El silencio de Avikar 49
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Edén

—Solo unos minutos más y llevarás media hora sin ceder a tus compulsiones.

Abrí los ojos de par en par a la vez que contenía el aliento.

—Creo que estabas un poco distraída.

Bajé la mirada, y él me acarició las mejillas como si pretendiera robar mi reacción.

Se me desbocó el corazón, no obstante me quedé estática.

Sin importar si me rechazaba o si solo había intentado ayudarme a demorar las compulsiones, él pasaba por un momento difícil.

Al parecer, la señorita Grenier lo había rechazado, y debía admitir que nuestras reacciones podían intensificarse si permitía que mis obsesiones entraran en juego.

Apoyó las manos en mis caderas, dejándome las mías libres, por lo que me aferré a la corbata como último recurso para no claudicar.

Entretanto, él volvía a cerrar los ojos y su respiración era lenta, como el avance de un glaciar.

Esos minutos se me hicieron eternos. Mis pensamientos comenzaron a superponerse: qué arreglar primero, si la corbata, el cabello o la camisa.

Cuando sentí que los pensamientos empezaban a asfixiarme, abrió los ojos. Su mirada se había suavizado y, por un instante, me calmé.

Entonces asintió y, con una calma poco habitual en mí, le desenrollé las mangas.

—¿Lista para irnos? —preguntó cuando terminé de anudarle la corbata y acomodarle el cabello.

—Sí.

Me sujetó por la cintura y se puso en pie para dejarme con cuidado en el suelo. Entonces me tendió la mano izquierda y salimos juntos de la oficina. Se detuvo frente al escritorio para que tomara mis pertenencias y continuamos nuestro camino.

Subimos al elevador para llegar al sótano. En ese minuto y medio encerrados, esa fuerza invisible conectó nuestras miradas por segundos, aunque los dos nos apresurábamos a romper el contacto.

En cuanto salimos, aún agarrados de la mano, se detuvo frente a un Audi TT quattro, plateado, y abrió la puerta de pasajeros.

—¿Te sentirás segura si manejo yo? Le di la tarde libre a Ethan y pensé que Jacob ya te había llevado a casa.

Asentí. El problema nunca había sido que me sintiera insegura. De hecho, Ethan y Jacob eran conductores precavidos y con Avikar sentía cierta confianza que era muy extraña en mí, pero irrefutable.

En cuanto me senté, él cerró la puerta y rodeó el automóvil. Los asientos eran bajos y el interior pulcro, de un color gris oscuro. El tablero tenía un diseño cuidado y los conductos de ventilación se parecían a turbinas de avión.

Cuando él subió a mi lado, pulsó el botón del garaje, solo entonces encendió el Audi y lo puso en primera. Me parecía un automóvil complejo. Yo no sabría qué botones tocar para lograr su funcionamiento.

Salimos despacio. Ya estaba oscuro, a pesar de ser solo las seis y media de la tarde, además la carretera estaba mojada y resbalosa, así que él condujo con precaución.

No sabes lo que enfrentarás... Mi piel está cubierta por completo y me aferraré a él, nunca he tenido una reacción a su lado…

Pero estarás rodeada de cientos de personas.

Si nunca asististe a un lugar público es porque tu vida está en riesgo…

No me quitaré los guantes y procuraré no tener contacto con nadie… Te diriges a una muerte segura.

Salí de mis pensamientos cuando cambió a tercera. Sus movimientos no eran bruscos y su capacidad de anticipación ante cualquier eventualidad era reconfortante. La nieve caía sin parar y el automóvil le respondía como deseaba. Él tenía el control.

—…Te prometo que te gustará.

—¿Está relacionada con el poema ruso?

No sabía cuánto de la conversación me había perdido.

—Sí, Chaikovski acentuó su lado trágico, pero la esencia es la misma. Ha recibido muy buenas críticas en Vancouver. También ganó cinco premios Dora.

Sonreí mientras ladeaba la cabeza. Se esforzaba demasiado y me parecía algo tierno.

—¿Te gusta la ópera?

—No sé cómo responder esa pregunta. Si te digo que no, quedaré como un iletrado, y si te digo que sí, pareceré excéntrico.

—O un hombre que sabe apreciar la sublimidad.

—Me encanta la ópera.

Esa pequeña curva se dibujó en sus labios. Nuestras miradas se encontraron por una fracción de segundo y mi sonrisa se amplió. Tocó algo en el volante y nos envolvió Pavarotti cantando Non ti scordar di me.

Siempre me sorprendía la excelencia de su voz. Anhelaba haber podido escucharlo en vivo. Y en ese instante se me humedecieron los ojos ante la potencia y a la vez la belleza de la canción.

—Le pide a su amada que no lo olvide —susurró Avikar mientras llegábamos al teatro y se estacionaba. La última nota retumbó en mi corazón y contuve el aliento—. Es mi favorita.

—Es hermosa.

Otra vez nuestras miradas se conectaron antes de que él se bajara del automóvil y pude percibir cierto alivio en sus ojos, aunque no entendía por qué.

Se acercó a mi puerta, la abrió, y le extendí mi mano.

En el momento en el que estuve a su lado, me rodeó con el brazo izquierdo y caminamos hasta la entrada del Key City Theatre.

Era un edificio de ladrillo rojo y desde sus grandes ventanales se podía observar el segundo piso iluminado en amarillo y lleno de personas, por lo que mis pasos se tornaron inciertos.

Vas a morir. Tú no tocarás a nadie, pero eso no significa que ellos no te toquen a ti.

¿Y si es como él dice y los hombres se acercan a pedirte una cita?

¿Qué vas a hacer? Esa obsesión tuya por protegerlo.

La mujer lo dejó plantado. Él no te invitó a ti.

¿Por qué eres quien está a su lado? Él siempre te ha rechazado.

Eres una estúpida… ¿Lo traes contigo?...

Sí… ¿estás segura?... Sí… Revisa… Revisa… Revisa…

Avikar se detuvo en la entrada y me acunó el rostro para contemplarme.

—No sabes lo que esto significa, después de que me pidieras que mantuviéramos todo profesional.

Solté el aire que ni siquiera sabía que contenía y sentí el golpe de calor en mis pómulos. Creo que él sonrió, aunque podría ser que lo imaginé.

Abrió la puerta del teatro. Y al llegar al vestíbulo nos encontramos con que estaba vacío.

Era un lugar sencillo. El piso era color crema, enmarcado por baldosas verdes y del techo gris colgaban varias lámparas que ofrecían cierto encanto.

—Al parecer ya anunciaron la tercera llamada… Ven.

Me atrajo con cuidado y nos acercamos al acomodador, quien abrió la puerta y nos acompañó hasta la primera fila.

Del bolsillo izquierdo interno de mi bolso saqué un par de toallitas para limpiar el asiento de Avikar y el mío, lo que provocó que las personas a nuestro lado nos observaran con el ceño fruncido, además de que su molestia era evidente.

Agarré la butaca con fuerza en cuanto el telón se abrió.

¿Lo traes contigo…? Sí… ¿Estás segura?... Sí…Vas a morir… Vas a morir… Vas a morir… Ya no puedes escapar…

El escenario estaba cubierto de hojas, decenas de hojas, miles de hojas, millones de hojas. No, no, no, ya no…

Estás en un lugar encerrado, rodeada de cientos de personas que están muy pegadas a ti.

No puedes controlar sus hábitos. Ni siquiera las conoces.

¿Cómo puedes pensar que estás a salvo? Tú misma te metiste en una trampa mortal.

Morirás a su lado y él por siempre se sentirá culpable. Si ni siquiera quería acompañarte.

—¿Prefieres que nos vayamos? —me susurró Avikar en el oído cuando aparecieron los primeros cantantes de ópera en escena.

No pude responderle con mi voz, así que negué con la cabeza.

—Intenta respirar, es importante.

Me contempló a la vez que respiraba hondo una y otra vez, y lo imité. Entonces entrelazó nuestras manos, transmitiéndome calor a pesar de mis guantes.

Vas a morir… Vas a morir… Vas a morir…

La música rodeó el lugar, y la Rusia del siglo XIX captó mi atención. Además, el ir y venir de los dedos de Avikar sobre mi pulso ayudó a disminuir un poco mi ansiedad.

Era una experiencia maravillosa ser testigo de los colores sobre el escenario, las voces de los cantantes y su capacidad de transmitir esa melancolía ante cientos de personas.

Cuando llegó el intermedio, nos quedamos en nuestros asientos, y nuestras manos seguían entrelazadas. Quizás él entendía que no sobreviviría a las personas a nuestro alrededor si salíamos al vestíbulo.

—¿Qué tal te ha parecido hasta ahora?

—Es maravillosa.

—Estoy orgulloso de ti —susurró.

Al mantener mis manos entre las suyas, había conseguido que no me levantara a recoger las hojas cuando los actores se las lanzaban unos a otros.

Cuando el segundo acto comenzó, lo observé de reojo para intentar captar sus reacciones, pues la historia hablaba de un amor no correspondido.

Y pude comprender por qué había necesitado que la señorita Grenier lo acompañara.

Él aún la amaba. Al entenderlo, una especie de pesadumbre se apoderó de mí, si bien no entendía por qué.

Quizá la obra había removido algo de mi propia historia, aunque hacía años que no pensaba en él y tampoco lo había hecho esa noche.

—¿Estás bien? —Me estremecí al sentir que sus labios me rozaban el oído.

La obra había terminado y las personas abandonaban la sala.

—Sí —susurré.

—No estés triste por el protagonista, obtuvo su merecido. Ella le declaró su amor y a él no le importó. No tenía derecho a buscarla después de tantos años. Era una mujer casada, hizo bien en rechazarlo.

Una lágrima me recorrió la mejilla. Él abrió los ojos de par en par y tragó con dificultad.

— ¿Qué sucede?