El silencio de Avikar 52
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Edén

Salí del baño cerca de cincuenta minutos después con las botas en mis manos y todo tan inmaculado como lo había encontrado.

En cuanto giré, tenía a Avikar frente a mí.

Vestía un traje de tres piezas gris marengo con un corte muy moderno y mucho más ajustado, por lo que sus caderas se veían más estrechas que de costumbre.

Además, lucía una camisa azul cielo, los gemelos de plata y una corbata azul cobalto.

En la muñeca derecha llevaba el reloj de su padre, con correa de cuero oscuro y una esfera de gran tamaño.

Una tibieza se expandió por mi piel. Era un hombre guapo, pero ese día se veía excelso. Algo muy comprensible, pues el señor Ortiz visitaría la embotelladora y Avikar quería dar la mejor imagen.

Sin embargo, parpadeé varias veces y levanté la mano izquierda para asegurarme de la hora. Eran las ocho y cuarenta y él solía llegar a las nueve en punto. Fruncí el ceño ante el cambio en su rutina.

—¿Qué haces aquí?

—Te tardaste más de lo usual, vine a ver qué ocurría.

—¿Llegaste antes que yo?

La alarma se coló en mi voz.

El café no está hecho. No he preparado el salón de juntas. Yo no estoy lista, aún tengo las botas en la mano. Él está perfecto y yo… El piso está mojado por mis botas, ¿y si alguien se cae? Debí prever que llegaría temprano. Soy una estúpida.

—Ya que tú lo haces, pensé en seguir tu ejemplo.

Percibí cierta picardía en su tono.

—No lo hagas.

Imitó mi gesto al fruncir el ceño también.

—¿Por qué?

—Voy a sentir que llego tarde y…

—Pensé que ibas a seguir las recomendaciones del psiquiatra. Me pediste ayuda.

¿Por qué las personas no pueden respetar las rutinas? ¡Todos llegan a las nueve!… ¿Por qué él y la señorita Grenier llegaron antes que yo?

—¿Por qué no te controlas tú?

Abrió los ojos de par en par a la vez que se le dificultaba tragar.

—¿De qué hablabas con Chloe?

—No es por ella… Avikar, me gusta tener el café listo cuando llegas, los papeles organizados y la agenda en orden.

—Puedes hacerlo conmigo en la oficina.

—¿Vas a vigilar cada uno de mis movimientos?

Me rozó la muñeca con el pulgar y después lo deslizó por la palma de mi mano. Eso fue suficiente para que ese microsegundo de calma me abrazara.

¿Qué sucede? —preguntó con un tinte de ternura en la voz—. Anoche estabas muy relajada.

—Tú sabes que no funciona así. Que esos momentos son la excepción a la regla —susurré.

Él asintió, pero desvió la mirada. No entendía qué quería de mí. Se aclaró la garganta mientras fruncía el ceño y dijo:

—Hoy es un día muy importante y necesito a mi asistente en óptimo estado, ¿de acuerdo?

Asentí porque mi voz me traicionó.

Me quitó las botas de las manos y con un paso seguro se alejó de mí.

Lo seguí, no obstante me detuve en seco al ver a Hee-Jin en su puesto.

La embotelladora había iniciado el día temprano y yo tenía la mente ocupada en el beso y el paseo en el lago.

Me había prometido encontrar mi autonomía y, en cuanto un hombre aparecía frente a mí, me dejaba envolver y perjudicaba mi trabajo.

Solo es un pequeño contratiempo. Tú puedes hacerlo. Tienes el día estructurado. Sigue tus propias reglas.

Entramos a la oficina, luego de que él mismo guardara mis botas. Me acerqué a la cafetera para preparar un café rápido. Cinco minutos después dejé la taza sobre el portavaso y me dirigí al baño para lavar la jarra. En cuanto salí, Avikar escupía sobre la servilleta.

—¿Qué sucede?

—Promete que le ofrecerás una mejor taza de café al señor Ortiz.

No podía ocultar el asco que sentía.

—¿Qué tiene de malo?

— Pusiste crema en el filtro en lugar de café molido.

¡Estupendo! Ahora tendrás que preparar otro. ¡Como si no estuvieras atrasada ya!... Me estás afectando en mi trabajo y hoy es un día importante. ¡Todavía no son las nueve!... ¿Acaso no has visto a tu alrededor? ¡Todos ya comenzaron a trabajar! ¡Tendrás suerte si él no te despide por esto!

Coloqué la jarra en su lugar. Abrí un envase de agua Avikar de 250 ml y lo vertí en la cafetera.

Entonces agarré la lata de su abuelo donde guardaba el café molido que mamá enviaba para mí.

Estaba segura de que Avikar no sospechaba todos los cambios que había hecho en la oficina para poder trabajar para él.

Medí tres cucharaditas y me aseguré de que quedaran al ras. Cerca de quince minutos después la encendí.

Me estremecí al sentir sus manos firmes recorrer el contorno de mi cuerpo y giré. Su mirada estaba nublada a la vez que me hundía los dedos en la piel.

—¿Quieres que reaccione como lo hice el día de la entrevista?

Su aliento me golpeó los labios, a la vez que tenía la mandíbula apretada y no existía espacio entre los dos. Al parecer, él también era consciente de que estábamos cruzando los límites que habíamos intentado imponer e intentaba contenerse.

—¿Le vas a ofrecer un empleo al señor Ortiz?

—Una sonrisa involuntaria apareció en mis labios al percibir la sorpresa en sus ojos—.

Es el presidente de su propia empresa, no creo que acepte tener un puesto menor y tú lo despedirías el primer día de trabajo por llegar tarde.

Entonces la señorita Zoey se enojaría contigo y renunciaría.

Inspiró hondo y exhaló despacio.

—Tienes todo tan organizado que me sorprendería que algo saliera mal, aunque lo hicieras a propósito.

Soy tan perfecta que te acabo de dar una taza de crema. Como tu asistente, tendría que saber que llegarías temprano dada la agenda del día. Soy estúpida.

—¡Chod! Ya basta. Dile que hoy no joda.

Solo entonces me percaté de que parecía cansado, como si no hubiera dormido bien la noche anterior. Sin embargo contuve el aliento ante su exabrupto.

—Dijiste que lo intentarías y en este momento te consumes porque llegué antes que tú. Le cedes terreno a las obsesiones. Estructuras mis días, pero soy un ser humano capaz de tomar decisiones.

Asentí con vehemencia.

—¡Y hoy me apetecía llegar temprano!

Evité mirarlo mientras se me humedecían los ojos.

El teléfono comenzó a sonar y él se alejó de mí para permitirme el paso. Me acerqué al escritorio y apreté el botón de la línea dos.

—Buenos días, oficina del señor Antoine Avikar.

—Edén —dijo Hee-Jin—, ya llegó el desayuno que ordenaste para la reunión.

—Gracias. Voy en un minuto.

En cuanto colgué, me acerqué al archivero y serví una taza de café. La dejé encima del portavaso, asegurándome de que estuviera a la distancia justa. Aunque evitaba mirarlo, sabía que seguía cada uno de mis movimientos.

—¿Necesitas algo más?

—No.

Asentí. Di media vuelta y salí.

¿Qué esperaba de mí ese día?... ¡Que hagas tu maldito trabajo!