El silencio de Avikar 51
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Edén

Cada día superas la batalla, por extraño que parezca, todo va bien y en orden. Tú puedes hacerlo… Tú puedes hacerlo… Tú puedes hacerlo…

En cuanto llegué a la oficina, a las siete y cincuenta de la mañana, saqué los zapatos negros de aguja del cajón inferior derecho y me dirigí al baño. Me senté en uno de los bancos de imitación de piedra para soltar las agujetas de las botas de nieve.

¿Lo tienes contigo?... Sí… ¿Estás segura?... Sí…

Me quité las botas y volví a ponérmelas en seis ocasiones antes de poder calzar y descalzar los tacones otras seis veces. Cuando terminé, caminé hasta los lavamanos para revisar que mi aspecto siguiera impecable.

Frente al espejo, me llevé los dedos a los labios.

Y en mis ojos azules había un brillo olvidado.

¿Qué me ocurría? No había salido de casa para enamorarme, la única intención era encontrar mi independencia.

Entonces, ¿por qué aún sentía sus labios sobre los míos?

¿Por qué ese beso tan inocente tatuó mi corazón?

Si yo misma le dije que no sería una cita, y él había aceptado por esa condición.

Sucedía aquello sobre lo que el psiquiatra me había advertido.

Avikar era el primer hombre con quien me relacionaba después de muchos años.

¿Y si estaba confundiendo la seguridad que encontraba a su lado con algo más?

Escuché cuando la puerta del baño se abrió y con el aliento contenido no perdí detalle de cómo la señorita Grenier se acercaba a mí hasta quedar a mi lado.

Lucía despampanante, con un vestido negro entallado, tenía el cabello rubio, lustroso y el maquillaje era digno de una estrella.

Era una mujer muy hermosa, pero al parecer ese día quería ser el centro de atención.

Mantuve la mirada fija en el espejo, aunque pude ver cuando buscó en su bolso y sacó un lápiz labial rojo para retocarse.

Los nervios comenzaron a dominarme. Ella no había ido a la cita, pero yo no tenía por qué haber invitado a Avikar cuando me regaló los boletos.

Le había faltado el respeto a su relación.

A la vez que se pintaba, posó su mirada verde en la mía, lo que me tensó aún más, pues me sentía al descubierto.

—Buenos días, Edén.

—Hola, señorita Grenier —susurré.

—¿Antoine está bien?

—¿Por qué lo dejó plantado?

Me sorprendió la firmeza de mi voz, casi sin pausas. Ella bajó la cabeza y jugó con el interior de su bolso unos minutos.

¿Lo tienes contigo?… Sí… ¿Estás segura?... Sí… Revisa… Revisa… Revisa.

Me llevé la mano al bolsillo derecho de la falda.

—Tú no entiendes…

No había nada que entender y la interrumpí:

—Si no pensaba ir…

Pero no pude terminar, porque ella dijo:

—Estoy comprometida.

Parpadeé varias veces ante su confesión.

—¿Aun así, aceptó salir con él?

En sus labios se dibujó una sonrisa amarga.

—Las novias de Antoine nunca dejan de serlo, aunque te cases y vivas en la Patagonia.

Fruncí el ceño.

—¿Qué quiere decir?

—Con él viví el mejor noviazgo y solo fueron tres meses.

Él necesita una mujer muy segura de sí misma, recia y yo pensé serlo.

—Me dedicó una sonrisa que no le llegó a los ojos—.

En mi entrevista con Antoine, James se presentó y me ofreció el empleo.

Acepté porque Antoine me gustó desde el instante en que lo vi, además James me ofreció mejores condiciones. Tenía todo.

—No entiendo…

—Me enamoré de James y dejé a Antoine.

Una punzada me atravesó el pecho y me llevé la mano al corazón.

—Pero ¿por qué aceptó salir con él?

Se miró en el espejo mientras se acomodaba el cabello.

—Ya te dije, una novia de Antoine jamás deja de serlo.

—Sigo sin entender, señorita Grenier. ¿Por qué sintió la necesidad de venir aquí y revelarme su vida?

A través del espejo me contempló.

—Todos podemos ver que hay algo entre Antoine y tú. James está dispuesto a darte una muy buena carta de recomendación para otra empresa. En el mismo puesto, por supuesto. Vete, Edén, antes de que su relación se vuelva seria.

—Yo ya firmé el contrato.

Sonrió.

—Ambas sabemos que no es legal.

Entonces fui yo quien la contempló.

—Usted dice ser la prometida del señor James.

¿Por qué él querría que me fuera? Si es como usted dice, y existe algo entre Avikar y yo, ya no habría roces entre ellos porque Antoine ya no la buscaría.

Por otra parte, señorita Grenier, si de verdad quiere que él ya no intervenga en su relación, es necesario que usted tampoco lo llame.

—¿Cómo lo sabes…? —Entrecerró los ojos verdes—. ¿Estabas con él?

Le sostuve la mirada, pero no respondí. Cuando comprendió que no obtendría nada de mí, se marchó.