El silencio de Avikar 50
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Edén

Negué con la cabeza.

—Fue hermoso.

Levanté la mano temblorosa y delineé cada centímetro de su rostro, desde la frente hasta los labios. Después la deslicé hasta su pecho, sobre el corazón. Y con la mirada fija en ese punto, añadí:

—Gracias por demostrarme que puedo estar rodeada de personas. Yo… Es algo que nunca olvidaré.

Por algún motivo, los latidos del corazón se le dispararon, como si se encontrara en peligro.

—¿Segura de que es eso?

Asentí.

—Señor, señora. Disculpen que los moleste, pero el teatro ya va a cerrar.

Ambos nos sobresaltamos, mas Avikar se puso en pie y me extendió la mano.

En cuanto salimos, se colgó mi bolso del hombro, me rodeó la cintura con el brazo izquierdo y caminó pegado a mí, tal y como había hecho el día en el parque.

Íbamos despacio para evitar un accidente, pues el camino estaba cubierto por una capa fina de hielo. Tan pronto se acercó al automóvil, la alarma se desactivó y Avikar me abrió la puerta. En cuanto me senté, él lo rodeó y subió a mi lado.

Sin embargo, no arrancó. Se aferró al volante hasta que los nudillos palidecieron. Me quedé en silencio para respetar su espacio.

Pasaron largos minutos hasta que encendió el automóvil y lo puso en marcha. Al salir del estacionamiento, giró a la izquierda. Me recosté en el espaldar para observar la ciudad de noche, ya que en esos meses solo había salido de día.

Los negocios a nuestro alrededor estaban cerrados, por lo que solo las farolas iluminaban las calles.

Pero existía cierto encanto, entre la luz tenue y el caer de la nieve.

Me percaté de que tomó la autopista 95, así que, no me llevaba a casa.

Una sonrisa me floreció en los labios. A pesar del frío, el ambiente en su automóvil era cálido y ese olor a cardamomo y clavo almizclado me envolvía.

Cerca de media hora después llegamos al lago Elizabeth, que desde mediados de noviembre estaba congelado. Pese a la oscuridad, se podían apreciar las Montañas Rocosas en el horizonte y a lo lejos, sobre el lago, algunas personas patinaban o jugaban hockey mientras se iluminaban con lámparas.

Avikar dejó el Audi encendido y apoyó la cabeza en el respaldo a la vez que cerraba los ojos. Extendí la mano con la intención de tomar la suya, pero en el último segundo me contuve, pues quizás se había arrepentido de esa noche.

Minutos después, lo vi bajar del automóvil, rodearlo y abrir mi puerta. Me ofreció su mano.

—¿Te apetece caminar?

Sonreí al mismo tiempo que extendía mi mano para aceptar su invitación.

Nos movimos despacio sobre el hielo, mientras que las luces del automóvil nos iluminaban el camino.

Una sensación incipiente me entibiaba el corazón.

Pensé que jamás volvería a disfrutar de la cercanía y calor de un hombre.

Sin embargo, a pesar de ir en silencio, Antoine me rodeaba la cintura con el brazo izquierdo, en tanto sostenía mi cadera.

En todo momento, nuestras miradas jugaron al gato y al ratón y no estaba segura de si, el rosado en sus pómulos, era solo por el frío.

Al dar la vuelta para no alejarnos demasiado, no estaba segura de qué sucedió, pero en un segundo él perdió el equilibrio por lo resbaladizo del suelo, aunque la verdad, era que ninguno de los dos tenía los zapatos adecuados.

Avikar intentó soltarme, sin embargo, al percatarse de que sería muy tarde y los dos caeríamos, me apretó contra su cuerpo y me protegió la cabeza con las manos antes de que ambos golpeáramos el hielo. Sin embargo el golpe fue contundente.

—¡¿Estás bien?!

Le pasé mis manos enguantadas en su cabeza para comprobar si tenía alguna herida o se había golpeado.

—¡Oh, jaanu! —murmuró.

Creí que eso era lo que había dicho; no conocía su significado.

—Creo que esto fue una mala idea.

¡Comenzó a reír a carcajadas mientras me abrazaba a él! Busqué refugio en su pecho a la vez que sonreía por su tontería. Entonces dijo:

—¿Tú estás bien?

Levanté la mirada y asentí. Me acunó el rostro y me contempló con una sonrisa sincera y hermosa. Me robó el aliento. Entonces levantó la cabeza y me rozó los labios con un beso delicado.

En ese mismo instante, el sistema de sonido del Audi comenzó a sonar una canción hermosa, My body is a cage, de Peter Gabriel.

Esa mirada oscura no dejó escapar la mía. Pese el frío que se colaba bajo la ropa hasta hacernos tiritar, nos mantuvimos serenos. Escuchar esa risa ronca había sido un gran regalo. Uno que nunca pensé recibir.

—No quise lastimarte…

Negué con la cabeza.

—Yo fui quien te dijo que lo mantuviéramos profesional.

Me acunó el rostro.

—Fue un impulso. Es algo que suelo hacer cuando…

De pronto se calló, como si se hubiera percatado, de que confesaría algo. Entonces añadió:

—Siento que lo que me rodea se va a salir de control.

Aunque él me sostenía, ladeé la cabeza en un intento de observarlo mejor y comprenderlo.

—¿Por qué? ¿Por qué te sentirías así solo por mis palabras?

Tragó varias veces antes de conseguir hablar.

—Yo… Tengo… Una… Fobia.

—¿Y yo te desencadeno?

Negó con la cabeza y se apresuró a decir:

—Quería esperar un poco más antes de decírtelo. Sé que no es lo mismo…

—Sí lo es. —Necesité interrumpirlo, pues no podía subestimar su padecimiento—. También estás lidiando con ansiedad. Tus pensamientos deben exigirte tanto como los míos a mí.

—Solo a veces. No me ocurre con tanta constancia como a ti.

—Pero son igual de aterradores.

Le acaricié el rostro una y otra vez. Anhelaba poder quitarme los mitones y dibujar sus facciones con mis dedos, en ese ir y venir que él usaba para ayudarme a disminuir la ansiedad.

Sin embargo, no podía. Estábamos a quince grados bajo cero él tenía que resentir el frío más que yo, pues seguía tendido sobre el hielo.

—Cuando veo cómo luchas por no ceder a tus compulsiones, me impulsas a enfrentar mis miedos, por eso te dije que te necesitaba. Pero hay algo más…

—¿Qué?

Una sonrisa tensa se dibujó en sus labios. No entendía qué me ocurría. Nuestras miradas no lograban separarse y lo encontraba mucho más apuesto.

—Gracias por nuestra no cita. También me enseñaste algo hoy…

Abrí los ojos de par en par y volví a interrumpirlo.

—¿Qué te enseñé?

—Al parecer yo también puedo ser libre en este horrible clima.

Sonreí.

—No sé por qué la nieve tiene ese efecto en mí. No obstante, mi cerebro hace silencio.

—Quizás porque tu cuerpo está a minutos de morir de hipotermia.

Me eché a reír.

—Tal vez.

Su sonrisa se amplió. Todavía conmigo entre los brazos, se colocó de lado para poder levantarse del hielo. Entonces me extendió las manos para que me apoyara.

Con las luces del automóvil iluminándonos, me tomó entre sus brazos cuando la música alcanzó el crescendo, en tanto los violines y el piano nos rodearon.

Ambas fuerzas, la de Avikar y la de la música, me obligaron a contener el aliento.

Por primera vez, no vi culpa ensombreciéndole el rostro.

Solo estaba allí, conmigo, dejándose llevar por el instante.

Y, aun así, la canción hablaba de sus miedos y los míos: del deseo de que nuestros cuerpos se movieran sin las restricciones de nuestras mentes.

En cuanto estuvimos de pie, se detuvo a centímetros de mí.

Mantuvo la mirada fija en la mía, pero por algún motivo creció una pared invisible entre los dos.

La sonrisa, el placer del momento se habían esfumado.

Y frente a mí, se encontraba el hombre tan roto como yo.

Quería acercarme, pero por algún motivo yo misma me detenía.

—Tienes que entrar en calor. He sido un inconsciente. Te he tenido más de veinticinco minutos aquí afuera —dijo tras aclararse la garganta segundos después de que la canción terminara.

Solo pude asentir porque el corazón me golpeaba con tanta fuerza que tenía un nudo en la garganta.

Entrelazó nuestras manos y, con precaución, caminamos hasta el Audi. Abrió la puerta y esperó a que me sentara.

Respeté su silencio mientras me llevaba a casa, si bien mantuve mi mano sobre la suya, en la palanca de cambios. Quería hacerle saber que no lo juzgaba, que no estaba solo en su lucha. Él me regalaba aceptación y yo le obsequiaría paciencia. Estaría allí cuando necesitara abrirse conmigo.

Cerré los ojos, pues no me interesaba ver la carretera.

Quería concentrarme en el olor de su perfume, el calor que emanaba su cuerpo y recordar el roce de sus labios en los míos.

No lograba distinguir si el zumbido del motor o el de mi cuerpo era el causante de esa inquietud en mi interior.

Por algún motivo, mi respiración era superficial mientras él conducía con tranquilidad, adueñándose de la carretera.

Se detuvo frente a la casa cuarenta y cinco minutos después. Rodeó el automóvil y abrió la puerta. De la mano subimos los tres escalones que daban acceso a mi hogar.

—¿Quieres pasar?

Él negó con la cabeza y dijo:

—Mañana tenemos la reunión con el señor Ortiz. No puedo desconcentrarme.

—De acuerdo, hasta mañana.

Le apoyé la mano en el pecho, pues quería un beso cálido, así que, le rocé los labios una y otra vez hasta que, nueve veces después, fue perfecto. Cuando me alejé, percibí esa pequeña curva en su boca y ese tinte de travesura en sus ojos.

Entré a casa y cerré. Giré la llave en la cerradura, entonces la regresé, la roté una vez más a la izquierda y volví a virarla a la derecha así hasta en seis ocasiones. Solo entonces lo escuché bajar por los escalones, subir al automóvil y arrancar.