortiz se apresuró a recoger sus pertenencias y se marchó.

Pero a Avikar no pareció importarle, me contemplaba a la vez que los ojos se me humedecían, pues con una sola palabra había llegado a mí.

—Escribiste Antoine. ¿Qué sucede?