53
Edén
—¿Piensas mirarme en algún momento?
Estábamos en el baño. Le arreglaba el cabello con la intención de que estuviera perfecto. El avión del señor Ortiz se había atrasado por las nevadas en Estados Unidos y Avikar me había pedido que lo dejara solo.
Sin embargo, cuando entré a la oficina para decirle que el avión había llegado, tres horas después, y que el señor Ethan había ido por el caballero al aeropuerto, encontré a Antoine con el cabello despeinado, como si se hubiera pasado las manos entre las hebras con desesperación.
No obstante, yo seguía esquivando su mirada.
—¿El restaurante pudo preparar el almuerzo a tiempo? —preguntó luego de soltar un resoplido ante mi silencio.
—Sí, no tienes de qué preocuparte. Todo está en orden.
—¿Me veo bien?
Di unos pasos atrás para observarlo por completo. Su porte y elegancia eran indiscutibles.
—Quizás…
Salí de la oficina y regresé con mi bolso. Entonces, del bolsillo interno central, saqué un pañuelo blanco pequeño y se lo coloqué en el bolsillo del pecho. Era un detalle insignificante, pero, si el señor Ortiz no llevaba uno, el contraste resaltaría el cuidado que Avikar ponía en su imagen.
—Un detalle adicional, pero tú eres un digno representante de la embotelladora y de Mahir Avikar.
Entonces sí nuestras miradas se encontraron por un segundo, como si nuestras almas le hubieran dado la vuelta a nuestras mentes. Por suerte, el teléfono sonó y me apresuré a contestarlo. Hee-Jin me informaba que nuestro visitante había llegado.
No obstante, tomé a Avikar de la mano cuando pretendió salir, tenía las manos heladas.
—Espera…
—¿Por qué? —dijo con sus ojos muy abiertos.
—Hazme caso.
Durante esos cinco minutos, su piel palideció y tragó con dificultad varias veces. En cuanto lo solté, caminamos hasta la puerta donde él se detuvo para permitirme salir, aunque permanecí dos pasos atrás para que fuera él quien recibiera al invitado.
—Le pediré a la secretaria del señor Arroyo que reprogramemos la llamada. Estoy segura de que él entenderá.
Se detuvo por un instante.
Sígueme la corriente.
—En cuanto termines, nos alcanzas en el salón de juntas.
Solté el aire que contenía porque había entendido mis intenciones. El caballero siempre nos había hecho esperar y era momento de devolverle la cortesía.
Avikar se detuvo frente al señor Ortiz, pero el caballero se adelantó en el saludo y lo obligó a extender la mano derecha.
—Bienvenido a la embotelladora Avikar, soy Antoine Avikar. Lamento la demora, mi agenda está un poco recargada en estos días.
¿Lo traes contigo?... Sí… ¿Estás segura?... Sí… El caballero viajó desde México. Atravesó mínimo dos aeropuertos. Quién sabe cuántas partículas hay encima del traje o en sus manos. No seas intrépida, mantente alejada de él y ni siquiera eso te salvará… Vas a morir… morir… morir…
Me llevé la mano al bolsillo derecho de la falda y toqué el estuche.
El señor Ortiz era tal vez un par de años mayor que Avikar.
La piel blanca contrastaba con el cabello castaño y los ojos cafés, los cuales eran pequeños y con pestañas abundantes.
Lucía un traje de alta costura entallado en color azul marino, y había acertado, pues no llevaba pañuelo en el bolsillo del pecho.
Tampoco me pasó desapercibida la sonrisa presumida en sus labios gruesos.
—Es un placer conocerlo. No hay nada que disculpar. Fue muy considerado enviar a su chófer personal por mí. Estaba preparado para que se negara a recibirme.
El caballero dejó de observar a Avikar y fijó su mirada en mí, por lo que di un pequeño paso hacia la izquierda para esconderme detrás de mi jefe.
—Mis clientes son muy importantes. ¿Comenzamos la reunión?
Avikar le indicó el pasillo que conducía al salón de juntas, pero el señor Ortiz me señaló.
¿Lo traes contigo?... Sí… ¿Estás segura?... Sí… No va a ser suficiente, no reaccionarás con rapidez. Esto es un grave error. Vas a morir… morir… morir…
—Ella debe ser la señorita Swan.
Antes de que pudiera tocar el estuche en mi bolsillo, me tomó de la mano y depositó un beso sobre ella.
—Es un placer darle rostro a esa hermosa voz.
El corazón me latía tan rápido que sentía el pecho apretado. ¡Él no podía tocarme! Sin embargo, y sin soltarme, continuó:
—Imagino que la jornada de trabajo es muy larga. Yo querría estar rodeado de su belleza todo el día.
Me aparté otro paso y no respondí.
—¿Pasamos al salón de juntas? —dijo Avikar con los labios apretados en una línea recta.
El caballero asintió y pasó primero. La ansiedad comenzó a ceder un poco cuando Antoine levantó la mano izquierda y la apoyó en la parte baja de mi espalda para escoltarme hasta mi escritorio.